viernes, 19 de agosto de 2005

32 Los Órganos (La Orotava)


 “… que los calzoncillos se quedaron en los tobillos”

“Historia de un cabreo”


    Hoy 19 de agosto, día de San Magín, (aunque no tengo la menor idea de quien fue) en el cenit de nuestras vacaciones queríamos disfrutar de un día en el monte con Toñi, Carmela e Isabel (la suegrita), pero esta vez nos encontraríamos un poco más tarde, habíamos quedado a eso de las ocho en la “Móvil” de Tacoronte, por eso salimos de casa a las ocho menos cuarto para llegar a tiempo, y así fue. Toñi se retrasaba un poco pero mientras nosotros le echábamos gasolina, limpiaba los cristales y llevé el coche hacía la bomba de aire, pero con tan mala suerte que me equivoco de llave y me saltó un chorro de agua encima que me mojó todo; para colmo la bomba de aire estaba estropeada. Llegó Toñi y nos fuimos al bar a tomar algo, mientras Carmela se dirigía a la tienda a comprar algunas cosas. A eso de las ocho y media nos pusimos en marcha con dirección a La Orotava y en La Caldera estábamos a las nueve, cogimos la pista de la derecha que rodea toda el área recreativa, y dejamos el coche en el cruce de pista con el gran sendero del norte.
    Agarramos todos los bártulos y comenzamos nuestra caminata del día. Toñi había sacado por impresora la ruta de hoy y esta empezaba en este cruce con dirección al naciente hacia la izquierda. En cinco minutos estábamos en la choza de Pedro Gil, siguiendo las mismas instrucciones del mapa y del texto de Toñi. Subimos por la choza, sendero que ya conocíamos nosotros de cuando fuimos a Candelaria, y continuamos el sendero pasando por las Cruces de Pedro Gil hasta que llegamos a la pista en el Lomo de los Brezos. Una vez allí, hicimos una pequeña paradita para descansar consultar el mapa y seguir con nuestra ruta.
    A los cinco minutos nos pusimos en marcha en dirección izquierda siguiendo la pista, hasta que esta era bloqueada por una gran piedra, y continuamos por el lado izquierdo de la misma pero ya la pista se transformaba en un sendero que se internaba en el bosque e iba paralelo al barranco, así que tuvimos que ir en fila india porque dos juntos no cabían en el camino. La zona estaba un poco húmeda, las hojas de los árboles estaban cargadas de gotitas de agua que se quedaban por el roce en nuestras espaldas o en la mochila. Hubo algún que otro resbalón pero nada importante. Íbamos un poco a ciegas, tan solo guiados por el recuerdo que Toñi tenía de hacía ya algunos años, y nos internamos en el barranco siguiendo una estrecha veredita pero que al final no iba a ningún sitio. Carmela en este punto quería continuar para ver si se podía encontrar algún sendero que siguiera con la ruta, pero la veredita no aparecía, además era algo peligrosillo y decidimos regresar sobre nuestros pasos a ver si por algún otro lado encontrábamos alguna vereda que cruzara el barranco para poder continuar el camino, pero esta tampoco se localizaba, y es que la vereda estaba realmente frente a la roca de la pista, pero de esto nos dimos cuenta muy tarde. Volvimos otra vez hasta el mojón del Lomo de los Brezos y consultamos el mapa viendo que el camino seguía de frente como en la ruta a Candelaria, y por aquí nos metimos. Teníamos a nuestra izquierda una preciosa vista de una parte de Los Órganos y continuamos subiendo por el camino empinado, haciendo un par de paraditas.
    Mi suegra, adorable por cierto y única en su especie, iba vestida de una manera muy peculiar, camiseta y pantalón todo de color rojo intenso a lo que se sumaba un pajizo con una cinta roja haciendo juego y atado al cuello, unos tenis azules cortos y mochila de ciudad al hombro. Pero ella iba muy cómoda y más pancha que unas garbanzas, disfrutando del entorno. Si hay algo que me gusta de ella es la naturalidad y la espontaneidad que posee.
    Continuamos subiendo hasta que nos encontramos en una intersección de caminos y cogimos hacia la derecha en una subida pero que esta vez era algo más suave. Hasta que llegamos a una vaguada y vimos una choza. Pues hacia ella nos dirigimos. Al llegar a la choza y fijarnos en el letrero vimos que era la Choza Chimoche, aquí nos dimos cuenta realmente de que nos habíamos equivocado, y que habíamos interpretado mal el mapa. Bueno pues como no hay mal que por bien no venga, nos dispusimos a descansar, y a dar cuenta de algún refrigerio para aumentar las energías y ver lo que íbamos a hacer.
    Lo de ir a ciegas por ahí es algo que no me hace ninguna gracia, los caminos que hasta ahora he hecho nunca los había pisado pero nunca me he perdido porque siempre llevaba una guía, me pude equivocar muchas veces pero siempre regresaba a un punto en concreto conocido y de ahí vuelta a empezar hasta encontrar el verdadero sendero. Hubo una pequeña discrepancia entre todos por ver cual era el camino a seguir, todos hablaban pero nadie escuchaba. Expuse mi opinión pero la idea de volver hacia atrás, como que no gustó mucho y no se me hizo caso, pero como equivocarse es un derecho que tenemos todos, decidí callarme y que se viera quien tenía la razón. Isabel quería que nos quedáramos donde estábamos a pasar el resto del día, ¡Que divertido!, Merci que no quería volver a hacer el mismo camino y Toñi… Bueno eso es otra historia. Menos mal que yo llevaba conmigo mi librito, y consultándolo mientras comía para ver cuales eran las posibles rutas que salían desde aquí, me fijé en la nº 14, “Los Órganos”, y una vez puesta en la mesa todas las posibilidades, decidimos hacer esta ruta aunque un poco a regañadientes de algunos, y es que la que Toñi había planeado era algo confusa y le faltaba bastante información.
    Merci que muchas veces tiene la razón hay que reconocerlo, erre que erre con no volver a hacer el mismo recorrido y como con un mapa es como un calvo con un peine, trastocó las indicaciones de la ruta y se internó con todas las chicas directamente en la vaguada por el camino que la atravesaba dirigiéndose a la izquierda y que al final no iba a ningún lado, cuando en realidad teníamos que seguir la pista pero subiendo aunque después fuera hacia la izquierda, es decir ir por donde habíamos venido hasta un punto en concreto. Pero en seguida se dio cuenta del error y a los cinco minutos estaba devuelta otra vez en la choza, donde la esperábamos Toñi y yo. Debo confesar que después de esto ya el día no me estaba gustando y prometía ser algo diferente de lo que yo esperaba.
    No pusimos en marcha y comenzamos a subir otra vez pasando un barranquillo, el lomo La Arena, de picón negro, haciendo el camino por donde habíamos venido que es en realidad el camino forestal. Pasamos una pequeña vaguada del Salto de las Barranqueras hasta que nos encontramos con el Pino de la Mesita y posteriormente con el cruce por donde habíamos subido desde el Lomo los Brezos, que no es más que el camino a Candelaria. Pero esta vez el que se equivocó fui yo pues quería meterme hacia la izquierda y bajando, no se en qué estaba pensando, pero rectificar es de sabio y volví otra vez continuando recto atravesando la barranquera de Puerta Bucarón para después ascender por el caminito.
    Aunque el día no era soleado porque estaba cubierto de nubes, pero no hacia frío, casi todos íbamos con camisetas, el único Toñi con pantalón corto pero arropado con un polar (creo que para sudar) pero intuyo que se pasó porque lo veía bastante sofocado y sudando a mares, creo que venía sufriendo. Luego a lo largo del recorrido cuando comenzó a apretar el calor no le quedó más remedio que quitárselo. El caminito por el que estábamos, ascendía sobre una montaña de picón y luego se suavizaba, para seguir ascendiendo en vueltas, revueltas y más vueltas, unas veces mas ancho que otras pero muy como de caminar. En algunos puntos donde la masa forestal se aclaraba un poco, se podía divisar algunas vistas bastante bonitas del Teide, y de la pista forestal pero nada más, porque por debajo de nosotros se levantaba un manto de nubes que no te dejaba en estos momentos ver nada.
    “No me gustaba el andar de la perrita” por varias razones: por la retaguardia del grupo, Toñi que como en Teno comenzaba a quedarse rezagado en las subidas y eso que el paso de marcha era muy bueno. A la cabeza del pelotón,  Carmela con las chicas que por momentos se separaban del grupo al tener un ritmo más ligero, y en medio como dividiendo a los dos grupos yo, queriendo ir con un paso más rápido pero esperando por Toñi para no dejarlo solo.
    El camino a veces subía en quiebros y otras bajaba, en algunos puntos se estrechaba, otras era bastante ancho y también se apoyaba en escalones de piedra, pero estaba muy bien y era muy cómo de andar. Al rato llegamos a un lomito con un mojón de caminos, el número 22. A esta zona se la conoce como Risco Atravesado, que no es otra cosa que un mirador natural, justo encima de Los Órganos, que en días despejados te pueda dar un poco de vértigo. Aquí Carmela, las niñas y yo nos desviamos unos metros hacia la izquierda por una veredita que te lleva hacia una piedra, la cual remontamos para seguir unos pocos metros por la veredilla hasta una pequeña planicie donde se podía contemplar la grandiosa vista hacia el oeste de la isla, el Monteverde y El Teide, pero la pena fue que por el manto de nubes a penas se podía divisar nada.
    Regresamos al camino principal donde nos esperaba Toñi tumbado, Merci e Isabel y decidimos hacer una pequeña paradita para un descanso, buche de agua y dar buena cuenta de unas deliciosas galletas que traía Carmela. ¡Que Dios te lo pague, porque yo no tengo perras!
    Proseguimos el camino subiendo entre la pinocha seca hasta que pasados unos cinco minutos llegamos a un a un espigón que se salía del camino hacia la izquierda con restos de troncos de madera incrustados en el suelo, señal de un antiguo quitamiedos, esto es Jilargo, donde vuelve a aparecer un mirador natural sobre un soberbio barranco. Parte del grupo se quedó en el camino descansando, la intrépida de Carmela y Loe bajaron un poco por un sinuoso sendero algo peligrosillo para llegar a otro punto donde había una tremenda panorámica de la zona, y yo en medio como siempre ¡hay que joderse! Pero sin perderme la preciosa panorámica que tenía delante de mí, con una sensación de vacío sobre el precipicio, magnifico y un buen preludio de lo que aún nos esperaba.
 Seguimos el camino y fue unos dos minutos más tarde donde apareció algo sublime, pues el camino se estrechaba un poco de tal forma que solo podía pasar una persona y teníamos que pasar por un risco desnudo, con quitamiedos que no era más que unos tubos sujetos a la pared como el pasamanos de una escalera, que te permitían superar este tramo. Creo que nadie se dio cuenta realmente del lugar por donde estábamos pasando sino cuando lo habíamos superado. Tal fue así que, incluso sacándonos unas fotos Merci y las chicas simularon ser bailarinas de ballet, levantando un pie para apoyarlo en el tubo y echar el cuerpo hacia detrás señalando con la cabeza el despeñadero. Pasamos en fila india uno atrás de otro la curva que hacía este risco y que enseguida subía un poco. Teniendo a Ari detrás de mí, cuando me giro para ver que tal iba y yo un poco por encima de ella (en alto), me encaro con el precipicio del barranco que me entró un hormigueo en las patas, que los calzoncillos se me cayeron y se quedaron en los tobillos. Sabiendo como es Ari para las alturas, enseguida me puse detrás de ella para ayudarla a superar esta zona, pero creo que ella no era consciente del lugar donde se encontraba, menos mal.
