viernes, 9 de mayo de 2003

15 La Ruta de Los Molinos (La Orotava)

    Uno de los lugares por los que me gusta pasear por el sabor añejo de sus calles y por la idiosincrasia de la gente, es la Villa de la Orotava. Aquí sin querer, nada más poner un pie en una de sus calles, respiras olor a historia y tradición que te va envolviendo a medida que recorres algunos de sus peculiares rincones. Me llegan recuerdos de mi niñez en los escalones de la trasera de la Iglesia de la Concepción por romerías o las alfombras del Corpus. Hoy gracias a mi librito, me propongo que hagamos un recorrido por los rincones y calles antiguas de La Orotava o lo que se llama el casco histórico, y si da tiempo seguiremos la ruta de Los Molinos.
    Como siempre después de un buen almuerzo y de una reponedora siesta (que buena es ésta última, pero que peligro tiene), todos al coche con rumbo a La Villa. Llegamos al caso urbano por la c/ La Carrera y bajamos por la c/ Tomas Zerolo para luego entrar en la c/ Nicandro Glez. Borges, donde con gran suerte conseguimos un sitio para aparcar. Una vez fuera del coche, volvemos a la bajada de la calle Tomas Zerolo, para enseñarles a las chicas donde está el convento y la iglesia de Santo Domingo, donde se encuentra el actual museo de artesanía iberoamericana. También desde esta altura se puede divisar bien los balcones y fachadas de las antiguas casas señoriales, que se encuentran en esta calle y que están fantásticamente bien conservadas.
    Volvemos a donde está el coche y nos metemos caminando por el empedrado callejón de Araujo, que después discurre junto al barranco del mismo nombre y que después de tanto tiempo, me vengo a dar cuenta de que es el mismo que baja entre el Liceo Taoro y los jardines Victoria. Pues recorriendo estas calles se puede admirar casonas con unos bonitos balcones y miradores. Luego subimos unas escalinatas, por el lateral de un jardín de la c/ Rosales y que me resultaba muy familiar, hasta que llegamos a la c/ Calvario y de frente nos aparece el auditorio Teobaldo Power y la iglesia de San Agustín. Pues al asomarnos por la barandilla de la calle, vemos el jardín por el que habíamos pasado y que tantas otras veces desde aquí habíamos admirado.
    Cruzamos La Carrera para subir por las escalinatas a la plaza de La Constitución, y despacio observar el bonito kiosco central, que gratificante es sentarte en una de las mesas de esta linda marquesina para tomarte algo disfrutándolo sin prisa, viendo ir y venir a la gente cuando pasea o admirar los jardines en terraza del Liceo Taoro o a su vera los Jardines Victoria, con el panteón de la Quinta Roja. Algo que me recordó mucho otros tiempos, fue un antiguo carrito de madera de esos de golosinas y pastillas y que aún se resiste al paso del tiempo, en una esquina de la plaza. Con vitrinas laterales, mostrador de cristal de corredera y con ruedas de madera que lo hacían transportable, aunque éste en particular permanece inmóvil, agarrado al cemento como la raíz del laurel de indias que tiene a su lado. Cuantas suelas, melcochas, medias lunas y pastillas de menta de las de a perra gorda, no compré yo en el que estaba en la plaza de España. Un poco más allá en la acera frente a la plaza, nos llega ese familiar sonido de sábado pachanguero del Club de la tercera edad y cual curiosos hurones, como el que no quiere la cosa, empezamos a fisgonear a través del portón de la casa, que da paso hacia el patio central, ahora convertido en pista de baile, donde vemos que a ritmo de una orquestina, cuatro viejos marchosos se divierten, arrancándose unos pasodobles, sin importarles el antaño ¿Qué dirán? Para luego al terminar el baile convidar a la pareja a un dulcito enfrente, en la esquina de la plaza, en casa de la milenaria Anita, la de los dulces cagones, como dice mamá. Nuestra entrañable Anita que, cual farmacia de guardia, siempre tiene el puesto abierto. Este es un lugar con solera donde, sin ser una tienda de “todo a cien”, aquí encuentras de todo, y aunque todo esté amontonado y patas arriba, con qué maestría se desenvuelve ella en tan reducido espacio; en ese cuartucho que siempre está lleno aunque solo haya dos personas: el cliente y ella. Anita, la que me parece que ha hecho un pacto con el diablo, porque con el correr de los años siempre la recuerdo igual, ni más joven ni más vieja. ¡Y el arte que tiene para sacarte el billetito, en género!... Si eres calvo te vende un peine, si eres sordo una radio, si manco un reloj... En fin, el caso es venderte algo y sobre todo lo que más prima es que no te vayas con las manos vacías, y siempre se despide con su clásico ¡Vuelva pronto!
    Una vez hecho este pequeño descanso en la plaza, fuimos por la c/ San Agustín y subimos la pendiente que te lleva frente a la entrada de la Hijuela del Botánico, seguimos subiendo bordeando la verja por la c/Hermano Apolinar, donde a mitad de calle vimos que a través de un portón de una casa antigua, pero muy bien conservada había un patio canario. Entramos de curiosos en el zaguán (vestíbulo que es más moderno) y pudimos ver uno de los impresionantes patios canarios que tiene La Orotava, todo lleno de plantas sobre todo helechas de "a metro". A nuestra izquierda una escalinata de madera que me figuro sería de tea y que te lleva a un pasillo abalconado todo lleno de ventanas que rodea, desde lo alto el patio, lugar que bien merece una paradita para visitarlo. Algo de lo que me he dado cuenta y es digno de alabar es que el ayuntamiento de La Orotava, ha hecho un itinerario turístico, mostrando todas las casonas y lugares de interés y por fuera de cada uno de ellos aparece un cartel leyenda metálico, donde te va explicando las peculiaridades de estos lugares ¡Bravo por el acierto!
    Como todavía es temprano, nos animamos y nos metemos ya de lleno a hacer el recorrido de la "Ruta de Los Molinos". Para ello comenzamos a subir la fuerte pendiente de la c/ San Juan ¡Dios mío! ¡Más nunca! Pasamos por una placita con cuatro palmeras altas, una en cada esquina y con un busto de Rómulo Betancourt y después por la Casa de la Cultura que ahora es el Consejo Regulador de vinos Valle de La Orotava, para luego meternos en la plaza de la iglesia de San Juan Bautista. Seguimos por un lateral, entre la plaza y la iglesia y justo en la pared, en lo alto de la puerta de la casa parroquial, pudimos ver un estupendo mural de cerámica pintada que representa a la Virgen del Carmen. Por un extremo de la plaza, pasa la carretera que va a La Perdoma, y subiendo las escaleras, enfrente a la curva, hay una de tantas capillitas con una bonita imagen. Seguimos hacia la derecha por la carretera y con mucho cuidado por los coches, para otra vez subir por la c/ San Juan (y cada vez más empinada), aquí se te cae un duro y lo vas a recoger al Puerto de la Cruz.
    Un poco más arriba aparecen los arcos del canal del primer molino. Aquí Merci se llevó la gran decepción con el consabido enfado, porque después de haber caminado tanto y por tan acusadas pendientes, ella pensaba encontrarse molinos de viento y estos de aquí son molinos de agua, que antiguamente se construían para aprovechar el agua que venía de la cumbre hacia los viejos ingenios de azúcar.
    Con otro esfuerzo, subimos un poco más y llegamos a una plaza con una ermita, hacia la izquierda en una esquina se encuentra el Molino de La Piedad, que está muy bien conservado. La acusada pendiente se hace más fuerte y nosotros, recios caminantes, subimos hasta la siguiente plaza, aquí hasta los coches que se paran les cuesta subirla. Ahora comenzamos a bajar por la c/ Domingo Glez. García, por donde continuamos viendo otros molinos, aunque el que mejor está para verlo en toda su plenitud, es el último donde aún se sigue vendiendo gofio, aunque no hecho a la manera tradicional de estos molinos.
    Acabada la ruta, entramos en el patio exterior del hospital de la Santísima Trinidad, donde el portón de entrada al mismo, aún posee el torno giratorio de madera para “los expósitos” y que llamó la atención de las chicas. En este patio nos quedamos un rato embelesados mirando la magnífica vista del valle de Taoro. Seguimos bajando la calle y un poco más abajo, hay una parada obligatoria para admirar las bellísimas fachadas de las casonas, ejemplo de ello es La Casa de Los Balcones. Continuamos bajando para ver si a nuestra izquierda encontrábamos un molino que nos faltaba, pero sólo pudimos ver, a través de un portón con barrotes, una de las piedras de moler apoyada en un muro, a modo de objeto decorativo. Bajamos hasta la esquina, donde hay a modo de homenaje a la familia que lo hizo, un monumento con un boceto en cerámica de la primera alfombra que se hizo en La Orotava. Nos metimos por una de las calles de la urbanización La Duquesa, porque necesitaba urgentemente encontrar un lugar para hacer una pausa en nuestro itinerario por temas fisiológicos; y por casualidad, vimos el molino que veníamos buscando, más conocido como La Máquina, fantástico es poco para describirlo. También pudimos admirar los patios de las casas de la burguesía orotavense, con los clásicos balcones interiores y sus helechas sobre maceteros altos.
    Continuamos el recorrido y llegamos a la iglesia de la Concepción, para luego por la c/ La Carrera acceder a la plaza del Kiosco o de la Constitución, donde al pasar por casa de Anita, intentamos seguir de largo pero la tentación fue más fuerte... ¡Anita, un dulcito para cada uno! Bueno, pensándolo bien, mejor que sean dos y para tirarle de la lengua le digo: ¡Oye. pero que no estén viejos! a lo que responde con su gracia villera "Aquí lo único viejo que hay, soy yo" ¿Qué le pongo?...  y se quedó tan pancha. Y después de haber saciado nuestra gula, nos fuimos derechitos al coche y para casa. Esta visto que para encontrar algo, primero tienes que moverte y buscarlo, de ahí que pasáramos una muy buena tarde, aunque no a gusto de todos.