    Pasado este fantástico tramo, continuamos el camino superando un barranquillo y a continuación otro, donde pudimos ver colgados en la pared frente a nosotros, un grupo de madroñeros que se agarraban a las paredes con uñas y dientes. Y dominando este hoyo culmina impresionante, el Roque Guanchijo.
    Al echar una mirada retrospectiva sobre el lugar por donde habíamos pasado y viendo en toda su plenitud el precipicio, pensamos que si hubiéramos ido al revés, nos hubiera costado bastante pasarlo por el vértigo y hay quien señaló que no lo hubiera pasado. Por esta zona vimos venir en sentido contrario una pareja de caminantes peninsulares (lo digo por la pinta) a paso acelerado dirigiéndose hacia el paseo de tubos, en ese momento pensé para mi lo que les esperaba, saludito de rigor y pa’ lante que todavía nos queda bastante. Seguimos el sendero con el regusto de todo lo vivido, pasando por varios barranquillos que son ramales del barranco Madres del Agua que es el más profundo y sube un poco en altitud, tras rodear el Roque Camalima que se encuentra en un saliente.
    Continuamos subiendo por el senderito con unas maravillosas vistas sobre el Teide, aunque las nubes y el cielo algo encapotado, a veces tapaba estas panorámicas. Ya se empezaba a notar el cansancio en los pies de algunos, pero nada que no se solucionara con alguna que otra parada durante el trayecto. Alcanzamos otro mirador natural y aquí si hicimos una parada algo más larga para un buen descanso de los pies y para comer algo para reponer fuerzas, sobre una pequeña plataforma desnuda hacia el precipicio, donde creo que se podría sentir algo de vértigo, pero hoy no porque teníamos debajo de nosotros tapando la panorámica una gran manto de nubes, ¡Que pena! Lo que sí se podía apreciar bien es el camino por donde habíamos venido y sobre todo la parte donde estaba el famoso tubo pasamanos, ¡precioso!
    A la media hora nos pusimos otra vez en marcha. Después de unos diez minutos de camino, pasando por la ladera derecha del barranco veo a mi suegra que iba ya delante de mí por la otra ladera y a la que le pregunte por como iba y si le estaba gustando el recorrido. Veo que comienza a sonreír, se agacha, coge una piedra y con casi certera puntería me la lanza, para después continuar tan campante con el típico meneo de caderas de una vedette. ¡Es fantástica! Al llegar a la parte más alta de la otra ladera me fijo que todo el cauce del barranco estaba repleto de derrubios, con piedras del tamaño de un huevo de avestruz, menos mal que pasamos rápido, si hubiera habido algún movimiento raro, las patas nos hubieran llegado a las posaderas.
    Subiendo por una zona del camino cubierta por los pinos, Toñi se fija hacia la derecha en un pequeño refugio sin techo, que las chicas no vieron y pasaron de largo. Este recinto estaba formado por cuatro muritos de piedra en el que solo cabían dos personas, subí por encima de esto pidiéndole a Toñi que entrara en el cuadrado para tomar una fotografía, cuando estaba enfocando la cámara me llegó de repente un ligero tufillo que se iba haciendo cada vez mas intenso, mirando a Toñi veo que se ríe a lo que respondí con un: ¡Fos! ¡jediondo ya te cagaste! Y patas para que os quiero para salir del lugar y volver al camino. Luego me encontré a la suegra sentada en el camino descansando esperando por nosotros, mínima parada y continuamos adelante, esta vez a Toñi no le quedó más remedio que quitarse el polar que llevaba, las subidas lo estaban haciendo polvo, sudando a mares. Ya al rato iba más fresco pero todavía seguía caminando el último.
    En poco tiempo llegamos al Portillo del Topo y hacia la izquierda entre dos grandes pinos bajaba una pista que te lleva en una hora a La Caldera. Eran ya casi las cuatro de la tarde y Loe aquí comenzó a dar unos pequeños síntomas de enfado, porque pensaba que tomaríamos esta alternativa pues quería terminar ya el recorrido. Uno de los pinos de esta zona tenía una gran brecha en el tronco y me acerqué a él para verlo, metiéndome dentro y puedo decir que cabía en él, las paredes de este pino rezumaba gran cantidad de resina que, formaban graciosas formas de color ámbar y justo merecía que se le tomara una foto.
    En una vuelta del camino ya comenzamos a divisar sobresaliendo de la masa arbórea los Roques de Aje, llamado también Roque de los Niños, en la parte alta de La Ladera. Esta vista ya nos siguió acompañando durante un buen rato. Seguimos subiendo, bajando, y otra vez subiendo en vueltas, revueltas y más vueltas; pero por un camino bastante bueno ya con el grupo dividido en tres partes que no nos veíamos unos a otros por la masa forestal, solo nos veíamos cuando nos parábamos a descansar. Y Toñi cada vez más retrasado, ya no solo en las subidas, sino también en las bajadas, alegando cualquier pretexto para demostrar que tenía razón, como que íbamos tan rápido que no disfrutábamos del paisaje, ¡chorradas! Al esperar por él para no dejarlo solo, hacía que se aumentará más la distancia de lejanía entre el otro grupo. Ari también esperaba conmigo por él, pero creo que cambió de idea al ver la actitud del tío, y poco a poco fue acelerando el paso hasta alcanzar al grupo de cabeza y seguir con ellos.
    Atravesamos la ladera del barranco de Los Leres después la parte alta del barranco del Infierno y pasando Lomo Blanco a la vista del barranco de Los Rosales teníamos a la vista un tremendo dique que iba de un lado a otro del barranco. Comenzamos a subir una caminito en zigzag algo empinado por el lado derecho de este dique, por una zona despoblada de árboles y por donde ya nos podíamos ver todos ¡por fin! Se hizo un alto casi en la cima del camino para descansar un poco y para que se reuniera todo el grupo. A mi suegra se la veía ya algo cansada por el esfuerzo que estaba haciendo, pero muy entera y altiva. Caso contrario al de Toñi o eso me pareció a mí. Estábamos casi todos reunidos, solo faltaba Toñi por llegar al que todavía le faltaba un buen trocito para alcanzarnos, pero al divisar una tableta de chocolate, pidió que alguien le alcanzara un trozo. ¡Y una mierda, sube hasta aquí a buscarlo! Cuando llegó junto a nosotros se interesó por mi suegra, pero de una manera un poco rara, como para demostrar que la madre no se encontraba muy bien y él estaba perfectamente. Pues a mi juicio era al contrario porque Isabel estaba perfectamente, sudando por el esfuerzo pero muy bien. ¡Ay Toñi, que se te está viendo el plumero!
    Al llegar a la cima volvimos a tener a la vista, la continuación de un dique ahora ya era un talud en medio del barranco, bastante bonito e impresionante. Y en una roca a la izquierda del camino, apareció una especie de bonsái de pino, que ya había visto en alguna de las ilustraciones del libro, pero que ahora lo tenía frente a mí y por supuesto merecedor de una fotografía. Continuamos el ascenso bordeando este impresionante dique en dirección a la cima ya junto a los Roques de Aje donde ya se terminaba la subida y comenzaba el camino a ser llano y donde en algunos puntos los brezos y el codeso cerraban el camino convirtiéndolo en una veredita algo sinuosa que ya no se podía distinguir por donde deberíamos seguir, hasta que el camino desemboca en una pista de tierra que bajaba, esta es la pista cortafuegos que baja por la Montaña Blanca, lugar donde ahora nos encontrábamos. Habíamos llegado ya al punto culminante de nuestro recorrido, tocaba ahora bajar y regresar al punto de partida.
    La preocupación que tenía durante todo el camino era ver que el tiempo se nos echaba encima por el retraso y no quería que la tarde empezará a oscurecer estando en este camino que no conocía, pero ya una vez en la pista se acabaron todos los miedos. Comenzamos a bajar por la pista ahora ya todos juntos, ¡menos mal, ya era hora! En vueltas y cogiendo algún que otro atajo hasta que en una curva el estómago empezaba a apretar un poco y decidimos parar para echar algo a la barriga. Aquí Merci se sentó de una manera un poco rara cruzando los pies, que cuando se fue a levantar se sintió un poco agarrotada y se dio cuenta de que tenía los pies entumecidos, comenzó a cojear y a quejarse de dolor, pero una vez se volvieron a calentar los músculos se le quitó todo.
    Continuamos nuestro itinerario en unos veinte minutos y después de un par de vueltas de la pista, metiéndonos por una pista que bajaba cortando a la que traíamos, llegamos a una encrucijada de pistas con varios letreros y un poco escondida divisamos la choza de Almadi. Llegamos a ella y se impuso un nuevo atracón de viandas y otras porquerías comestibles.
    A eso de las cinco y media nos pusimos en camino bajando ahora ya bastante más descansado y relajados. Comenzamos a ver como Toñi acelera poco a poco el paso hasta que lo perdimos de vista durante un buen rato, dejando alguna que otra señal en el camino para que cogiéramos los atajos. En uno de estos Carmela interpretó mal una de estas señales que nos llevo a una zona un poco sombría por la que se veía que no seguía ninguna vereda clara. Merci algo desconfiada comenzó a ponerse un poco nerviosa, exponiendo su malestar y parecer sobre lo que estaba pasando y sobre la actitud de su hermano al dejarnos solos, cuando durante todo el trayecto habíamos tenido que esperar por él. Ella sabe lo que yo pienso al respecto cuando vamos de pateo, y tengo que darle la razón. No seguimos las indicaciones de Carmela, volvimos todos de nuevo a la pista para continuar por ella.
    Pasamos por el Llano de los Corrales y continuamos por la pista en vueltas. En una de estas íbamos Mercy, mi suegra y yo por la pista que luego giraba hacia la derecha, viendo en la siguiente a Carmela y Loe que ya iban llegando a la curva hacia la izquierda, luego otra pista que giraba hacia la derecha para después girar hacia la izquierda y allá abajo en la siguiente Toñi bastante alejado. Creo que esto fue lo que nos puso un poco enfadadillos, incluyendo a mi suegra. Porque otra vez íbamos separados. Cuando lo llegamos a alcanzar por una parada que hizo, Merci le echo un rapapolvo de padre y señor mío, dándoles todos la razón. A pesar de todo para alegrar un poco el camino y olvidarnos de nuestro mal humor, se podían apreciar unas estupendas vistas del Teide y del Monteverde a esta hora con la caída del sol aunque estuviese nublado. Al poco rato comenzó a subir la bruma y rodearnos un poco de neblina que te dejaba en la ropa el regalo de un instante de lluvia muy fina que pensamos que nos iba a coger de lleno, pero solo fue eso un instante.
    La pista de El Pino, que así se llamaba por la que estábamos caminando, era bastante ancha y muy cómoda de caminar, comenzaba a atardecer y ya llevábamos mucho tiempo caminando casi nueve horas. En nuestros rostros ya se reflejaba el cansancio de una dura jornada aunque muy instructiva, pero todavía nos quedaba como una hora y algo más de camino. Pasamos por delante de la choza El Topo, luego por una construcción a nuestra izquierda La Casa del Agua, y un poco más adelante con la choza de Pedro Gil. Esto significaba que ya nos faltaba muy poco para terminar el recorrido de hoy. En la choza de Pedro Gil ya en penumbra, nos fuimos todos al chorro del agua como posesos, pero solo destilaba un hilito, así que no nos quedó más remedio que esperar a que se llenara la botella y a beber por turnos.
    Al lugar donde estaban los coches llegamos a eso de las ocho y dimos por finalizada la ruta de hoy, aquí estuvimos un buen rato descansando. Cuando veo que mi suegra saca del coche un estupendo biscochón relleno de frutas que en casa es un deleite pero aquí sabía a gloria bendita, receta mágica y secreta para el mejor gourmet. ¡Doña, no pierda las mañas! Y después de pasar un día estupendo con algún que otro contratiempo sin importancia, nos marchamos para casa llenos de satisfacción.