Sábado, 10 de mayo de 2003

domingo, 23 de marzo de 2003

13 Barranquillo de Nieto

    Después de haber hecho ayer un pequeño recorrido urbano por el Puerto de la Cruz, nos apetece el olor a tierra húmeda y a brezo fresco, por eso hemos decidido darnos una vuelta por los altos de Tegueste, haciendo una ruta distinta a la que ha habíamos hecho anteriormente (La Mocanera). Esta ruta es más corta pero no por eso menos interesante pues pasando por el Barranquillo de Nieto, transcurre por los altos de Pedro Álvarez y Tegueste. Otro cambio fue que no seguimos el itinerario sobre todo el principio, al pie de la letra; pues la guía propone empezar en la Cruz del Carmen, algo que es un poco monótono para nosotros pues ya lo habíamos realizado antes y probamos hacer algo nuevo.
    Decidimos coger la guagua de Las Mercedes y bajarnos en la parada antes de llegar a Casa Domingo, donde la carretera se divide en dos y luego vuelve a unirse. Antes de empezar se impone una estiradita de patas, colocar bien la mochila, preparar el bastón para la subida y liberarte de los gases nocivos, tan perjudiciales para el que va siempre en la retaguardia.😉
    Comenzamos a subir los escalones de tierra hacia el Lomo del Boquerón hasta llegar al cortafuegos y en vez de cruzarlo, como ya lo habíamos acometido antes, seguimos por él hasta el final (la Hija Cambada) que es el cruce de la carretera al Pico del Ingles con la del Batan y el Moquinal. Luego seguimos a la izquierda por esta última carretera hasta que en una recta vemos al final y de frente una pista de tierra, y la carretera seguía hacia la izquierda. Pues por aquí nos metimos. Esta pista es uno de los cortafuegos que te lleva a la casa forestal y una vez allí hicimos una parada y... ¿Dónde está el famoso cuadrito de energía instantánea? Pues hoy no hay, porque las nenas acabaron con las existencias viendo películas ¡las muy golosas!
    Después del pequeño descanso seguimos nuestro viaje. Ahora si seguimos la guía dejando la casa forestal a nuestra izquierda y el lo alto y seguimos por la pista que un poco más adelante va en paralelo con la otra que viene del mirador de Zapata, y que únicamente quedan separadas por una cadena, pero no cambiamos el rumbo, seguimos por la misma que veníamos (la de la derecha) que nos llevó a la carretera del Moquinal, un poco pasado el mirador de Zapata y continuamos por esta siempre por nuestra izquierda y en el arcén para que no haya peligro. Ya todo el camino va a ser en bajada, con lo que se supone puede ser bastante agradable.
    Por todo el camino, las chicas comienzan ya a diferenciar un poco las plantas que se van encontrando. Es estupendo ver como mis pequeñas biólogas se enzarzan en descubrir cuales son las diferencias entre el tejo y el brezo, como se conoce a un laurel o a un viñátigo; hasta tal punto que incluso hay unos acalorados debates por las diferencias de opiniones, algo nuevo para ellas y por cierto bastante divertido, es otro aliciente más para seguir haciendo estas escapadas.
    Después de un buen rato caminando por la carretera (cosa que particularmente a mí no me gusta) llegamos a un cruce, hacia la derecha se baja hacia El Batan, que por cierto actualmente está interrumpido el paso por obras, solo pueden transitar los vecinos ¡Pobre gente! Y la otra pista sigue de frente hacia El Moquinal y Pedro Álvarez, pues por esta última de cabeza y seguimos adelante, otra vez por carretera pero no nos queda más remedio si no queremos repetir los senderos.
    Llegamos al desvío a Pedro Álvarez y nos metemos un poco hasta un claro, desde donde se divisa una preciosa panorámica de la Mesa Mota, un poco de La Laguna y todo el horizonte hasta el Teide y bajo nuestros pies Pedro Alvarez, una vista bastante agradable. Volvemos sobre nuestros pasos y continuamos recto por la pista del Moquinal hasta que llegando a una curva hacia la derecha esta se convierte en una pista de tierra y a nuestra izquierda comienza otra que va a La Orilla. Nos metemos por ésta y vemos que el ayuntamiento o el cabildo están haciendo unos muros con tosca muy acondicionados y plantando en su borde, habían ejemplares de laurisilva. Continuamos y a unos cien metros del cruce nos sale un sendero por nuestra izquierda con un cartel caído que pone Nieto. Al ver esto, se nos cambió la cara, porque la guía no indicaba el cruce anterior y un poco desorientados nos metimos por ver que pasaba. Frente al sendero traspasando el muro y subiéndote al monturrio de almagre, entre una base de tejos y enmarcada por las laderas de un barranco; aparece una panorámica de Punta Hidalgo.
    Ahora ya si comenzamos a bajar por el sendero de Nieto, un poco más adelante hay un sitio ancho donde es cómodo hacer una paradita y así lo hicimos, donde echamos algo al cuerpo para que no se estanque la máquina por falta de energía y donde como los perros, también marcamos el terreno. Después de esta pequeña parada, comenzamos a movernos y vemos que el camino empieza a estrecharse por la invasión de los tejos y brezos, pues en una parte de éste camino vas caminando entre dos muros de vegetación siempre en fila india, porque dos juntos no cavemos. Pues ocurrió que en esta recta del camino, vemos a un perro con collar, del tipo presa canario, que a la vista parecía manso, pero ¡Tate quieto, compadre! Por si acaso nos quedamos parados. Enseguida, aparecieron los dueños y nos tranquilizamos, pues venían caminando hacia nosotros, mirando a los alrededores buscando algo, pero no sabíamos que era. En ese momento... ¡Ños, coño!... por nuestra izquierda y de improviso atravesando el muro de tejos, aparece otro perro que nos pego un susto tremendo, que nos dejo petrificados. Era una hembra del mismo tipo, mansita y cariñosa, también pertenecía al matrimonio, pasaron junto a nosotros, porque nos quedamos plantados por si se viraba la tortilla; saludito de buena gente y rapidito por el caminito.
    Siguiendo el sendero, éste comienza a cerrarse cada vez más, como formando un gran túnel, con altos árboles de laurisilva y debido a esto se nota en el ambiente una gran humedad. Llegamos a la cabecera del barranquillo de Nieto que es casi imperceptible, porque solo es una pequeña hondonada húmeda y bastante sombría que da un poco de sobrecogimiento. Aquí me vino a la cabeza el famoso loquinario que mató a una parejita y a los extranjeros mayores, que luego se escondió por estos andurriales y por los del Moquinal; pero dese luego no se me ocurrió, ni siquiera, contárselo a las chicas, les hubiera dado un paro cardiaco. En este lugar teníamos que buscar una vereda, pero esta no aparecía por ningún lado, El truco estaba en seguir paralelo al cauce del barranquillo por el lado izquierdo, lo que ocurre que la caída de troncos y hojas, más el agua y la tremenda humedad que resuma esta zona, habían tapado el sendero, pero como a unos cincuenta metros del lugar hacia delante aparecía una ligera veredita que luego se convertía en sendero (si me llego a llevar por lo que decían las chicas, hubiera tenido que regresar, pero soy de los que dice que para detrás, ni para coger impulso), fuerte unas cagaleras que son las tres.
    Llegamos a un pequeño despeñadero bastante alto, era más bien un dique y seguimos por la izquierda de éste, el sendero que sube y se estrecha un poco en el desfiladero, donde Ari, por mirar a su derecha hacia el desfiladero, le entró miedo que el pánico le impedía moverse, pero que aunque existía una ligera posibilidad de vértigo, no era para tanto; pues no hubo forma, Luego para mas “inri” a Loe jugando con el palo, va y se le cae en el desfiladero, quedando enganchado en el tronco de un árbol, pues encaramado peor que un mono y con el griterío de la compañía, para que desistiera y que no lo intentara por si me caía, pero no había manera de cogerlo, pero al fin se pudo recuperar intentándolo de otra manera.
    Seguimos subiendo el sendero hasta que desemboca en uno que, por la izquierda, nos corta en diagonal, pues seguimos por éste bajando hasta que llegamos a un cruce (Las Lajas), con el sendero que va a Pedro Alvarez. Entramos en este sendero y en un lomito a unos cincuenta metros tuvimos una buena perspectiva de Pedro Alvarez y del valle de Tegueste, muy bonito, luego volvimos sobre nuestros pasos a nuestro sendero que ahora comienza a bajar en zigzag, ya en dirección a Tegueste, y disfrutando de las bonitas vistas, también haciendo prácticas con las plantas que encontrábamos averiguando los nombres.
    Casi llegando al final del sendero, nos tropezamos que venían subiendo a dos momias de la época de Tutan-kamón, por lo tapadas que iban, incluso una de ellas llevaba un gorro de los de pescar... ¡Qué feitas eran las pobres! Eran dos extranjeras que iban un poco despistadas y creo que no sabían muy bien donde se encontraban. En fin saludito entre dientes y a continuar el caminito. El senderito tiene su final en el mismo Caidero y donde comienza la pista. El Caidero es un salto amplio en la pared pero que ha quedado reducido y actualmente está seco, gracias a la construcción de un depósito y particularmente a mí me parece un atentado ecológico. Comenzamos a bajar ya por la carretera en para lelo al barrando de La Palmita. Pasados unos cinco minutos, aparecen por nuestra derecha los conocidos escalones de la bajada del camino de La Mocanera. Continuamos bajando hasta llegar a la plaza de Pedro Melian, donde encontré el chorro de agua, con una llave de cierre automático pero estaba seco, y seguimos admirando el esplendoroso drago hasta llegar al ayuntamiento y de aquí para la parada y por supuesto para casa, que nos está esperando el resto de una buenísima cazuela de ayer... ¡Ños, qué hambre! ¡Muchacha saca unas almendritas y unas pasas que se me aprieta la barriga!... ¡Pa dir jaciendo boca!

Domingo 23 de marzo de 2003

sábado, 22 de marzo de 2003

12 Pequeña escapada al Rincón

    Hoy hemos salido en horario diferente a otras veces, sobre las cuatro de la tarde, después de un ligero reposo tras un buen almuerzo. Esta vez Merci prefirió no venir, porque se encontraba un poco indispuesta. Tenemos pensado dar una vuelta por la costa del Puerto de la Cruz y La Orotava, es decir por la zona del Rincón, y para ello nos dirigimos hacia la autopista para coger la guagua que va al Puerto de la Cruz o alguna que pase por allí. Tuvimos que esperar un poquito, a los diez minutos vemos llegar la de La Laguna y justo detrás una que se dirige a Buenavista, pues mandamos a parar esta última y con las prisas voy y le pregunto al chofer si la guagua entra en la estación de La Laguna, cosa que el respondió afirmativamente un poco extrañado pues tenía delante la guagua de La Laguna, cuando en realidad lo que yo quería decir era que si entraba en la estación del Puerto de la Cruz; menos mal que por el camino le volví a preguntar al chofer ya correctamente y ya su respuesta fue negativa, con lo que mejor fue bajarnos en La Laguna y coger allí el enlace.
    Una vez en la estación cogimos la guagua que nos llevaría a nuestro destino. Bajando ya por la carretera del Botánico, decidimos bajarnos pasada la urb. La Paz y muy cerca de la bajada hacia el hotel Meliá. Una vez en tierra y con nuestras mochilas puestas, bajamos un poco y nos metimos por una calle peatonal, paralela al barranco de Martianez, para después salir a la Calzada de Martianez, justo por debajo del hotel Meliá, y desde aquí nos metimos en el camino de Las Cabras. Aunque en realidad y según la guía, el recorrido comienza en la av. Aguilar y Quesada, aunque para nosotros siempre será la Avenida de Las Palmeras y continua por el paseo que junto al centro comercial sube hacia donde estamos ahora (con lo que nos ahorramos un tiempito y un esfuerzo).
    Ya eran las seis de la tarde y comenzamos subiendo por este bonito camino, aunque lo de camino es un decir –sería antiguamente- porque lo han convertido en una avenida peatonal con bancos, bares, tiendas y algún que otros parterres, solo pueden entrar los coches que tienen garaje en esta zona. Llegamos a la ermita de San Amaro, donde se estaba celebrando alguna misa, porque estaba abarrotada de gente. Frente a ésta, se encuentra el mirador La Paz, desde donde se puede apreciar una vista aérea de la playa y toda la zona de Martianez, muy bella, este mirador tiene unos bancos donde ya se ven algunas parejitas esperando disfrutar del ocaso del día. Continuamos bajando por el paseo, que al principio va hacia un restaurante y parece que no tiene salida pero que al llegar junto a él, se ve una entrada por la izquierda que rodea el restaurante para entrar de lleno en el paseo de la costa, paseo que no tiene ningún desperdicio, pues desde cualquier punto, se puede disfrutar de una buena panorámica y contemplar unas inolvidables puestas de sol. El paseo de La Costa, sigue por todo el acantilado y llega hasta el hotel Semíramis, desde donde, por un paso lateral, se accede a la calle y se continua hacia la izquierda pasando por la entrada principal del hotel.
    A los cinco minutos de camino, a nuestra izquierda aparece un pequeño mirador con su banco donde se puede hacer una paradita para un descanso, a continuación la calle sube girando hacia la derecha, pero nosotros seguimos de frente por una pista de tierra que va paralela al a carretera del Este, que el ayuntamiento lo ha acondicionado con mobiliario urbano y donde podemos ver gente sentada con los chiquillos y sus cachivaches, otras haciendo deporte y mucho “giri” paseando. Continuamos este camino que en cierto punto atraviesa la carretera del Este, mediante un túnel que te lleva ya a una pista de tierra que, entre huertas de platanera y alguna que otra casa dispersa, caminas por la zona de La Vegueta y que enseguida se convierte en una pista de cemento. Pasamos por delante de una casa a nuestra derecha, donde muy efusivo un gran perro nos saludaba y nos invitaba a café con sus ladridos ¿ - ? Cinco minutos más tarde al final de una recta, gira la pista hacia la derecha y aquí mismo hay una casa y junto a ella, una pista cerrada por una cadena y que baja hacia la izquierda. Nos metimos por aquí y nos llevó a un alto espigón sobre el mar, donde se encuentra “La Casa del Barco”, una edificación en ruinas, desde aquí se tiene una perspectiva a vista de pájaros de la zona costera del norte. Lugar donde se impone, desde luego, una paradita para aspirar el agradable aire yodado del mar y por supuesto... una meadita ¡Salud!
    Volvimos sobre nuestros pasos al camino principal y seguimos nuestra pista, de lo que nos damos cuenta es que, por aquí viene bastante gente a pasear y que está todo muy limpio, cosa que me alegra. Un poco más adelante vamos por una bajada con unos escalones que te llevan al barranco de San Juan y lo atraviesa. En el mismo cauce hay un sendero casi inapreciable que siguiéndolo, accedes a una playa de callados grandes. Subimos la vereda por la otra ladera del barranco, donde a nuestro paso nos encontramos gran cantidad de mato risco en flor. Al llegar arriba en el muro de una casa, hay preparado una especie de mirador balcón y un banco de madera, buen sitio para hacer una parada. Desde este lugar, entras ya en la carretera del Rincón, lugar fantástico, que espero no sea nunca urbanizado como hasta hace poco gente especuladora y con pocos escrúpulos pretendían hacer. En pocos minutos nos llevó al principio del acantilado de la playa del Bollullo, desde donde se veía en la playa gente pasando los últimos minutos de la tarde.
    Seguimos por el sendero bordeando desde lo alto la playa, hasta que pasamos por un lugar cubierto por altos tarajales y por el aroma que desprendía este sitio, comprendimos que allí estaban unas letrinas improvisadas. Llegamos al promontorio, al final de la playa, desde donde puedes continuar a la siguiente playa, la del Pozo, por el sendero costero, o bajar por otro senderito a la misma playa. Pero en este lugar han acondicionado unos banquitos, donde ya había gente ocupándolos en espera del gran espectáculo del ocaso que muy pronto cerraría el día, bajando el telón de la noche pues ya eran las siete de la tarde. Nosotros viendo ya la hora que era, decidimos parar nuestro recorrido aquí y volver para que no se nos hiciera de noche. Por el camino de regreso, bajando el sendero del barranco de San Juan, nos adelanta un pibe con tal premura, que se veía que no quería que la oscuridad lo cogiera por esta zona, porque solo en el justo tiempo de echar un estornudo, ya se encontraba subiendo la otra ladera del barranco ¡Hasta luego Lucas, cuando llegues escribe!
    Las chicas estaban ansiosas porque se hiciera de noche, aunque pretendían disimularlo, pues al oscurecer un poco más podrían probar las linternas de cabeza (regalito de reyes) y estaban como locas, por cierto las linternas son muy cómodas y bastante buenas. En una de estas a Loe, mi cabecita loca, de tanto quitársela y ponérsela cada vez que venía alguien, porque le daba vergüenza que la vieran con aquel artilugio; una vez pasado el túnel, se da cuenta de que no tiene la diadema sobre la cabeza, que la ha perdido. Al ser nueva, pues la estaba estrenando, quería recuperarla; volvimos un poco hacia atrás, pero nada fue imposible y no apareció, pero... después resultó que al día siguiente, como por arte de magia, apareció en un bolsillo del pantalón ¡Esta chica está como una chiva!
    Continuamos el camino y ya de noche llegamos a la urb. La Paz, cabina de teléfono a la vista, pues llamadita a Merci para que no se preocupe y seguimos hasta la carretera general para alcanzar la parada de guaguas. En esta parada llevábamos ya un rato esperando y no aparecía ninguna guagua, solo pasó una para La Orotava y poco después otra que se dirigía hacia La Caldera, y la nuestra ni rastro. Ya llevábamos como una media hora esperando cuando Loe, con el desespero que la caracteriza, propone ir a cogerla a la estación, pues decidimos hacerlo así pero con el desacuerdo de Ari. Cuando llevábamos unos cinco minutos caminando, aparece en una curva nuestra guagua, e inmóviles levantando la mano saludando, vemos que pasa ante nuestras narices ¡Adiós! ¿Por qué siempre nos pasará lo mismo? Y tuve que aguantar el famoso ¡Te lo dije! Bueno pues seguimos hacia la estación, y subiendo por la avenida venía una señora haciendo carantoñas y mimos a lo que parecía un bebe que traía meciéndolo en sus brazos. Pues al pasar a nuestro lado, resultó que era un cachorro de perro consentido, que feíllo era el "sio jodio", en fin cada loca con su tema y los manicomios vacíos.
    Para rematar la faena del día, nos pasó un caso que... Creyendo que cortaríamos camino, nos metemos por la gasolinera frente a la entrada del Taoro, para seguir por unas escaleras que bajaban y que resultó que te llevan a los servicios de la gasolinera ¡Otra vez p’atrás! Y que vergüenza al ver la cara de risa del empleado de la gasolinera ¡Qué lote! Salimos de la gasolinera como al que se le escapa la guagua (nunca mejor dicho) un poco por el ridículo que hicimos al tener tamaño despiste y seguimos camino a la estación, a la que por fin llegamos y donde justo estaba la guagüita nuestra a punto de salir. Subimos, metimos el bono y pa’ casa, por fin llegamos a la estación y salimos de la misma como al que se le escapa la guagua. Hoy fue un paseo corto pero a juzgar por lo anteriormente descrito, bastante intenso.