Viernes, 19 de agosto de 2005

jueves, 11 de agosto de 2005

31 Los Pedregales – Los Bailaderos – Las Pareditas

 ”Hay queso de cabra fresco y ahumado”

    Hacía tiempo que mi cuñado Toñi venia barruntando hacer algo juntos, pero muchas veces no habíamos podido coincidir por varias circunstancias, con las ganas que el tenía de hacer algo juntos. Reunidos hace unos días, propuse que planeara un itinerario para darnos un garbeo por esos montes de Dios. Y así fue eligió ir a Teno Alto.
    Hoy es, festividad de Santa Clara, nos hemos levantando temprano a eso de las 5´30 para salir sobre las 6’30, pues habíamos quedado con Toñi en el puente que accede a La Victoria a eso de las 7’00. Y así fue puntuales, trasbordo de las chicas al coche de Toñi y sin demora proseguimos viaje a nuestro destino, haciendo una pequeña parada en "El Mirador", la estación Texaco cerca del Barranco de Ruiz,  para llenar la caja del gofio que ya nos estaba sonando y Carmela adquirir avituallamiento para el camino. Aquí pudimos ver que por debajo del edificio en el terrero, había animales sueltos como algunos cochinos, gallos y patos. A eso de media hora continuamos viaje, ya sin parada hacia Buenavista, no sin antes echar un vistazo a los últimos coletazos de las fiestas de Garachico, que se apreciaban en las guirnaldas de flores de papel y en los muñecos de corcho blanco en varios puntos de la villa. Al rato ya estábamos en Buenavista, justo en el cruce hacia El Palmar. En poco tiempo llegamos al barrio de Las Canales y cogimos el desvío hacia la derecha en dirección al parque recreativo de Los Pedregales.
    Llegamos a los aparcamientos habilitados en el parque para dejar los coches allí. Hoy al ser jueves y laborable el parque estaba solitario, solo se encontraba el huidizo guardián. Las chicas se acercaron a los servicios pero estos estaban cerrados.
    Dimos una vuelta rápida por los alrededores, para enseguida ponernos en marcha rodeando la casa para comenzar el ascenso. Al principio Toñi y Carmela un poco desorientados, no se acordaban muy bien donde se hallaba el sendero y continuando por uno llegamos por error hacia unas colmenas, habían unas en forma de tinaja y otras cuadradas como yo había visto otras veces. Las chicas en seguida dieron marcha atrás, por el pavor que le dan las abejas. Retrocedimos y salimos a la pista. Comenzamos a subir por ella y no se en que punto fue, pero cuando nos encontramos con el sendero que sube a la cumbre, Carmela se da cuenta de que ha perdido el forro del móvil en forma de calcetín que le habían regalado las chichas. Para no volver hacia atrás decidimos seguir y recogerlo después a la vuelta.
    El sendero sube hacia la cumbre por una cañada o camino real empedrado en quiebros o zigzag. En la subida me empecé a dar cuenta de cual es el ritmo de marcha de cada cual: Carmela a la cabeza seguida por Loe y Merci, luego Ari, a corta distancia yo que esperaba por Toñi que siempre se quedaba rezagado en las subidas lo que le hacia ir siempre en ultimo lugar, salvo cuando había alguna bajada o llano que entonces íbamos todos al mismo ritmo. Esto es algo que no me gusta que ocurra porque soy de los que dice que siempre se debe ir juntos, por si pasa algún percance. En la subida pasamos por delante de unas cruces de madera señal inequívoca de algún fallecido en esta zona. También vimos algunos pinos bordeando el sendero cosa que me extraño en esta zona, porque es zona de laurisilva. Seguimos adelante hacia la degollada teniendo a la vista hacia nuestra derecha, unas torres de comunicación a rallas de color rojo y blanco. En unos quince minutos llegamos a la degollada en lo que se denomina “Altos de la Cumbre” donde hicimos un pequeño descanso y admirar el bellísimo paisaje de todo el valle de El Palmar y todas sus crestas. Justo el punto donde nos encontramos se denomina Lomo de la Sentidá.
    Al poco rato nos pusimos en marcha por el sendero que ahora era en leve descenso hacia la izquierda nos metía por el barranco de Los Lavaderos, perdiendo de vista a nuestras espaldas El Palmar. El camino estaba bordeado por laurisilva, brezo y muchos zarzales los cuales estaban repletos de moras maduras, de las que dimos buena cuenta. Un poco más adelante el sendero se ensancha y desemboca en la carretera, cosa que aprovecharon las chicas para adelantarse, Toñi y yo justo un poco antes remontamos un poco y seguimos por un sendero paralelo a la carretera, el cual estaba plagado de “flor de monte” producto de algún apretón imprevisto de algún dominguero, hasta llegar donde estaban las chicas. En este cruce de camino y carretera, aparece un cartel que indica que la pista se dirige hacia San Jerónimo. No entramos en la carretera sino que justo en la misma curva continua el sendero por el que comenzamos a descender hasta llegar a una pequeña explanada que en realidad era una encrucijada de caminos, donde se encontraba algo que ya hemos visto en otros pateos, montoncitos de piedras apiladas, huella indiscutible del paso de otros caminantes y Merci como tal, puso su granito de arena, en este caso una piedra en cada montoncito, y continuamos nuestro camino. Seguimos bajando por el sendero cubierto de laurisilva, brezo y muchos zarzales, donde en un tramo del sendero me llamo la atención un zarzal repleto de moras pero en particular un precioso y largo racimo de moras que caía en cascada, pero al acercarme y tenerlo en la mano descubrí que eran dos racimos juntos colocados de tal manera que producían un efecto óptico, dando la impresión de ser uno solo, cámara en ristre y una foto.
    Hacia las nueve y media hicimos una pequeña parada en un lomito bajo un árbol al que le habían condecorado con el conocido cartel amarillo de sendero, un lugar muy agradable azocado por ramas de brezo y donde corría una ligera brisa que era de agradecer. Aquí hicimos ya un descanso para comer alguna chuchería y cambiar el agua al canario. En una de estas fui inmortalizado por la traidora de Lorena con su cámara, que no perdió la ocasión (Pero tiempo al tiempo ya se las cobraré).
    Una vez algo repuestos proseguimos viaje bajando por el barranco, ya se comenzaba a divisar a lo lejos casitas aisladas y dispersas, alguna se la veía reformada creo que preparada para hostelería como casa rural. Sobre el tejado de una de ellas destacaba la imagen de una cabra, enseguida pensamos si alguno de nosotros debía alguna invitación a los amigos, porque el gorrón tiene los días contados ya que cuidar a los amigos es nuestro deber. Continuamos el sendero ahora ya una estrecha pista de tierra y nos encontramos a nuestra derecha con un sendero por el que nos metimos, al principio seguía casi paralelo a la pista y que quedaba un poco por debajo de la casa de la cabra, junto al cauce del barranquillo. Continuamos descendiendo hasta que llegamos a un pequeño puente de troncos que cruza el barranquillo, para luego continuar ascendiendo entre pequeños huertos de millos enanos por un lado y zarzales por el otro cargaditos de moras.
    El sendero desemboca un poco más arriba, en la pista de tierra y seguimos por ésta hasta que llegamos a una encrucijada de caminos con unos letreros que indicaban: Teno, El Barro y otro que no me acuerdo. Pues cogimos el de Teno y continuamos entre bromas y veras hasta llegar a la carretera y frente a nosotros una pequeña calzada empedrada que sube. Aquí nos encontramos a dos extranjeros que descendían el camino empedrado y se dirigían a su coche, saludito de rigor y subimos la calzada empedrada muy bien rematada por unos muritos que enseguida desemboca en una pequeña placita, que cruza la calzada dividiéndola en dos para luego continuar descendiendo hasta que en pocos metros llegas a la carretera otra vez. Aquí hicimos un pequeño alto en el camino para admirar el entorno. La pequeña placita de forma redonda esta rodeada por unos muritos de piedra probablemente para que la gente descanse o se pueda celebrarse una misa campestre frente a un altar de piedra y detrás de éste, una pequeña capilla al aire libre, con una forma de calvario que guarda y arropa celosamente, entre pequeños muros y separada por un cristal, la imagen de la Virgen del Carmen. Continuamos descendiendo la calzada que atraviesa la plaza hasta llegar a la carretera y seguimos por ésta hasta que llegamos al caserío de Los Bailaderos (o Teno Alto) a eso de las 10 de la mañana.
    Los Bailaderos es un núcleo rural con un grupo de preciosas casitas de campo situadas a ambos lados de la pista. Al principio a la izquierda te encuentras una casa pintada de color calabaza donde vimos a través de una ventana enrejada a una joven haciendo sus labores. Pero lo curioso de esta casa es que era nada más y nada menos que una multi-tienda-bar según el cartel, algo insólito en estos parajes. El cartel de la pared ponía: “multi-tienda – bar Don Teno” y junto a un cartel de helados, apoyado en el suelo estaba otro que decía: ”Hay queso de cabra fresco y ahumado”. Hasta aquí ha llegado el progreso. Creo que un poco aturdidos por lo que estaban viendo se formó un pequeño simulacro de batalla tipo Guerra de Las Galaxias entre Ari Skywalker y Toñi Lord Byder, con espadas láser imaginarias y todo.
    Seguimos por la calle-travesía y más adelante nos encontramos a la derecha con lo que suponemos sean casas rurales pues entrando en un portal se podía ver un grupo de buzones apilados como los de los apartados de correos y que daban a un patio. A continuación la plaza del caserío, que según un cartel había sido restaurada, con una pequeña iglesia que hoy estaba cerrada pero que a través de sus cristales podía verse una imagen de la Virgen de Candelaria y la imagen de un santo con una carabela en una mano (No se quien sería, lo de los santuarios no es lo mío). En esta plaza hicimos un pequeño descanso algo más largo. Al ser día laborable el lugar estaba tan tranquilo que parecía que estuviera desierto porque no se veía a nadie, solo estábamos nosotros. Una verdadera gozada. También en la placita había un pequeño templete también de piedra a juego con la plaza, donde un espontáneo saltó a la tarima para echar cuatro gritos emulando al solista de las típicas orquestinas de pueblo. Frente a la plaza hay un callejón donde nos llamó la atención el poder de reciclado de la gente del lugar al utilizar unos botes de pintura como macetones para albergar unos geranios y unas margaritas. Un poco más arriba hay un cartel de senderos que indican que subiendo por aquí se llega a Los Carrisales en 2’30, a La Tabaiba en 2’30 y a Cumbre de Bolico en 6 horas. Ya lo tendré en cuenta para otra vez.