Sábado 22 de marzo de 2003

domingo, 16 de marzo de 2003

11 Hilario


     Son las seis de la mañana de un domingo cualquiera y no aguanto más en el catre, no tengo sueño y me levanto. Por lo despejado que está el cielo de esta madrugada, aunque aún es noche cerrada, creo que va a ser un buen día para hacernos una escapadita.
    Bueno como todos aún están durmiendo, voy preparando las cosas para el paseo, un buen café en mi terraza con vistas al mar y esperando al amanecer, sacadita del perro para su matutino cambio de aguas y sus otros menesteres. Más tarde ir a buscar el pan calentito para desayunar bien. De regreso aún están todos en los brazos de Morfeo, ¡Qué felicidad! Y a la vez ¡Qué envidia! En este momento, a mi memoria viene el recuerdo de aquellas riquísimas agüitas guisadas de: manzanilla, poleo, toronjil o de cualquiera de las infinitas hiervas que nos regala constantemente nuestro campo y que mamá con mucho cariño nos preparaba para despertarnos con el aroma, acompañado de una cálida sonrisa y de un agradable y cariñoso “buenos días”; y que bien nos sentaba que todavía puedo acordarme de su olor y su sabor, como si ahora mismo lo estuviera tomando.
 Pues se me ocurre preparar una agüita con cascarita de limón y naranja, unos granitos de matalahúva y para darle ese punto exótico un palito de canela. Ya el calderito comienza a ponerse contento, avisando con su ritmo caliente y acompañado con un alegre repiqueteo de burbujas, de que la agüita va cogiendo cuerpo y sabor, tomando prestado de cada elemento inmerso en sus entrañas, las distintas esencias liberadas, para quedar impregnada de ellas y concentrarse formando una sola, adquiriendo ese cálido color púrpura del atardecer de un otoño cualquiera. Luego desde el fondo del calderito, a cada golpe de un tambor imaginario, pero que sentimos, deja escapar las burbujas que al llegar a la superficie, explotan liberando y esparciendo la mezcla de aromas por toda la habitación: azahar de los campos de cítricos, del anís el frescor de la mañana y el punto de canela nos sumerge en la magia de los misterios orientales ¡Qué momento más exquisito!
    Ya oigo a Merci traquinando en el baño, son casi las ocho de la mañana, buena hora para despertar a las chicas con el aroma de una buena tasita de agua calentita y por supuesto otra para mi mimosa. A mí me provoca tomarme una ahora mismo. Pero la mía mejor la dejo en el calderito para que no se me enfríe y tomármela a sorbitos después de un buen baño, aunque... no puedo evitar echar dos sorbitos robados. ¡Qué fría está el agua por las mañanas! Pero que bien sienta pues a medida que el torrente de agua va recorriendo todo el cuerpo, este va despertando a cogotazos todos los poros de la piel, para dejarlos listos a enfrentarse al nuevo día, pero aún así tengo frío, menos mal que me está esperando mi taza de agüita calentita. Después de vestirse uno y arreglarse un poco, aunque eso es un decir, yo diría más bien remendarse porque esa cara, sin dientes y con esos pelos mirándote a un espejo a esta hora de la mañana, no puedo uno esperar un milagro, pero bueno. Entro en la cocina estrujándome las manos pensando en mi agüita, pero... ¿Dónde está? ¡Si estoy seguro que dejé el cacharrito aquí encima de la placa! Buscándolo por todos lados y al mirar hacia el fregadero veo al calderito que, cual soldado abatido en la guerra, yacía inerte boca abajo y no había restos de mi agüita. ¡Ños! Me está subiendo un fuego abrazador desde los pies que de repente me quitó el frío de golpe. El caso fue que Merci creyó que todos ya habíamos tomado agua y, para que todo quedara limpio y recogido, tiró el resto por el fregadero. ¡Adiós, Hasta nunca! Bueno el pequeño enfado se me quitó con un beso de perdón. Dicen que el que parte y reparte siempre se queda con la mejor parte, pues siento decir que esta vez, no estoy muy de acuerdo con eso.
    Una vez desayunados y todo preparado nos subimos al coche. Esta vez venía hasta el Trufo. Hoy salimos a pasar un agradable rato y para ello, primero nos dirigimos hacia el barrio de Cueva Roja, para que Merci lo conociera y también el esplendido mirador que hay allí de todo Santa Cruz. Luego por la carretera de Los Campitos nos dirigimos hacia el parque de Las Mesas. Dejamos el coche frente a mi vieja casita. ¡Qué buenos recuerdos de mi niñez me trae este lugar! Comenzamos a subir por uno de los paseos del parque hacia las torres (antenas). Eran sobre las nueve y media, había muy poca gente aquí, solo vimos gente con perros. Al llegar arriba a la esquina de la valla, nos encontramos con un cruce: hacia la izquierda la pista daba una vuelta para unirse de nuevo con la pista por la que habíamos subido, la pista central se dirige hacia una edificación, pero ahí se termina, y la de la derecha va hacia el mirador, pues fuimos por esta última para echar un vistazo y sobre todo para ver por donde discurre el sendero que, pegado a la valla, te lleva al caserío de Aguaite y a la presa. Por este sendero vemos que venía, como de regreso, alguien con un perro que a mi entender era uno de los guardas del parque. Llegamos al mirador y después de un ratito regresamos a la esquina de la villa en la encrucijada de caminos, para coger la pista que va de frente, ahora a nuestra derecha. Esta pista primero va hacia la derecha, luego hacia la izquierda y dirigirse a la edificación, pero allí se termina. Mirando por los alrededores y según la guía, buscamos un tubo de agua y lo seguimos que nos llevó hasta la cima de la montaña, hacia el Cabezo de Las Mesas, lugar de obligada parada para respirar y recibir en la cara el aire limpio y fresco que sube del Valle Tabares y Jiménez para seguir corriendo ladera arriba hacia nosotros y continuar bajando corriendo hacia Los Campitos y su presa. Desde aquí la panorámica circular y aérea es maravillosa.
    El Trufo no se despegaba de mi lado, se metía por todos lados, incluso entre matojos que a veces era difícil verlo. Una de estas veces, con lo loco que estaba corriendo de un lado a otro, se metió por un sitio que al final se vio rodeado de varias plantas con muchos picos que le impedían moverse. Fue simpático ver como suplicaba con los ojos que lo sacaran de aquel pequeño infierno, desde luego tubo que ser izado por el brazo de la justicia para sacarlo del lugar, pero nada más verse libre siguió corriendo y metiéndose por otros rincones. Con lo que la situación anterior se produjo varias veces ¡De risa!
    Guiados por el tubo de agua unas veces por la derecha y otras por la izquierda, comenzamos a bajar hasta el Lomo de Las Casillas, aunque por sendero inexistente solo teníamos como referencia el tubo, haciendo algunas paraditas. Algunas de estas paradas fueron motivadas por varias caídas que tubo Loe, porque el sitio está repleto de hierva y ella había venido con unos tenis, por culpa mía, porque todo lo pide o pregunta a distancia,  y a veces no se entiende lo que dice. Los tenis no son un calzado adecuado para hacer senderos, pues hacen que te resbales y caigas al no tener ninguna adherencia al piso. Espero que haya aprendido la lección, de todas maneras se llevó una bronquilla y me regaló dos lágrimas, pero que creo que me dolieron mucho más a mí. Como contrapartida, en esta bajada, me pareció ver que nos acompañaba, la emperatriz Sissi, descendiendo de su calesa, con la elegancia que le caracteriza... ¡Mi querida Ari!, que ni el miedo a caerse en las pendientes le hacen perder su coquetería y glamour, aunque a veces éste pavor llega a ser un poco desmesurado y me suele sacar de mis casillas. A veces me pregunto, ¿Cómo sería mi vida sin mis dos caballitos trotones? Distintos como la luna y el sol, pero cada uno a su manera incomparable: uno de ellos vivo, altanero, chispeante, algo trotamundos, inquieto y bastante sensible con las cosas bellas de la vida. El otro elegante, algo sofisticado, con un temperamento un poco serio y a veces frío, pero que encerrado en una coraza, esconde un gran corazón con muchos sentimientos, que muchas veces intenta esconder para que no le hagan daño, pero que de improviso aflora su más tierna sensibilidad.