    Después de un buen rato, continuamos hasta el final del caserío donde aparece un cartel de senderos que indicaban: a nuestra espalda Teno, a la derecha Casa Quemada, a la izquierda Horno y de frente Jabuche. Seguimos de frente hacia Jabuche por una pista asfaltada. Ya bajando por esta zona comenzó la tortura de los pies de Merci, el día anterior habíamos ido a comprar unas botas, que hoy estaba estrenando para poder hacer este recorrido, pero le molestaban y no era por las botas en sí, sino por la costura de los calcetines que le estaban haciendo daño. Comenzó por un pie que se solucionó quitándose el calcetín que llevaba y dejándole yo uno de los que yo llevaba puesto (Yo llevaba puesto dos pares, un par fino y encima otro par grueso, así que me quedé cojo con tres calcetines puestos), y continuamos adelante.
    La pista recorre un basto campo, salpicado con alguna casita esporádica, que se usa para cultivar cereales pero que estaba lleno de sus restos todo de color dorado por el sol que le daban un aspecto bastante interesante a la vista, además se podía adivinar la dirección que toma el viento al correr por estos campos viendo el sentido de crecimiento que tenían los matojos. Hacia la derecha Ari se fijo en una casa-cueva, y no resistió la tentación de sacarse una foto allí.
    Teníamos de frente la montaña de El Vallado, que se la reconoce porque está cubierta de bancales de mayor a menor que le da un aspecto de pirámide como las de Güimar. Seguimos por el costado derecho de El Vallado. Algo muy peculiar en esta zona son unas construcciones llamadas Tagoras, que son unas eras cercada por muros de piedras, donde la parte orientada a barlovento es más alta. Raro es la casa que no disponga de suelo para sembrar, corral para vacas, otro para cabras y una tagora (pared semicircular de piedra seca que se hace en el campo para resguardarse del viento)Comenzamos a bajar encontrándonos con una casa (una de Las Casas del Vallado) a la derecha y un poco más adelante un pequeño campo en forma de media luna sembrado de coles y en un lateral calabazas dejadas al sol para sacar semillas, fue lo único que vimos sembrado por esta zona. Y comenzamos a oír el canto de las ruidosas chicharras que nos acompañó por el camino un buen rato. Pero lo más insólito fue que notábamos como que alguien nos observaba, y así fue, pues nos encontramos a nuestra izquierda en lo alto de una pequeña degollada, en la azotea de una casa, otra cabra que no nos quitaba la vista de encima. Todavía sigo dudando si debemos alguna invitación.
    Aquí se repitió lo mismo con Merci, pero esta vez le molestaba el otro pie, pues a volver a repetir la operación, le dejé el otro calcetín grueso, quedándome yo con los finos. Pero esto no solucionó el problema, porque más adelante le seguirían molestando los pies, así que la solución fue: ¡Al carajo los calcetines! Se los quitó y siguió todo el camino solo con las botas puestas, amarrados flojos los cordones y solo hasta el empeine del pie dejando libre el tobillo. Y más pancha que unas garbanzas.
    Perdimos de vista a la cabra en una curva del camino y continuamos bajando hasta que llegamos a un cruce de caminos y seguimos de frente para salir más adelante a una pista asfaltada, pero como dice el refrán “Al que no le gusta… Dos platos” pues vimos como se acercaba por el camino de la derecha, ahora detrás nuestro, un rebaño de cabras pero todas en una fila india muy bien organizada guiadas por la comandante con paso presto y marcial, algo bastante simpático. Pero las chicas al verlas se pusieron un poco nerviosas pensando que se dirigían hacia nosotros, pero nada mas lejos de la realidad, la capitana nos echó un vistazo y muy orgullosa siguió su camino tan campante.
    Salimos a la pista asfaltada pero que enseguida abandonamos para atajar por un sendero empedrado que va paralelo al veril del cauce del barranco de Las Cuevas. Más adelante el camino se ensancha pasando junto a una casa con una era de donde nos salieron al paso un par de perros a saludarnos, mostrándonos sus fabulosos “dientes profiden”, cosa natural pues están defendiendo su territorio de cualquier extraño que pase cerca de sus dominios; pero nada, sin hacerles caso seguimos adelante, aunque hubo uno que intentaba intimidarnos por la retaguardia pero no hice más que hacer el intento de coger una piedra y con el rabo entre las patas salió corriendo como alma que lleva el diablo. Continuamos camino aunque alguno de nosotros con cierto recelo no dejaba de quitarles la vista de encima por si acaso.
    Enseguida salimos otra vez a la pista asfaltada y en la siguiente curva nos encontramos con otra casa y, como no hay dos sin tres, aquí viene el segundo plato, vimos a una señora que le estaba echando millo al grupo de cabras anterior de tal manera que las cabras ocupaban toda la pista. Aquí las chicas se quedaron perplejas sin saber que hacer porque no sabían por donde pasar. Me adelanté y por la izquierda pegado junto a la orilla de la pista inicié la marcha, seguido por las chicas con cierto miedillo, pasando tan pegado a las cabras que a alguna acaricié, y continuamos nuestro camino. No sin antes fijarnos que en la misma curva hacia la derecha en un campo escondido entre la paja se encontraba vigilándonos un bonito gallo que parecía de porcelana porque no se inmutaba, solo giraba la cabeza para poder vernos mejor. Volvimos a entrar en un sendero a nuestra izquierda pegado al barranco, y seguimos hasta que nos encontramos con una casita abandonada que en la entrada tenía una gran piedra. A Merci le vino a la memoria la famosa piedra del Regidor, allá en la Dehesa cerca de la ermita de la Virgen de Los Reyes. Pues en esta piedra Toñi se pegó su descansito para extender las piernas.
    Continuando por el senderito y mirando hacia el barranco se apreciaban algunos cañaverales, señal de que corre algo de agua por el y más abajo me encontré un precioso cardonal que estaba florido, era una belleza como le destacaban los colores rojos de la inflorescencia sobre el verde del tallo. La vereda nos estaba llevando en dirección hacia una casa, de la que se notaba movimiento de gente que no nos quitaba el ojo de encima, parecía que el camino desembocaba en la casa pero no fue así, casi llegando a ella el sendero gira hacia la izquierda para desembocar enseguida en una pista de tierra ya en el cauce del barranco de Las Cuevas, algo frondoso y donde nos llamó la atención una roca con unos huecos que le daban la forma de una carabela. Esta zona se la conoce como Cuevas de Abajo. Echando un vistazo alrededor, vimos como el matrimonio extranjero que habíamos visto anteriormente venían haciendo el mismo itinerario que nosotros.
    Continuamos ahora subiendo un poco por la pista dejando el cauce del barranco, ahora a nuestra derecha, para luego salir a un sendero que comenzaba a bajar en vueltas hasta llegar a una cancela, donde había un cartel que prohibía el paso de perros, pero como el nuestro venía con su correa, no creo que hubiera algún problema, así que abrimos la cancela y la volvimos a dejar cerrada a nuestro paso para continuar bajando.
    Yo no se lo que paso, si fue debido a una semana de verduras guisadas o que… pero por el camino me venía dando tumbos el vientre como si fuera una concretera, de tal manera que al rato daba la impresión de una olla exprés al fuego, a la que se le escapa el vapor cuando está en su punto. Bueno pues a mi me pasó lo mismo se me escapaban los cohetes de la fiesta sin ningún esfuerzo pero poco a poco, casi a cada paso que daba, pero lo gracioso es que veo a Toñi que se venía riendo y todo era porque no me había dando cuenta de que venían los extranjeros detrás… ¿Los habrán oído?. Pues mejor así sabrán lo que es el olor a campo canario.
    Dejada la cancela atrás, en cinco minutos llegamos a nuestro destino el mirador de Las Pareditas bajo el Roque Chiñaco. Es una planicie con un mirador y otro más pequeño por debajo y a nuestros pies la preciosa vista de la plataforma litoral de la isla baja que se extiende hasta el faro de Teno. Aquí se divisa de derecha a izquierda la carretera general hacia el faro, todo el entramado de caminos y veredas que te llevan hacia cualquier rincón de la costa, a continuación el parque eólico, los invernaderos de tomates de Los Paredones, la baja con el faro y perdiéndose en la distancia cual tímida muchacha que se cubre con su velo de calima, La Gomera. Después de un rato admirando nuestro entorno, llegaron los extranjeros a los que saludamos. Se imponía ya el almuerzo y nos colocamos en una pequeña erita rodeada por muros de piedra para protección del viento. Yo no me podía resistir a la belleza que tenía delante así que separado un poco del resto, me mandé mi bocadillo sentado en una piedra mirando hacia el vacío disfrutando del entorno y del bocata. Como Carmela estaba sentada con la espalda apoyada en el muro de piedras no se percató de que al olor de las viandas, por los huecos que había entre las piedras, asomaban la cabeza algunos lagartos dispuestos a participar también en el festín. Era gracioso ver como Carmela estaba rodeada por alguna de las cabezas de los lagartos. Lo que hizo que Merci no se sentara sino que se quedara de pie expectante. Los chicos como buenos samaritanos comenzaron a darles trocitos de pan y era divertido ver como se aproximaban despacio para recoger su cosecha y salir corriendo cual ladrones por entre los huecos de las piedras.
    El tiempo en esta zona cambió, pasó de un cielo cubierto de nubes y sensación de frescor a un cielo despejado con un sol abrasador, aunque aquí corría una constante y fresca brisa marina que desde el mar subía por el barranco y nos acariciaba, siguiendo su camino ladera arriba. El pobre Trufo con el pelaje de su cuerpo no soporta el sol y se encontraba sofocado, con una respiración jadeante y con la lengua fuera, así que lo veías buscando cobijo a la sombra de las piedras de la erita donde estábamos. Después vemos como los extranjeros se despiden y se marchan.
Al poco rato comenzamos a recoger todo para ponernos en marcha de regreso a Los Bailaderos, dando un adiós a la zona con la promesa de volver algún día pues el lugar bien merece un paseíto. Comenzamos a subir por la pista pasando la cancela y volviéndola a dejar cerrada, haciendo todo el camino de regreso por el mismo recorrido pero con la diferencia de que esta vez nos acompañaba un sol desgarrador, el aire nos había abandonado, se estaba haciendo un camino muy pesado.