    Al finalizar la bajada, después de pasar por el torreón de la luz, llegamos al cruce, donde nos encontramos con un viejillo que nos miraba extrañado cuando aparecimos por detrás de transformador, como diciendo ¿De donde vendrán los locos estos?,  Pues se impone el saludito de rigor y andando hacia la carretera y bajando hacia el valle. Pasamos una pista de cemento que te lleva por el Lomo Las Casillas y un poco más abajo, aparece una pista de tierra con los bordes llenos de matos, pues por aquí nos metimos y comenzamos a subir. A la izquierda y por debajo de la pista hay un grupo de casas con sus correspondientes perros alcahuetes, enseguida nos encontramos con dos parroquianos que estaban palicando, uno de ellos junto a su coche, donde el camino lo cerraba una cadena, saludito y caminitos que se nos escapan los perros... Pasamos por un lado de la cadena sin preguntar nada y continuamos subiendo por la pista. Esta pista va paralela al cauce del barranco del Valle Hilario (de aquí el nombre de la excursión), es un agradable paseo, por donde ya comenzamos a identificar a algunas plantas, por ejemplo: hay bastantes cerrajas con sus flores amarillas, mucha tedera, hinojo con su peculiar perfume anisado, mato risco y me quedé maravillado al ver por primera vez un humilde tajinaste de color azul florido, en el centro del cauce del barranquillo sobre saliendo del resto de las plantas, un poco pequeño pero que no tiene nada que envidiar en belleza a su espectacular hermano el del Teide. Seguimos subiendo por la pista, y al cabo de un rato nos pasa el coche que encontramos al principio, algo complicado y difícil porque la pista es estrecha. A los bordes de esta pista nos encontramos con un manto de vinagretas con sus flores amarillas que las chicas no conocen, ni saben lo que es aunque les diga que chupando sus tallos se te quita la sed.  Ellas las prueban, pero a ambas se les arruga la cara, dando a entender con una mueca que nos les agrada.
    Un poco más arriba nos aparece por la derecha una pista que viene de Taodio, cruza nuestra pista y llega al cauce del barranco, donde el Trufo comienza a ladras un poco nervioso mirando hacia esta pista y era porque en el mismo cruce había un señor que se estaba preparando para trabajar en su terrenito, saludito de buena gente y pa’lante. Seguimos nuestro itinerario y ya donde casi no existe el barranco, aparece a nuestra izquierda una cancelilla de hierro, donde se ve un sendero que sube hacia la montaña. Es por aquí por donde tendremos que bajar después, pero ahora continuamos subiendo por una pista empedrada que se hace cada vez más pendiente y sigue hacia una curva cerrada, rodeando unos arboles frutales, nísperos, higueras, etc., y termina en una casa. Vemos en este punto, que no hay caminos, ni veredas así que, volvimos hacia detrás, puesto que no está el itinerario que teníamos que seguir, pues buscábamos un sendero que subiera la montaña de Lomo Tieso y el único que había nos levaba a una huerta plantada de papas.
    Por un pequeño despiste al interpretar el plano, nos llevó a subir hasta una degollada que teníamos frente a nosotros a continuación de la curva de la pista, por una zona sin sendero. Al llegar arriba nos encontramos con una alambrada toda oxidada en donde aparece ante nosotros el Barranco de Taodio, luego por la derecha, nos dirigimos hacia un pequeño mojón, que tenía en lo alto uno de esos carteles rectangulares y pequeños del cabildo, éste en particular rojo que indica “parque rural espacio protegido”. Al llegar a esta zona, en un recodo que parece una especie de balcón con una baranda de piedra seca, se descubre ante nuestros pies como si fuéramos dioses, una espléndida vista del Barranco de Taodio desde otra perspectiva y la charca de Taodio, ¡preciosa! Es la vez que más cerca hemos estado de ella, normalmente la solemos ver pero de lejos, estaba casi llena.
    Volvimos sobre nuestros pasos, para ver si encontrábamos el sendero real pero tras un par de intentos fallidos fue imposible puesto que, según vimos después, estábamos mal ubicados y eso que nos faltaba muy poco pero ya se nos echaba el día encima, así que decidimos regresar e intentarlo otro día. Cuando llegamos a la pista principal, donde estaban los frutales, después de una complicada bajada, vemos un atisbo del senderito por donde verdaderamente deberíamos haber subido, pero bueno ya sabiendo donde está para otra vez será. Bajamos por la pista, desandando el camino anteriormente hecho y bien, aunque a Loe le empezaron a doler las rodillas ¿A qué se deberán esas molestias, cada vez que hace un pequeño esfuerzo? Por el camino nos tropezamos subiendo a dos pibes que practicaban la bicicleta de montaña (perdón mountain bike, que es más moderno) por cierto, creo que es un buen lugar para este deporte. Llegamos al cruce con la carretera general, en cinco minutos estabamos en el Lomo de Las Casillas y desde aquí por la carretera hasta el parque de Las Mesas, para coger el coche, frente a mi casita...
    ¿Qué tendrá este lugar que tanto me atrae? Y donde de momento cada vez que vengo me vuelven a aparecer viejos recuerdos como: Los juegos infantiles de mi hermana Loli y yo, medio desnudos corriendo detrás de la casa, ¡nuestra casita! Una espantosa noche de tormenta con fuertes lluvias y viento, impresionados por el miedo a los rayos y el estruendo de los truenos que hacían temblar la casa y que nos llevo a escondernos debajo de los catres, luego espantados días más tardes al enterarnos que un chico en Los Campitos había sido alcanzado por un rayo. Los japoneses, que aunque no los entendía, eran muy simpáticos, pero que feitos eran o así me lo parecían. De mi amigo Cosme por la promesa de traerme los famosos cuentos de “El Gordito”, que aún hoy sigo esperando. La famosa y ya familiar tortilla del señor Barrios y su Triumph amarillo, tortilla que al final se la comía el perro, con razón el chucho nunca bajaba de peso. La cabra y el baifo, porque recuerdo muy bien los divertidos disparates de papá que decía "Cuando la cabra hace sus necesidades siempre echa alguna moneda” y yo con mi inocencia corriendo detrás de la cabra todo el día, para ver que pasaba. También recuerdo mi pequeña pero entrañable y para mi gran bicicleta que tantos buenos ratos me dio, sobre todo con su paseo hasta la venta del Lomo Las Casillas, mira que le di guerra a sus ruedas. También la gente que no he vuelto a ver más, pero que aún sigue en mis recuerdos como: Francisco con los pantalones atados con una soga, Goya, las duras facciones del bruto de Macario y por supuesto de la simpática María a la que yo apodé cariñosamente “la cabra”, porque en la cocina cuando mamá pelaba las verduras, veía como se las comía crudas. En fin tantos y tan buenos recuerdos de mi infancia. Bueno siempre estarán ahí, para cada vez que quiera recordarlos, solo tengo que subir hasta aquí frente a mí querida casita y enseguida comenzarán a surgir de nuevo.
 