    Una vez pasada las casas de Las Cuevas de Abajo, y subiendo por el veril del barranco, ya se hizo un ascenso insoportable, de tal manera que: Toñi se quedaba muy rezagado pues le costaba bastante la subida, a Ari le pasaba casi lo mismo pero en menor escala, lo que me hacía cambiar el ritmo que llevaba para adaptarme al de ellos y no dejarlos detrás. Para Trufo ya era matador intentaba buscar la sombra de cada uno de nosotros, se le veía fatal, no me quedó más remedio que cogerlo en brazos en tan fuerte pendiente pero con el peso de la mochila y llevar al perro en brazos no era muy cómodo, así que opté por llevarlo de carga entre la mochila y mi espalda, cosa que me dejaba las manos libres, cuando llegaba a la pista lo volvía a soltar y cuando entrábamos en el sendero lo volvía a coger, así me turnaba. A Toñi se le veía fatal o eso parecía, cansado, colorado, sudando a mares parecía como si le fuera a dar algo; así que al pasar por la casa con la piedra (del regidor) no nos quedó más remedio que hacer una parada para descansar y tomar algo de agua, cosa que fue de agradecer porque hasta el Trufo se subió encima de una piedra buscando la sombra y de allí no se movió en todo el rato. Proseguimos camino y ya cerca de las casas del Vallado, ya se veía a Ari fatigada, pues la liberé de la mochila, para que fuera más ligera y le costara menos la subida, un poco más arriba vi que seguía igual así que agarré el palo que llevaba por un extremo para poder tirar por ella y facilitarle la subida, pero al rato noté más pesado el tirar por el palo me giro y veo que Arí había hecho lo mismo con el palo que llevaba Toñi, en fin que íbamos en cadena, me vi llevando mi mochila, la mochila de Ari, al perro, tirando por Ari y por Toñi;… ¡Ños, que sofocón!... Vaya locomotora estoy hecho. Ya cuando la subida se hizo más llevadera y menos pendiente, ya me liberé de todos, pero Toñi seguía igual, con paso lento y pausado, que hacía retrasar un poco a los demás, luego se le oyó echar cuatro trinos al aire cual Pavarotti para alegrar un poco la subida. Pero lo más gracioso fue que una vez pasada la montaña del Vallado, la pista ya va en llano, Carmela, Loe y Merci iban bastante adelantadas, yo un poco retrasado esperando por Ari y Toñi para no dejarlos detrás. Carmela que se da cuenta del retraso de Toñi, con esa sonrisa de pícara que la caracteriza, va y se le ocurre decir: “Al primero que llegue a Teno Alto, le invito a dos helados”… ¡Ños, santo remedio! No se que fue lo que le pasó a Toñi que… ¡Al carajo el cansancio! apretó el paso de tal manera que puso el turbo, me pasó a mi y siguió de largo, pasó a Merci, a Loe y a Carmela y lo perdimos de vista, hasta que llegamos a la plaza de Teno, donde lo vimos sentado, esperando por su recompensa… ¡Será cabrón!
    La llegada a la plaza de Los Bailaderos fue ya derrotados totalmente, se imponía pues un descanso. En la plaza nos encontramos solamente con una chica sentada en uno de los bancos que estaba jugando con su móvil y por la calle al forestal montado en su jeep y que no nos quitaba la vista de encima. Las chicas se llegaron a la escondida ventita-bar que se encontraba frente a la plaza a comprar los helados y agua fría. Cuando las vi volver, noté que Merci y Ari se venían riendo y todo fue porque al ir a la venta aprovecharon para cambiar aguas menores y por lo que me contaron creo que el servicio era algo peculiar, como de película de miedo, pues después de pedir permiso entraron en una habitación grande algo oscura y siniestra donde había trastos viejos, una lavadora , dos mesas grandes, es decir un cuarto de trastos y a continuación dos cuartos lo que se suponía que era el baño de los hombres y el de las mujeres respectivamente. El de las mujeres era enorme con un techo alto que para tocarlo tenías que coger una escalera y donde solo estaba la insignificante taza bailando en una gran habitación acompañada del rollo de papel, una papelera y como decoración innata una tela de araña. Creo que les dio un poco de miedillo por si entrara alguien de improviso, porque la puerta no era muy segura.
    Una vez llegaron las chicas con los ”delicatesen”, nos sentamos en la plaza frente al templete a disfrutar de un rico polo, es decir, el único tipo de polo porque en la ventita era lo único que había. El mío era de lima, bueno como el de todos porque no había otro, de esos que vas empujando por debajo y va saliendo por arriba, bueno pues cuando iba por medio polo, se me quedó atascado, empecé a apretar por los laterales pero no salía, pero en una de estas lo estrujé tan fuerte que el polo salió disparado y me vino a caer todo encima, me quedé todo pringado y acompañado por la carcajada de mis camaradas. Otro caso fue que vimos como el forestal recogía a un parroquiano invitándolo a llevarlo a su casa, arranca el jeep y vimos que a unos cincuenta metros más allá se detiene, se baja el individuo y el jeep vuelve en marcha atrás para quedar aparcado donde estaba anteriormente, servicio a domicilio, ¡de película de risa! Nos quedamos mirándonos unos a otros aguantando las ganas de reír.
    Una vez descansados se impuso sobre el tapete el regresar y dar por finalizada la jornada o el de seguir el recorrido hacia Casa Quemada, como era temprano optamos por esta última, así que mochila en ristre en marcha hacia nuestro destino. A Casa Quemada se va llegando al final del caserío en dirección a El Vallado, pero esta vez hacia la derecha en un cruce de caminos, señalizado por un mojón de senderos. Se empieza con una pequeña subida por pista asfaltada para luego llanear y después bajar. En el mismo cruce bordeas una casa que en sus ventanas tiene propaganda de casas rurales bastante interesantes, aquí anunciaban una “La Mulata” que parecía bastante seductora. Continuamos por la pista entre brezos y zarzales por donde se podían apreciar algunas bonitas e interesantes panorámicas de Buenavista entre barrancos de las montañas.
    Pues andando por este lugar, ocurrió algo insólito que también tuvimos para rato y fue que de repente se oye el ruido de aviso de llamada de un móvil, era el de Carmela. Pero este móvil tenía algo peculiar que durante todo el camino venía colgado del cuello de Carmela de tal manera que el aparato quedaba encajado entre las te… ¡Perdón! Entre sus pechos, ahí bien arropadito. Pues yo no se si fue que se puso nervioso por el roce y traqueteo del camino, que cuando Carmela fue a cogerlo para contestar a un mensaje de Amena; el móvil de los nervios se apagó y dejó de funcionar, no había manera de ponerlo en marcha, ni cambiándole la tarjeta del móvil de Toñi. Abrieron la carcasa para ver si tenía alguna anomalía y lo único que vieron era que el móvil estaba sudando, ¡El pobre, no me extraña! Estar acurrucadito al calor del canalillo y notar unas suaves manos que lo acarician… lo pusieron nervioso y se descompuso todo, tal fue así que el móvil no se recuperó hasta el día siguiente.
    Después de un par de curvas llegamos a Puerto Malo y aquí paramos no continuamos hacia Casa Quemada. Puerto Malo es una zona muy peculiar que nos hizo recordar algo el paisaje lunar de Vilaflor, aquí estuvimos un buen rato disfrutando del entorno, vimos unas cuevas con la entrada algo cerrada, en una de ellas entramos Toñi y yo allí había un olor fuerte a humedad, tenía el techo muy bajo menos que mi altura, un murito rodeaba el interior de la cueva a modo de banco y en el centro trozos de madera, probablemente esto era algún refugio de cabrero para pasar la noche.
    Se impuso el regreso y comenzamos a subir por la pista hasta llegar a la degollada en un cruce de caminos donde la pista gira hacia la derecha y sigue subiendo. Abandonamos la pista y cogimos un sendero de almagre con mucha piedrita suelta que sube un poco pendiente junto a una tubería de agua, a los cinco minutos echamos una paradita para un mínimo descanso, cambiar las aguas y continuar poco después subiendo hasta alcanzar de nuevo la pista asfaltada que en poco tiempo nos llevaba otra vez a la plaza de Los Bailaderos. Ahora ya se veía algo más de gente, una vez en la placita volvimos a por más polos (la señora diría hoy es mi día).
 Después de un buen rato descansando, ya si nos dispusimos al regreso recorriendo los mismos puntos por los que habíamos pasados por la mañana, con la salvedad de que las moras del camino nos estaban invitando a que las recogiéramos y eso hicimos, llenamos una botella de dos litros y otra de ¾, que nos hizo deleitarnos en días posteriores de helado de nata con moras, yogur con moras y ¿Qué se yo cuantas cosas más?... con moras. Llegamos al final del sendero para coger la pista pero vimos de frente otro sendero que bajaba y que pasaba justo por un lateral de los aparcamientos del parque, pues por aquí nos metimos.
    Enseguida llegamos a los aparcamientos donde los coches y dejando enseres cogimos los de renovación para dirigirnos al parque y en una mesa dar buena cuenta de las viandas que quedaban. Estando allí se oían las voces de unos cazadores dando instrucciones a sus perros, en una jerga ininteligible pero bastante divertida. El parque está rodeado de almendros y justo alrededor de nuestra mesa en el suelo había un montón de almendras caídas, pues Loe no perdió el tiempo enseguida se puso a recolectar almendras partirlas y comérselas, estaban riquísimas. Otro era el Trufo que después del día que había tenido hoy, se había colocado justo al lado mío y parecía un colchón desinflado, echado sin moverse que hasta creo que se echó su sueñito, ni se inmutaba.
    Ya estaba cayendo la tarde, recogimos todo y nos dirigimos al coche para marcharnos. Una vez allí, una de las chicas dio una vuelta al coche de Toñi y al pasar por delante se fijó que había un conejo pequeño muerto, probablemente del día anterior, ¡Que pena! ¡Con lo bueno que estaría en el caldero para hacer un buen condumio! Continuamos camino y con el trajín nos habíamos olvidado del forro del móvil de Carmela que se había caído por la mañana, ¡Suerte para el que se lo encuentre!
    Nos dimos un salto a la costa a la Playa de Las Mujeres en Buenavista, junto al campo de golf, para refrescar los pies y relajarnos frente al mar un ratillo. Luego ya estaba anocheciendo y se impuso el regreso dando por terminada la jornada, no sin antes hacer una paradita antes de llegar a Garachico, en el restaurante El Trasmallo para tomarnos un cortadito calentito, y de aquí para casa después de hacer un buen balance del día que habíamos pasado.