Domingo, 16 de marzo de 2003

 

domingo, 19 de enero de 2003

10 La Mocanera

 
    Después de pasadas las fiestas navideñas, con el clásico ajetreo que se produce en esta época, donde se imponía un pequeño parón en nuestras andanzas, por fin ya volvemos otra vez a hacer nuestros senderos, ¡porque son nuestros aunque estén programados! Parece mentira como puedes llegar a echar de menos esos recorridos, hasta tal punto que podría ser como una droga y ahora mismo estamos con el mono del síndrome de abstinencia, creo que puede ser el ansia por conocer cosas nuevas, lugares insólitos de nuestra geografía y sobre todo el afán de superación, de alcanzar una meta propuesta y sobre pasarla. Tal es así que incluso sin haber terminado un recorrido, ya comienzas a maquinar el siguiente y proponiéndolo para que así quede ese regusto de misterio en pensar, ¿Cómo será el siguiente? Y lo gracioso del caso es que no sólo era un deseo mío, sino que las chicas también lo echaban en falta. Es más, estaban ansiosas pues querían probar las mochilas, palos y demás cachivaches que les habían dejado los Reyes. Todo esto me da que pensar y notas que en cada uno de los recorridos ellas lo pasan bien, lo disfrutan con intensidad; cuando normalmente los niños de su edad (11 y 13 años), suelen aburrirse con sus padres, y sin embargo en este caso no es así. Ellas mismas son las que me piden que cuando vamos a empezar otra vez a hacer alguna excursión. Esto hace que te den ganas de planificar las caminatas y a veces no sabes cuál elegir.
    A pesar de irnos ayer sábado caminando dando un paseo hasta San Andrés, no estamos cansados. Así que nos levantamos temprano, con desayuno en forma y una vez todo preparado nos marchamos. Otra vez ¡pobre Trufo! Esta vez la ruta a seguir es uno de los caminos que va desde Las Mercedes hasta Tegueste por el monte, llamada La Mocanera. Es una ruta que está considerada como un agradable paseo y particularmente creo que es buena para realizarla en épocas secas, en verano o en días de calor, pues casi todo el camino, salvo en ciertos puntos, vas por monte cerrado con lo que te encuentras con poco sol y mucha sombra.
    Una vez en la parada de guaguas de la autopista cogimos la perrerilla con destino a la estación de La Laguna. Al llegar al cruce del Padre Anchieta, nos encontramos con una cola de coches que se dirigían hacia la carretera de la Esperanza y enseguida me vino a la cabeza que días atrás había habido una ola de mucho frío que trajo varios días de lluvias y en el Teide había caído nieve, pues como siempre he dicho, el rebumbio y jaleo para la masa de domingueros y nosotros más tranquilitos al lado opuesto. Luego la perrera llegó a la estación y como es domingo vemos que hay movimiento de gente en ese momento llega también la guagua del Puerto de la Cruz, de donde se baja un grupo de extranjeros con mochilas que se dirigen hacia la guagua de La Esperanza, probablemente irán de excursión al Teide. ¡Buen viaje!
    Nosotros no tuvimos que esperar mucho, enseguida salimos con nuestra “cirila” para Las Mercedes. En nuestra amiga solo íbamos cuatro pelagatos medio abobados, pero de inmediato nos espabilamos pues el chofer debe ser que tendría hormiguillas o almorranas en sus partes nobles que conducía con un poco de velocidad que se comía todas las esquinas de las aceras y los baches de la carretera. Pasamos por delante de Casa Melian ¡Buenos pollos! (Para el que le guste), y por Casa Ramiro, ¡Ay! Cuanto extraño tus garbanzas y tu bacalao con un vasito de buen vino. Continuamos y nos bajamos un poco mas arriba de Casa Domingo, hasta donde llega mi cirilita, y comenzamos a bajar por la carretera; siempre por la izquierda y un poco más abajo saliendo de una curva, la carretera se divide en dos, para luego unos metros más adelante volverse a unir en otra curva antes de llegar a unos eucaliptos. Pues justo aquí, a la derecha bajando, comienza el sendero, que subiendo no lo ves porque el principio es un poco confuso y no lo percibes, pero bajando sí. La referencia es un grupo de piteras alineadas. El sendero comienza con unos escalones de tierra, un poco altos y que en dos metros gira a la derecha y sube recto entre una tubería de agua, unas casas y huertas. Mira que he pasado veces por este lugar, sobre todo por mi profesión, y en la vida podría imaginar que aquí había un sendero, las cosas que descubres cuando te aficionas al senderismo.
    A eso de las diez y media de la mañana, las chicas con sus mochilas nuevas y yo con mi querido librito de Anaga en la mano y mi pantalón nuevo, regalito de Reyes, por cierto muy bueno todo lleno de bolsillos; comenzamos a hacer el sendero, subiendo los escalones. En mitad de la subida, Merci y yo vimos unos palos cortados, cogimos cada uno el de nuestra medida y seguimos subiendo, hasta que girando hacia la izquierda rodeando un cupreso, nos metíamos ya en monte cerrado, es el Monte de la Mina y seguimos subiendo despacio porque la subida se las trae, con una humedad muy alta y con piso un poco resbaladizo, debido al rocío mañanero y probablemente a las lluvias de días anteriores.
    Al rato llegamos a un lugar Lomo el Boquerón, donde se cruzaban el sendero y una pista que viene de la Hija Cambada (vaya unos nombres usan mis maguitos). Pues la atravesamos siguiendo de frente y subiendo por el sendero hasta que nos encontramos con que el camino se divide en dos: uno que baja hacia un barranquillo por un hueco y otro que sube recto. Un poco despistados cogimos éste último y subiendo Mercy y yo pasamos por el filo de un barranquillo, como vimos que era un poco peligroso para las niñas, las hicimos subir por la ladera y nos unimos un poco después. En uno de estos tramos las hojas de los brezos estaban cargadas de agua y como era una zona de vegetación espesa, al pasar nos rozaba la ropa y nos mojamos un poco. Este sendero atravesaba en varios tramos la pista (la de la petuda), para finalmente salir a la carretera general a Cruz del Carmen... es decir, ¡Que nos habíamos equivocado!
    Bueno como rectificar es de sabios, volvimos hacia detrás por la pista hasta llegar al cruce de Lomo el Boquerón, para volver otra vez a la encrucijada de senderos y coger esta vez hacia la izquierda, el que bajaba metiéndote por el hueco. Enseguida cruzamos un canalillo de piedra en el barranquillo de La Mina, por el que corría un hilito de agua y comenzamos a subir por la ladera opuesta hasta que al poco rato nos cruzamos con el antiguo camino que viene desde Las Canteras y que se une al nuestro. Desde aquí el sendero subía en una fuerte pendiente culebreando la ladera, hasta salir por el lado izquierdo del mirador de Zapata, después de haberlo bordeado, y aquí se impuso una paradita. Este lugar tiene una vista de la vega lagunera y que se extiende hasta nuestro Teide, pasando por el Rosario. Un buen lugar donde de novios veníamos muchas veces. Al llegar aquí, nos encontramos con dos ciclistas, un chico con moto de cuatro ruedas y dos extranjeros con mochilas que Mercy me dijo que había visto que se bajaban de un taxi abajo en Las Mercedes, y que a mi ver consultaban un mapa un poco despistados.