Jueves, 11 de Agosto de 2.005

lunes, 16 de agosto de 2004

30 De la Orotava a Candelaria


"Tenerife isla limpia" ¡Viva!


    Una vez pasado el día grande de las fiestas de Candelaria que, nos gusta por el carácter religioso que ello conlleva, pero enemigos totales de ser participes de estas fiestas, porque odiamos las multitudes y lo que trae consigo. Decidimos hacer una de las antiguas rutas de los peregrinos, la de Aguamansa a La Crucita para conectar con la confluencia del resto de las rutas del noroeste que utilizan el paso por La Crucita para desembocar en el pueblo de Arafo y desde aquí hasta Candelaria con dos opciones: ya por carretera o por el camino que llega hasta el Socorro y de ahí hasta la villa mariana. El problema principal de esta ruta es el sol que te sigue durante todo el trayecto, así que decidimos levantarnos temprano a eso de las cinco de la mañana, para coger la guagua a las seis en la autopista, la línea 102 hacia el Puerto de la Cruz con una duración de cincuenta minutos, o la 101 que te lleva hasta La Orotava, con el inconveniente de que ésta hace paradas en todos los pueblos de su recorrido hasta su destino, con lo que tardaríamos aproximadamente una hora y media.
    Una vez en la autopista tuvimos la suerte de que la que apareció fue la 102, pues directos al Puerto de la Cruz. Llegamos a la estación a eso de las siete menos diez, todavía noche cerrada. La guagua para Aguamansa salía a las siete y fue puntual. Justo a la salida de la estación ocurrió un incidente con el chofer de la guagua y un taxista que para dejar al pasaje había aparcado justo en la misma salida de las guaguas, impidiendo con ello la circulación de las mismas. Aunque reconozco que el chofer tenía su razón, éste era un poco arisco y medio avinagrado por la sarta de palabrotas que le procuró al taxista, aunque éste último para defenderse, tampoco se quedó corto. Llegamos a la estación de la Orotava donde se bajo el chofer y vimos que tardaba un poco, ¿Dónde se habrá metido éste? Eso fue que del cabreo que cogió le dio un apretón, pero nada a los cinco minutos apareció y seguimos ruta. En la guagua íbamos muy pocos, comenzaba ya a romper el día. Al final del trayecto sólo llegamos: el chofer, una pareja que también salía de pateo y nosotros. Nos bajamos y como alma que se lleva el diablo, el matrimonio comenzó a caminar acelerando el paso que enseguida los perdimos de vista, ¡Hasta luego Lucas, cuando llegues escribe! Por los comentarios que oímos con el chofer (como buenos alcahuetes), éstos pensaban hacer la misma ruta que nosotros.
    A eso de las ocho menos cinco, comenzamos a subir el sendero a Candelaria, junto a la casa forestal de Aguamansa, entre una pista particular y un canal de aguas cubierto. Enseguida pasamos junto a un depósito de aguas y un poco más arriba, otro grande metálico y redondo que se notaba que era de reciente instalación. Seguimos subiendo el sendero junto al Barranco Colorado, que casi seguimos hasta su final pero que enseguida nos dimos cuenta que no llevaba a ninguna parte. Así que atravesamos el barranco y rodeamos una casa que es la galería La Puente por detrás del cuarto de motores de la misma. Enseguida llegamos a una unión de pistas, que seguimos unos veinte metros y tomamos el camino que se acerca (según nuestro librito) al barranco de Los Llanos. En una zona denominadas Las Hayas, se podía divisar las paredes de Los Organos en toda su plenitud, continuamos y enseguida nos encontramos con la pista que viene de la Caldera. Continuamos unos metros hacia la izquierda por ella hasta llegar a eso de las ocho y cuarto, a la Choza de Pedro Gil, donde hicimos una pequeña parada, para el control de todo lo que llevábamos y por supuesto una meadita. Nos pusimos en marcha por un costado de la choza subiendo y en la primera vuelta del camino pasamos por lo que llaman las cruces de Pedro Gil, un pequeño calvario adornado con flores y, que como en otras ocasiones hemos visto en otros lugares, montoncitos de piedritas colocadas probablemente por los que caminan por aquí, en señal de su paso y respeto. Otro poco más arriba encontramos otra cruz pero solitaria.
    A las ocho y media llegamos a una pista, que viene de Pasada de Las Bestias, en Lomo Los Brezos, como muy bien indica un pequeño monolito con esta inscripción en una placa. Mínima parada y atravesamos esta pista para continuar por un camino que sale de frente. Veinte minutos más tarde nos encontramos con un sendero que nos cruza, pero nosotros seguimos por el que traíamos, aunque a los cinco minutos nos volvemos a encontrar con él. Este es el sendero forestal que seguimos durante unos cincuenta metros hasta que llegamos a lo que llaman el Pino de la Mesita, a eso de las nueve de la mañana. Lugar ideal para hacer un pequeño alto en el camino, esto es una zona aplacerada donde hay un gran pino y en su base hay unas piedras a modo de asiento, pero no vimos mesa alguna. Lo que sí nos empezamos a encontrar a partir de aquí, fue una especie que no es endémica de aquí pero que se está arraigando mucho en nuestros montes y que aparece de improviso al paso de ciertos animales de dos patas, que está compuesta por: botellas plásticas, latas, papeles, desperdicios, etc.; fruto del progreso y llamado comúnmente basura, en resumidas cuentas “mierda”. Triste es tener un bellísimo monte con tal lacra y que suele aparecer después de algún acontecimiento que mueve masas. Pero esto no fue todo sino que, de muchos pinos vimos que salían como enormes higos, que no eran más que bolsas de basuras colgadas y lo más penoso es que como castigo, los desperdicios estaban regados por el suelo.
    Desde el Pino la Mesita, comenzamos a subir ahora ya en fuerte pendiente. Aquí ya Merci comenzó a sentir la fatiga (como asfixia) debido al calor, la presión y el esfuerzo de la subida por la Vuelta Grande, dando pequeños y pesados pasos que la obligaban a hacer pequeñas paradas, le aligeré el peso de la mochila en contra de su voluntad y continuamos luego por las Vueltas Chicas. Por esta zona a Loe se le posó en la cabeza una preciosa mariposa de color marrón atraída quizás por el color blanco de la gorra, mostrando en conjunto una fotografía simpática, pero Loe la espantaba pues no le gustan los bichos y ésta seguía persistiendo en posarse en la gorra. Luego se posó encima de mi mochila pero que espanté (¡dos mochilas y una mariposa encima, demasiado peso!), y salió volando a reunirse con otras compañeras que por allí deambulaban formando un bonito ballet.
    Seguimos subiendo ahora ya por unos pequeños diques que el sendero pasa junto a ellos formando muros naturales son Las Paredes, en el Morro de la Vieja, seguimos subiendo pasando por los Descansaderos de las Chajoras en la fuerte subida de La Corchona y al terminar ésta la pendiente se suavizaba un poco. Por esta zona, comenzamos a oír voces y unos chillidos, pero no se veía a nadie. Hasta que un poco más adelante ya nos tropezamos con un señor que chillaba a unos perros, acompañados por las voces de varios más que estaban en la ladera con otros perros, por lo que dedujimos que eran cazadores. Luego Mercy y Loe se pusieron un poco nerviosas porque vieron aparecer de improviso a dos preciosos caballos de color ceniza, dándose cuenta que bajaban por el mismo sendero por el que nosotros subíamos. Las aparté a un lado y pasaron el chico con los caballos. A esto comenzaron los perros a aullar y ladrar fuertemente porque habían dado con un conejo al que vi corriendo por aquella ladera. Oímos un chillido y vimos como uno de los cazadores cayó y rodó un poco por la pendiente, creo que debido al nerviosismo por atrapar la presa. Nosotros continuamos dejando atrás la tremenda verbena montada, por supuesto con el correspondiente saludo de rigor a todo el que encontrábamos a nuestro paso, hasta que llegamos a unas rocas que me causaron risa porque tenían inscrito: ¡Que viva el Culturismo! Y algún que otro gravado de nombres y fechas. Pasamos entre unas rocas que forman parte de un gran dique El Portillo, el cual atravesamos para comenzar otra vez a subir llegando a La Piedra del Reloj, una especie de mirador natural del que se apreciaba una fantástica vista de todo el valle, y no fue el único lugar donde se podían apreciar estas vistas.
    Comenzamos a ascender en vueltas por El Risco Blanco del Cedro. Con algunas paraditas por el cansancio y donde también cargué con la mochila de Loe, porque veía que ya no podía más (ya son tres, ¡qué viva el cuerpo!). Llegamos a La Crucita a eso de las once. Habíamos hecho el recorrido en tres horas. Aquí ya hicimos la parada con fundamento en un lugar llano antes de salir a la carretera general, donde dimos buena cuenta de las viandas que traíamos, estirar las patas, cambiar el agua a los chochos, y todas esas cosas. El sitio estaba lleno de papeles, y botellas, esto daba a entender que el día anterior había pasado la marabunta por aquí. Estando comiendo vimos bajar por la pista a un forestal (o agente de medio ambiente, como se llaman ahora) acompañado por un novato, saludito y a lo nuestro que tenemos poco y no da para todos.
    Después de un reparador descanso por el tremendo esfuerzo de la subida, nos pusimos en marcha a eso de las doce menos diez. Llegamos a la carretera y aquí ¡horror! Creo que han trasladado el vertedero a esta zona. Hasta un ciclista que pasaba, después del saludo nos hizo algún comentario al respecto, viendo nuestras caras de espanto por lo que estábamos viendo, razón para marcharnos de aquí a toda pastilla. ¡Que vergüenza! Que me vengan ahora y aquí con el eslogan del cabildo de “TENERIFE, ISLA LIMPIA”. Echamos un rápido vistazo en el mirador de La Crucita, confrontado el mapa que allí hay en forma de mesa, con el paisaje, para saber por donde deberíamos ir, pues a partir de aquí iríamos a ciegas; y nos dirigimos hacia la derecha del mirador para comenzar a bajar por la pista de tierra, y en la primera curva atajamos por un sendero algo resbaladizo por el picón y que perfectamente estaba señalizado por un cartel indicando “A Candelaria”, cartel que se repetiría muchas veces a lo largo del recorrido.
    Bajábamos atravesando los barrancos de Las Sotelas y de Las Gambuesas, bajo la atenta mirada a nuestra derecha de los Picos de Cho Marcial, atravesando la pista varias veces y que solo usábamos para dejar el atajo y conectar con el siguiente. Al principio sin árboles con un calor sofocante de un día de calima, pero ya después bajo los pinos a los que agradecimos su presencia. En uno de los pasos de un atajo a la pista para continuar por otro atajo, nos encontramos con un forestal en un jeep, saludando e informándose por nosotros de la existencia de alguien más en la zona, después de las correspondientes pesquisas, el “p’arriba y nosotros p’abajo".
    Sobre la una y media estábamos ya caminando por una ladera de la montaña negra de picón del volcán de Las Arenas, y en una olla del mismo vimos un pinar joven. Después de un largo rato caminando entre cenizas del volcán, en una de las pendientes de la pista, veo a Loe que empieza a acelerar el paso, y detrás Merci que luego aceleró el paso adelantando a Loe, con una carrera que cada vez iba aumentando, que parecía como si fueran a perder la guagua, levantando una polvacera que me estaba tragando, pues yo tampoco me quedo atrás. Y así el que se quedaba detrás se quejaba de lo mismo y emprendía nuevas carreras, se solucionó el problema marchando los tres en paralelo. Fue algo gracioso.
    Ya aquí el calor era insoportable, que incluso hasta el picón en nuestros pies ardía. Ya comenzábamos a acusar el sufrimiento en los pies. Luego nos encontramos con un grupo de castaños aislados cargados de hojas, a los que le dimos mil gracias por dejarnos descansar junto al tronco, bajo sus ramas donde corría un aire fresquito en contraposición con el embate caliente de la zona. Tal fue el placer que, incluso Merci propuso cortar una rama y usarla de parasol para el resto del camino. No hubiera sido mala idea. Menos mal que el camino se turnaba entre zonas áridas y otras con pinares. Bajo estos árboles se percibía que muchos otros habían pernoctado bajos sus ramas la noche anterior (más basura, ¡Que viva el consumo!). Ya el agua se nos estaba acabando y todavía nos quedaba bastante camino, cuando divisamos una tajea por la que oíamos correr agua, en una zona denominada El Pinarete, pero ésta estaba cerrada, más adelante la vimos abierta pero resultó que estaba canalizada por medio de una tubería metálica que iba por dentro del canal. Más adelante el sonido del agua era más fuerte porque la tubería metálica desembocaba en la misma tajea para luego conectarse a otra de plástico, formándose aquí un pequeño pozo y tuvimos la suerte de que estuviera abierta, esto fue una fiesta para nosotros, porque además de llenar las botellas y nuestros gaznates, Merci se empapó la cabeza, refrescándose las manos y la cara, que hasta el carácter le cambió. Fue un gran alivio.
    La pista se dividía en dos al llegar cerca de lo que Merci denomino “la parada de las guaguas”, que no era otra cosa que un cuarto de aperos, pegado a otro cuarto. Pues gracias al cartel que habían puesto nos metimos por la pista de la izquierda y continuamos bajando. El camino se nos estaba haciendo ya bastante pesado porque eran pendientes continuas. Comenzábamos a sufrir un poco el aplastamiento de los dedos de los pies con la delantera de las botas, por la presión que teníamos que hacer en las bajadas.
    A eso de las dos y media, llegamos a las primeras casas de Arafo, pero ahora era peor porque las pendientes eran de gran desnivel y sobre pista de piche, lo que implicaba un esfuerzo mayor para ir frenando. En varias de estas pendientes, Merci tenía que bajar al revés agarrada de mi mano y pisando sobre los talones, lo que le resultaba un gran alivio para los dedos, parecíamos como dos locos bailando en medio de la pista.
    A eso de las tres y cuarto bajábamos por la calle principal de Arafo a través de una placeta, donde a mitad de la calle subía un coche que nos hizo gracia por el comentario que hizo sobre la caminata, dando a entender que íbamos algo despistados con respecto al día de la fiesta; ya casi llegando a la plaza principal de Arafo. Aquí se decidió por unanimidad terminar el recorrido de hoy, porque era imposible como estábamos seguir hasta Candelaria, ¡perdónanos virgencita! porque aunque no teníamos promesa, la intención era ir a verte, otra vez será. Nos metimos en un bar frente a la parada de guaguas donde disfrutamos de dos riquísimos y fresquitos Nestea y un refresco de limón, con su correspondiente repetición porque supo a poco.
    En el bar preguntamos por el horario de las guaguas y menos mal que nos dio por preguntar, porque con motivo de las fiestas del pueblo, las calles estaban cerradas, interrumpiéndose así el servicio, gracias a la chica del bar, que nos indico que la podríamos coger en la plaza del Pino, casi a la salida del pueblo frente a la gasolinera en el cruce con la carretera que va hacia el Teide y la que baja a La Hidalga. Pues mochila al hombro, carretera y manta. En cinco minutos bajábamos por la calle que da a dicha placita, quedándonos con la boca abierta de las preciosas helechas que colgaban de algunos de los patios y balcones de esta calle. El pino de la plaza está rodeado por una capillita, siendo el pino el pilar de la misma, aquí se puede apreciar un pequeño calvario con un Cristo y en un lateral un busto de José Gregorio Hernández, estaba todo muy limpio y con flores.
    A eso de las cuatro apareció la guagua que nos llevaría posteriormente a Santa Cruz y luego en otra perrera para casa, con las patas rasgadas pero con el sentimiento de haber pasado un gran día.

16 de Agosto de 2004

sábado, 24 de enero de 2004

29 Retorno a la Mesa de Tejina

 ¡Salud compadre, ahí queda eso!

    Desde las vacaciones no he vuelto a dar más pasos por la orografía de nuestros montes, entre fiestas y cosas que surgen de improviso, ha sido imposible, por eso siento ese mono que produce la falta de una buena escapada. Ya Loe me venía diciendo hace tiempo que cuando volveríamos a irnos de marcha, así que ahora es buen momento para adentrarnos en la aventura. Hace días que vengo barruntando, como dicen mis maguitos, la posibilidad de volver a ese fantástico enclave que es la Mesa de Tejina, la cual me impactó bastante la primera vez que la visite. Así que dicho y hecho. Hoy 24 de enero, día de San Francisco de Sales, nos ponemos en marcha. Esta vez sólo vamos a castigar nuestras patas Loe y yo, pues Merci trabaja y Ari últimamente algo más perezosa para los pateos, prefirió quedarse en casa en los brazos de su amigo Morfeo ¡Qué aproveche!    
    Salimos a eso de las nueve hacia La Laguna. Una vez en la estación, bastante animada por cierto, nos encontramos con un grupito de pibes y pibas, dispuestos a pasar un buen rato cargados con neveras, bolsos y un tremendo aparato de música, con una marcha entre toque de palmas, pasos de baile cimbreando todo el cuerpo; dando a entender que se trataba del preludio de un buen tenderete. ¡A disfrutar pibitos que la vida son dos días!
    Dejamos La Laguna rumbo a Tegueste, desde donde iniciamos nuestra andadura a eso de las diez sin prisa pero sin pausa. ¡Que agradable es caminar por las calles del pueblo a esa hora! No hay casi nadie por estos rincones, el efímero silencio que embarga a este lugar sólo se ve interrumpido por el canto de los gallos. Ya llegamos a la calle principal entre la plaza de San Marcos, y el ayuntamiento, respirando el aroma del café que desprende la máquina del bar de la esquina. A veces sueles tropezarte con esa entrañable doñita que, con paso apresurado, ves como se dirige a la típica ventita del pueblo a por el pan oloroso y calentito para el desayuno que con tanto cariño prepara a la familia. Seguimos adelante, dejando a nuestras espaldas el ayuntamiento subiendo por la calle Francisco Franco. (¡Españoles! ¡Viva España!). Pasamos junto a una especia de terraza bar, cuyo signo de identificación son los improvisados mástiles de un barco de vela.
    Ya comenzamos a ver los primeros maguitos con su añejo sombrero, un saco al hombro y al cinto su infatigable compañera, la podona. Unos caminando y otros montados en sus ruidosas pibas acompañados de su incondicional amigo el bardíno, siempre atento a cualquier indicación de su amigo o a cualquier imprevisto para guardar la integridad de su amo. Todos en formación cual romería, dirigiéndose a los campos a trabajar sus tierras.
    Casi llegando al final de la calle, divisamos el drago de la casa de Prebendado Pacheco y la plaza de Pedro Melián, donde hacemos una mini parada para después continuar. Estando en la placita, vemos como por una esquina de la misma aparece un perrillo vecino de estos pagos, que dirigiéndose con premura a una de las farolas, al vernos nos da los buenos días con la mirada y luego levantando una de las patas trasera, eliminar el sobrante de una larga noche de encierro. A continuación alejándose un poco comienza a dar vueltas sobre sí mismo, cual trompo y de improviso se detiene para descargar su oloroso paquetito y con la misma se marcha por donde vino. Como el que dice ¡Salud compadre, ahí queda eso! En dos minutos llegamos a la entrañable plazita de La Arañita, atravesando el barranco Aguas de Dios, para luego subir por la primera pista entre chalets.
    A Loe comenzó a abrazarla cierto gélido airecillo que hizo que se pusiera el jersey. A mi niña se la veía disfrutando del entorno, ya que hacía bastante tiempo que no hacíamos excursiones juntos. Digo bien “Mi niña”, porque para mí siempre seguirá siendo mi niña, aunque sin darte cuenta ves como se ha convertido en una mujercita de catorce años y que ya me pasa tres cuartas de altura (creo que tengo complejo de bastón). Hay que ver ¡Cómo pasa el tiempo!, Si hasta hace poco venía corriendo a mi lado, llorando porque decía que se había dado “un pancanazo”, en fin la vida.
    Seguimos adelante, hasta que noto como los pelos se me ponen de punta y comienza cierto nerviosismo al ver a lo lejos un gran perro (no puedo evitarlo, no me gustan los perros sueltos) que jugaba con dos niños, mientras su padre araba un campo junto al camino, menos mal que era mancito tirando a bobo. Saludito de rigor y p’alante. Después dejando la pista y subir los tres escalones que te llevan al camino empedrado, hicimos una pequeña parada en el diminuto mirador para admirar a vista de pájaro la panorámica de todo el valle teguestero. Luego continuamos hacia nuestro destino La Mesa. La cual parecía que nos esperaba con los brazos abiertos, como la madre que espera a esos hijos que emigraron y hace tiempo que no ve. Seguimos el senderito pasando a través del túnel del tiempo que forma las ramas retorcidas del bellotero. En pocos minutos estábamos en el cruce de Cuatro Caminos, en la degollada que separa La Mesa de La Orilla. Seguimos rumbo a la izquierda por la veredita hacia los eucaliptos.
    Aquí Loe se pasó a mi derecha, porque por donde íbamos nos encontramos con un grupito de gallinas cotorritas, que formando un corro en una era, parecían que celebraban una boda. Rebasado este tramo, enseguida Loe sin decirme nada se pasó a mí izquierda y todo porque un poco más arriba a nuestra derecha había un esplendoroso gallo, que al vernos, nos daba indiferente la espalda y comenzó a batir las alas, dejando al descubierto su maravilloso plumaje en tonos que iban desde un negro azabache brillante a un amarillo, pasando por unos dorados atigrados. Bellísimo gallo. Pues para rematar la faena, nos deleitó con su voz de tenor lanzando al aire su imperial canto, pero mirándonos de rejo sin quitarnos la vista de encima.
    Dejamos atrás los eucaliptos, pasando por encima del cuarto de aperos, rumbo a la pared de roca, punto que nos indica el comienzo de la escalada hacia La Mesa. Pues entre rocas, pencas e inciensos, nos pusimos en un santiamén en la parte más alta, pero no sin antes probar en mis carnes el picotazo de una penca traidora que escondida entre inciensos, esperaba agazapada el momento para el asalto. ¡Qué brisa más fresca recorría toda esta meseta! El día estaba nublado, aunque por momentos aparecía alguna que otra ventana que te dejaba ver un trocito de cielo de un azul intenso. Loe estaba fascinada con el paisaje, o eso me pareció y yo pensando que aún no había visto lo mejor. Continuamos el senderito de cara a las laderas del barranco de Porlier. Al llegar a las cuevas, Loe se quedó perpleja al ver como me introducía en una que parece profunda y oscura (la de la boca con la campanilla), pensando que detrás iría ella, pero enseguida se dio cuenta del efecto que allí se produce, al ver como disimuladamente me reía y por fin entró.
    Regresamos a nuestro sendero y después de pasar por alguna zona de tramo difícil, donde noté que Loe tenía un poco de miedo, llegamos a la planicie de La Mesa, lugar que tiene la forma de una pista de helicópteros, y continuamos hasta llegar al extremo norte y final de nuestro paseo de hoy. Al llegar a este punto, se impuso la comilona, sentados en unas rocas muy cerca del precipicio, admirando toda la vista panorámica que teníamos delante, con unos prismáticos en una mano y un bocadillo en la otra, como para no perder el tiempo. Tuvimos la suerte de ver salir un boeing 747 de Iberia que giraba frente a nosotros para luego perderse entre las nubes.
    Después de una media hora de relajo total, se impuso el regreso, con un poco de pena pero con un hasta pronto. Ya en el descenso hacia Tegueste nos encontramos con algún que otro mortal que subía hasta aquí. Saludito de encuentro y patas para que os quiero. Al llegar de nuevo al bellotero, nos fijamos más detenidamente en su tronco, todo retorcido y muy arrugado. Al coger un trozo de la corteza, nos dimos cuenta que era corcho, cosa que me extrañó, pues pensaba que solo lo producía el alcornoque. ¡Cada día se aprende algo nuevo!
    De vuelta ya en el pueblo, ya se notaba otro ambiente con más gente deambulando por las calles. Una vez en la parada, no tardamos mucho en coger la primera guagua que apareció, que resultó ser la de los barrios. Esta nos llevó en un recorrido turístico por todo Pedro Álvarez, donde pude ver la pista que en coche te lleva a los montes de Tegueste y desde ahí a La Orilla. Ya en la estación de La Laguna, solo nos quedaba el regreso a casa, haciendo un pequeño balance en imágenes retrospectivas que quedarán guardados para siempre en el rincón del recuerdo de nuestra memoria y en las hojas de este manuscrito, para poder volver a recordarlo.


Sábado, 24 de enero de 2.004

miércoles, 29 de octubre de 2003

27 Cruz del Carmen - Valleseco

 ... y el misterioso Matazno.