    Al rato, una vez descansados, nos situamos por donde salimos y cruzando la carretera hacia el lado derecho, a unos veinte metros, nos metimos por un estrecho sendero, que apenas se veía porque está casi cerrado por la vegetación. Al principio va recto casi paralelo con la carretera donde nos volvimos a mojar la ropa; pero que después sube en una fuerte pendiente. Tal es así, que tuve que ayudar a subir a Ari, agarrada al extremo del palo que yo llevaba. Al llegar a la loma, salimos a un acebe (cortafuegos) ¡Bien de palabrotas estoy aprendiendo con este librito! ¡Que viva la agricultura y el coñocimiento! Aquí hicimos una pequeña parada para consultar el manual. Al momento aparecieron a mis espaldas: la extranjera del mirador, algo confusa, y enseguida el marido, preguntando cual era nuestra ruta, a lo que gustosamente le dijimos Tegueste, y vimos en sus caras como se desilusionaban porque estaban desorientados y creían que íbamos hacia Pico del Ingles. Bueno pues con nuestro carácter de buen samaritano, algo que aún nos caracteriza a los isleños, les expliqué en el mapa que traían, donde estaban y como podían llegar allí. Aunque Merci, sin mala intención, no estaba de acuerdo, me lo discutía y exponía lo contrario. Otra que todavía no sabe dónde tiene la mano derecha. Le das un plano y le pides que te lleve al faro de Anaga desde Chamorga y seguro que nos lleva al faro... pero al de Teno. Merci te quiero mucho, pero estas un poco p’allá. Bueno una vez se marcharon los extranjeros, seguimos a la izquierda por el acebe (bonita palabra) hasta que nos encontramos con un pluviómetro de color blanco, Las chicas lo estuvieron mirando, pues nunca habían visto uno y continuamos nuestro camino.
    Más adelante el cortafuegos se divide en dos pistas y a su vez va paralelo a otra mas (fuerte follón compadre) pero con el manual no hay confusión, pasamos una cadena y continuamos por una de las pistas hacia la derecha, es decir, en la misma dirección que traíamos y enseguida vimos la casa forestal a nuestra derecha, donde hicimos una paradita para un buen descanso, cuadrito de energía, agüita, y por supuesto la correspondiente meadita. Cuando ya nos íbamos a marchar, Merci se sobresaltó porque vio aparecer por la pista un grupito de perros sueltos, pero enseguida vimos que venían acompañados de sus dueños dando un paseo. Saludito de rigor, carretera y manta por la pista todo recto.
    Antes de llegar a la curva que gira hacia la derecha, vimos a nuestra izquierda el sendero que te lleva a Punta Hidalgo, pues por ahí nos metimos. Justo aquí comienza el Monte de Las Hiedras. A los diez minutos desembocas en una pista que ya en la ruta a Chinamada habíamos cogido pero hacia la derecha (la pista de Las Hiedras). Bueno, pues esta vez fuimos hacia la izquierda. Por el camino debido a la lluvia había grandes charcos y mucho barro, pero pasábamos bien aunque haciendo un poco de funambulismo. En el ambiente se respiraba ese olor a tierra húmeda tan característico y agradable y vimos algunas píjaras, morgallanas y muchas hiedras canarias por el camino, de ahí el nombre de la pista. También nos encontramos con una fauna algo peculiar: de entrada unos excursionistas ya entraditos en años ¡bien por ellos! Luego apareció un tipo solo muy educado pero también muy zumbado, caminando con auriculares puestos oyendo música, respeto a todo el mundo pero... ¡Será tolete! ¿Habrá alguna melodía mejor que la que te ofrece la naturaleza? En fin, cada uno con sus rarezas pues hay que considerar a todos para que te consideren. Un poco más adelante oímos un ruido que a nosotros nos resultó familiar y que desgraciadamente se está haciendo muy frecuente por las pistas de nuestros montes, nos apartamos hacia la orilla y enseguida apareció el chico que vimos en el mirador de Zapata con su moto de cuatro ruedas ¡Adiós, que te vaya bien!
    Después de un buen rato caminando, legamos a un lugar que está algo despejado de árboles, donde a la izquierda se podía ver una pared muy alta de color rojizo, eran los restos de una antigua cantera, al final había una cuevita acondicionada en la tosca, con su ventana y repisas excavadas en la pared, buen sitio para descansar o refugiarte de una buena lluvia, pero nosotros, como la canción del seiscientos, adelante durante un buen rato esquivando charcos. Después de otro buen rato caminando, deleitándonos con el paisaje, en una pequeña bajada aparece a nuestra izquierda la pista que sube a la casa forestal, y enseguida salimos a la carretera que va al Batan. Cogimos a la izquierda y seguimos por ella, llegamos a una recta donde a la izquierda hay un muro de piedra largo que se veía que estaba en obras, al final hay una curva muy cerrada, pues antes de llegar a ella, a nuestra derecha aparece un sendero que te lleva a una parte llana con pinos insignes y que a simple vista parece una zona recreativa, pero que no lo es, pues nuestro itinerario transcurre por este lugar, y el sendero divide el lugar en dos zonas: una de pinos y otra de árboles varios, no hay pérdida si sigues el sendero, dejando siempre la zona de pinos a la derecha. Este lugar se llama Las Cuadras de D. Benito.
    Un poco más adelante, eran ya casi la una y media de la tarde, a las chicas les empezó a apretar la barriga, pero no precisamente de gases, así que decidimos hacer una parada para descansar, comer algo y nuestro correspondiente cambio de aguas amarillas. Pues aquí aparece el clásico comentario jocoso de las chicas referente a mi persona; mientras unas dicen que vaya al médico porque sufro de meteorismos, otras en cambio dicen que me parezco a los perros, porque donde se efectúa una parada, voy marcando el terreno. Bueno una vez ya sentados, vamos a meternos entre dientes y muelas un pedazo de bocadillo con chorizo polaco, pero que está muy bueno, que hasta en la guagua y con la mochila cerrada se podía oír al chorizo cantar... ¿Qué será lo que no sabe a bueno en un monte? Desde este lugar, por entre los pinos mirando hacia la montaña de enfrente, pudimos reconocer de otra excursión anterior: la casa de Tamé, a lo lejos Chinamada y a nuestros pies el bonito caserío de El Batan.