    Hoy me encuentro algo fatigado por el largo y duro trayecto de ayer, tengo un molimiento en el cuerpo y unas agujetas en las patas, como para estar en cama una semana recuperándome. Pero como si me hubieran puesto las pilas nuevas y una buena infusión con Ginseng, me voy de marcha, pero eso sí, una jornada suavita, que no tenga ninguna subida. También quiero quitarme una pequeña espinita que me quedó de la vez que pasé por Monte Aguirre y por una confusión cogí el sendero de Valle Luis para salir al barrio de La Alegría. Así que hoy sin más, de La Cruz del Carmen a Valleseco, sin imprevisto y sin sobresaltos, pues como todos estos días atrás, después de dejar todo preparado y las chicas en el instituto, directos a la estación, guagua que te pego para La Laguna, a esperar a la de las nueve y cuarto con destino a Taborno. Una vez en ruta me bajé en la Cruz del Carmen para solicitar en el Centro de Visitantes un mapa de Anaga.
    Después de la visita de rigor al mirador y pedir la bendición a la virgencita de piedra, aunque a decir verdad, yo soy un poco ateo; me marché por detrás de la ermita para entrar en el sendero que te lleva a la carretera general un poco más arriba en dirección a Pico del Ingles. Por el lado izquierdo de la carretera, subía cuando veo en sentido contrario un jeep forestal que se cruza conmigo pero no le di importancia. Dejé atrás el cruce hacia El Bailadero, paré junto a la veredita que oculta te lleva a la Cruz de Taborno, últimamente tan en boca de todos por la intención de AENA de instalar un radar para la navegación aérea. Más tarde llegué al derruido edificio del restaurante Cruz de Afur, donde paré un minuto a contemplar y aspirar el aroma de un arbusto de algaritofe, luego crucé la carretera buscando el principio de un sendero que por Aguirre te lleva a la antigua casa forestal, por cierto, sendero un poco peligroso por lo resbaladizo del principio.
    Solo habían pasado unos diez minutos aproximadamente cuando me veo pasar a mi lado con dirección a Pico del Ingles el jeep forestal, que al pasar junto a mí aminoró la marcha y después siguió. Me quedé pensando pero ¿Qué le pasa a éste?... ¿Qué tanto misterio?...
    Al llegar a Pico del Ingles me encuentro al jeep parado y al forestal, como despistando un poco mirando todo el monte cual experto rastreador “pies negros”. ¿Me conoces mascarita? Saludito rápido de compromiso y de cabeza por el sendero a Cuatro Caminos, no sin dejar de pensar en el forestal que en su celo profesional (cosa que no critico y me parece muy bien) tal vez pensara que me iba a meter en la restringida zona de Aguirre. En fin cada loco con su tema.
    Llegué a Cuatro Caminos en unos quince minutos y esta vez a conciencia seguí un poco la ruta hacia el barrio de La Alegría, para admirar de nuevo el monte Aguirre desde la antigua casa forestal hasta La Llanada, donde me encontraba en este momento. Eran ya las diez, hora de comer algo, así que desde Las Llanadas retrocedí el camino y en una lomita con una bonita vista hacia Catalanes, sobre un rellano me senté para mantener una fluida conversación con un bocadillo de choperri, donde yo llevaba la voz cantante, rematando este diálogo con algo de fruta y un buen buche de agua. ¡Qué bien sabe comer aquí! El día estaba que ni pintado, con nubes altas que tamizaban un poco la fuerza del dorado Goliat de los cielos. Desde donde me encontraba se podía divisar una fantástica vista de Casas de la Cumbre con el monte de Aguas Negras y bajo mis pies la plaza y la ermita de Catalanes. Como no tenía ninguna prisa me quedé aquí largo rato sentado en silencio, tal es así que podía oírse a un grupo de gente que venían por el sendero de Aguirre y de seguro que les acompañaría un forestal porque se podía percibir claramente el pitido de un radio control.
    A eso de las once, regresé hacia Cuatro Caminos y ya de lleno me metí por el sendero hacia el barrio de Valleseco que ahora lo tenía a mi derecha. Este es un buen camino rodeado de tejos. Un poco más abajo aparece una bifurcación a la izquierda que va a la Degollada de Las Hijas. Después de un rato de bajada en zigzag termina el monte, donde aparece de frente al fondo de esta panorámica. El valle del Bufadero, franqueado por dos colosos: a la derecha La Fortaleza, a la izquierda la gran mole del Roque Chiguel, y justo bajo mis pies Catalanes. Seguí por una veredita y un poco más adelante, al girar hacia la derecha en una curva, veo algo que enseguida me trajo a la memoria a Idafe, el monolito orgullo de la historia aborigen palmera. Pues mira por donde sin saberlo, aquí nosotros también tenemos uno, mirando hacia arriba en medio de una hoya, donde hay eucaliptos, emerge arrogante un altivo y solitario monolito, de unos ocho metros de altura y que es el resto de un antiguo dique, ¿Su nombre?... Matazno.
    Continué el sendero hasta que llegué a una bifurcación de sendas, Partecaminos. Una de estas te lleva bajando a Catalanes, pero yo continué mi camino hacia la Gollada la Cancela, donde ya dejé de ver Catalanes y a Chiguel, pero aparecen otros como el roque Marrubial y la impresionante Fortaleza y por el lado derecho el roque Yal y La Muela. El camino sigue bordeando la cabecera del barranco por la derecha hacia la siguiente degollada, La Gollada de La Fortaleza, cerca de las casas del mismo nombre. Desde este punto parte el sendero que conecta con el del barrio de La Alegría por Valle Luis. Desde esta degollada se pueden ver las casas de Los Berros, El Chorro y La Pasada. Y en la altura La Llanada donde estuve hace un rato.
    Retrocedí un poco, pero aquí me confundí de vereda, porque en esta zona hay tal confusión de caminos que no sabía cuál seguir. Cogí una de estas veredas pero pasado un rato tuve que regresar porque no iba a ningún lado en concreto. Lo que sabía es que tenía que llegar al cauce del barranco. Elegí la veredita que me pareció mejor para alcanzar el cauce y justo vine a salir al sendero principal, por debajo del Corral de Las Ovejas, es decir una especie de cueva frente a un cercado hecho de troncos de madera delgados, buen sitio para un descanso, dos buches de agua y... ¡P’alante compañero!, Que aún falta mucho. Continué mi camino pasando al lado izquierdo del cauce del barranquillo y justo pasando casi sumiso por la falda de La Fortaleza. Enseguida llegué a lo que se llama la Fuentecilla de Valleseco, que para acceder a ella, tienes que seguir el camino unos metros más adelante, para después bajar por una veredita algo desdibujada que te hace retroceder por el mismo cauce hasta llegar a la... ¿Fuente?..., es decir dos pequeños huecos llenos de agua que por nada del mundo probaría, pues el agua está mas negra que mis patas después de una buena caminata.
    Por el camino venía haciéndome unas reflexiones un poco absurdas pero que ahí estaban, no sé por qué al barrio se le llama Valleseco, primero no está seco siempre corre un hilo de agua por el cauce del barranco, donde también hay muchas charcas, es la mano del hombre la que ha impedido que el agua siga su curso natural, por cierto en una de estas charcas vi a una turista que nadando hacia el cristo (una rata que probablemente cayó de algún ricos y se ahogó). Y la segunda premisa es que no es un valle, más bien todo lo contrario, un barranco encajonado con laderas muy escarpadas y abruptas.
    Dejé atrás la fuentecilla de Valleseco y volví al camino, bajo la impresionante presencia de La Fortaleza que se hace sentir. Un poco más adelante pasé al otro lado del barranquillo y enseguida aparece una bifurcación del camino que te lleva a una casa que aún no esta a la vista. Continué por el camino que baja al cauce. El tiempo, aunque cubierto me había acompañado bien durante todo el trayecto, se estaba cerrando cada vez más e incluso comenzaba a hacer un poco de fresco, cosa que es de agradecer para el que camina. No sé por qué, pero me parece que amenaza lluvia, así que decidí seguir caminando y no entretenerme mucho. Ahora en la cresta aparece La Muela a mi derecha, simpático nombre el que le pusieron a este risco y es que se parece a una muela , que en el itinerario como jugando al escondite unas veces aparece y otras se desvanece. Sigo la vereda cerca del cauce del barranco el cual cruzo varias veces, unas voy por la derecha y otras por la izquierda. Una de las veces que iba por la derecha, oigo ladridos de perros bastante agitados que procedían de lo alto de las laderas de La Fortaleza, que aumentaban al ser llevados por el eco del barranco y después oí la voz del dueño pero a ninguno los vi. Si notaba que estaban bastante lejos y menos mal porque de la forma que oía ladrar a los perros al principio me puso un poquillo inquieto. Luego noté que caía como decía mi abuelo, una pequeña posmita pero nada para lavar la cara y seguir.
    Al girar en una curva del barranco siguiendo por las faldas de La Muela, veo un pequeño puente pero algo raro sin barandas que cruza el cauce del barranco, es el Puente Chico, que forma parte de un canal que procedente de Catalanes, se descuelga en pronunciada pendiente por las laderas de La Fortaleza, pasa por este puente y vuelve a subir por la otra ladera. Al poco rato comenzó a llover de improviso y con fundamento así que era hora de buscar algún refugio, no quiero quedarme como un espárrago en salmuera. En la otra ladera veo una pequeña cueva y rapidito hacia ella me dirigí, pues la lluvia comenzaba a ser algo más intensa. Al llegar allí, me resguardo en esta cueva y al mirar hacia el cielo para contemplar la lluvia, aparece ante mí La Muela, es la vez que más cerca he estado de este roque, enmarcado por una pequeña degollada que lo deja en medio ¡Preciosa! Una vez amainó un poco, saqué la capa impermeable de superhéroe y mi gorrita de pana, ya no hay agua que me asuste.
    Seguí mi sendero y enseguida aparece otro canal mucho más antiguo, pero más espectacular porque forma un acueducto sobre un salto de agua, es el acueducto de Catalanes, igual que el anterior puente, se descuelga de una ladera a otra formando una gigantesca “uve”, fijándome en esto me saltó a la cara una sonrisa al recordar de repente un echo que llevo grabado en la memoria hace años por carnavales, la cara de Merci y mi suegra, cuando se bajaron de una atracción de feria llamada “La Uve”, mejor no comentar más nada porque podría haber un asesinato del narrador.
    Cuanto más me acerco al barrio de Valleseco, más se pone a llover, da la sensación de que este lugar no quiere que lo abandone. Después de unos diez minutos alcanzo las tuberías gemelas procedentes de la galería de Guañaque, las cuales paso por debajo y que dan paso a las primeras casas de Las Cuevas. Aquí ya el camino, después de pasar un puente que va a una casa particular, se convierte en pista cementada y a continuación ya en la carretera que indica el principio de una parada de guaguas. A partir de aquí siguiendo la carretera que baja junto al barranco, ahora ya seco, te lleva en unos diez minutos a lo que llamamos el barrio de Valleseco, un conjunto de casas sobre una ladera del risco de La Altura de Paso Alto. Algo que si me llamó la atención en este tramo de carretera, fue que vi un par de descargaderos cosa que no pensaba que aquí hubiera, pues solo los había visto en el barranco de las Carboneras – Taborno. Y también un gran pozo cerrado con su arco y su polea. Una vez llegado al cruce con la autovía de San Andrés, solo me restaba esperar en la parada la guagua y para casa.
    Ahora que ya conozco las dos maneras de llegar a Santa Cruz desde Pico del Inglés, me resulta mucho más entretenida esta senda de Valleseco que la de Valle Luis.

Miércoles, 29 de octubre de 2.003

5 de Octubre 2026