    Una vez ya descansados, mochila al hombro, carretera y manta. Que se nos escapan los perros... Comenzamos a descender por el sendero, siempre dejando los pinos a la derecha, que incluso no había perdida porque se distinguían las marcas de las ruedas de una bicicleta (o mountain baik, como se dice ahora) ¿O eran de alguna moto? A los pocos minutos apareció en paralelo la pista del Moquinal, pero no nos metimos en ella, seguimos nuestro senderito hasta que al final de la bajada nos encontramos con una encrucijada de caminos, donde también se incorporaba la pista anterior. Este lugar se llama El Juntadero o Ajuntadero. En este lugar hay dos letreros: hacia la derecha va a El Peladero y de frente hacia Lomo Solis. Pues nosotros seguimos de frente por la pista del Moquinal hacia Solis, y un poco más tarde aparece por la derecha la pista que va hacia Punta Hidalgo, pero nosotros seguimos recto hasta que un minuto después no aparece por la izquierda la pista de Los Dornajos, por cierto muy bien señalizada con un cartel de madera. Pues sin más, nos metimos por esta otra y comenzamos a bajar por ella. Ya en este punto entramos en el Monte de Tegueste. Por el camino seguimos encontrándonos charcos con mucho barro y también a las orillas del camino hileras de morgallanas que cuando sea la época de la flora, el estallido de inflorescencias amarillas que producirá, será digno de ser visto. También nos encontramos con preciosas bicacareras con su campanitas moviéndose cadenciosamente a nuestro paso.
    Aproximadamente unos quince minutos después, en unos claros del camino, se podía divisar El Peladero allá a lo lejos, un poco más adelante, el barranco de La Goleta y al final del mismo: Cantarranas y Bajamar. Después de otro buen rato de camino llegamos a La Orilla, un lugar con un pinar muy bien alineado sobre una meseta en los altos de Tegueste. Enseguida recordé una fotografía en casa de mamá, de una excursión que hice con papá y mi tío Alfredo, hace aproximadamente unos treinta años y que recuerdo con mucho cariño, puesto que fue una de las pocas cosas que papá y yo hicimos juntos. Este lugar es un buen sitio, para pasar un domingo tranquilo con la familia a la sombra de los pinos, pues aquí no había nadie, solo un coche que estaba vacío. En este lugar está previsto que se haga una zona recreativa... ¡Qué pena! ¡Pinar para el carajo! De momento ya hay una pista asfaltada que lega hasta aquí.
    Continuamos la pista hacia la izquierda, describiendo un gran arco por el contorno de esta zona hacia la derecha, donde a la mitad nos encontramos con el final de la pista de asfalto, el coche y dos muritos con una cadena rota hasta que al final llegamos a una casa abandonada, y hacia la izquierda en la misma orilla de la meseta (de ahí su nombre) se puede apreciar una de las vistas aéreas más bonitas del valle teguestero, desde el barranquillo de Nieto hacia el mar, incluso detrás de la montaña que tapa a Pedro Álvarez se podía ver un gran estanque. Aquí ya comenzamos a descender hacia Tegueste por el sendero de La Mocanera, nombre que recibe esta excursión. Un lugar que a Ari no le gustó mucho porque era bastante pendiente y un poco incómodo, lleno de escalones irregulares de toscas, algunos tan altos que eran un poco difíciles de bajar. A Loe tampoco le gustó mucho, no era por el lugar en sí, sino que al bajar tenía que hacer fuerza y frenar con los pies y una de las rodillas empezó a darle la lata, menos mal que lo íbamos haciendo despacio.
    Pasados unos veinte minutos, llegamos a un barranquillo bastante pronunciado donde había un pequeño cañaveral y bajamos por su cauce lleno de piedras, hasta llegar a la carretera, en el barranco de La Palmita, cerca de lo que se denomina El Caidero. Continuamos bajando por la derecha y ya comenzamos a encontrarnos los primeros chalets, hasta que llegamos a la plaza de La Arañita ¡Qué sitio éste de la plaza, para tener una casa y vivir! ¡Qué tranquilidad! Cogemos hacia la izquierda pasando por delante de la placita. Si hubiéramos cogido hacia la derecha hubiéramos ido a la Mesa de Tejina y Bajamar, pero eso será para otra vez. Cruzamos el barranco de Pedro Álvarez y pasamos por delante de la bellísima casa del Prebendado Pacheco que tiene en el jardín un imponente ejemplar de drago precioso. Llegamos a la plaza de Pedro Melián, donde en el medio hay como una especie de ermita, luego bajamos por la calle Gral. Franco y por la derecha aparece la casa sacerdotal. Seguimos bajando hasta llegar al ayuntamiento y a la plaza de San Marcos para luego girar a la izquierda y seguir todo recto por la calle principal del pueblo.
    En cinco minutos llegamos a la carretera general, hasta la parada de la guagua, ya eran sobre las cinco de la tarde. En la parada nos encontramos con dos Marías y un pibe, que también venía de caminar, con una fantástica mochila. Mercy y yo enseguida reparamos en ella, que envidia me entró en ese momento, pero una envidia sana, pero bueno ya algún día tendré una parecida. Al subir a la guagua, como siempre la jauría se fue al final y a sentarse, nos pasó un caso de psiquiatra: Va Merci y me dice que si ya dejaban subir animales a la guagua, porque en el primer asiento de la misma, iba un perro sentado con su dueña al lado. Pensé para mí: “A esta piba le dio una insolación” ¡cada vez está más loca!, Pues resultó que el perro, o mejor el hocico del perro que ella veía, no era otra cosa que la traba de color negra en la cabeza de una señora, rubia natural de agua manzanilla, un poco despelujada y que iba sentada al lado de su amiga. ¡Ay, Dios mío! ¡Lo que llega a hacer el hambre... o la vejez!
    Y con esto termina nuestro itinerario, relajaditos y nada cansados, para ir dentro de seis horas a trabajar en la maldita nocturna. Como anécdota debo decir, que el día de hoy se despertó un poco con llovizna y, por el color y la cantidad de nubes que había, amenazaba lluvia, cosa que menos mal no ocurrió. Pues lo curioso del caso, es que ya saliendo por la puerta de casa para irnos, alguien ya grandito de esta familia sugirió llevarnos un paraguas, por si acaso... ¡Qué cuadro! En un monte con mochilas y un paraguas, no sé porque pero creo que alguien tiene en su mente el complejo de Mary Poppins.

Domingo 19 de Enero de 2003

Iluminación navideña en Santa Cruz deTfe

Plaza del Príncipe             Plaza del Chicharro c/ Bethencourt Alfonso (San José) Lotería El Chicharro en c/ San José       c/ Villalba H...