viernes, 15 de agosto de 2003

21 Las Mercedes - Cruz de Taborno - Homician

“Allí donde fueres, has lo que vieres”

    Hoy15 de agosto el día grande para nuestra querida “La Morenita”, donde muchos peregrinos (pero de los de verdad) como cada año, renuevan sus promesas. Por nuestra parte, si que entendemos ese sentimiento pero lo reflejamos otro día cualquiera del año. Me siento un poco egoísta y me gusta tenerla para mí solo de tal manera que se establece un diálogo entre ella y yo sin apenas mover los labios, nos entendemos, cosa que no ocurriría un día como el de hoy con tanta gente. Bueno pues como el año pasado, mucha gente para Candelaria y nosotros huyendo de las multitudes, hacia el lado opuesto. Hoy he preparado un recorrido un poco más largo para tener algún aliciente nuevo, puesto que vamos a pasar por zonas que ya conocemos, con algunos tramos nuevos, sobre todo hacia el final.
    Salimos de casa a las... ¡Ay! ¿A que hora salimos de casa Basilín?... Pues no me acuerdo, pero de lo que sí estoy seguro es que salimos de casa. Una vez en la autopista, cogimos nuestra querida perrera y para La Laguna (nada nuevo en su interior, la misma fauna de siempre) Llegamos a eso de las ocho y cinco, la estación como tantas otras veces tenía su ambiente, pero la guagua hacia Las Mercedes hacía cinco minutos que había salido, así que tuvimos que esperar hasta la media para coger la siguiente. En la estación vimos que todos los bancos de madera estaban ocupados, menos uno en medio de todos, estaba libre. Me pareció algo raro y me pregunté ¿Por qué estaría así? Ya que había gente por los alrededores que estaban de pie, pero ¡Qué puñetas! ¡Al abordaje, a sentarnos! Pues ocurrió que al rato, frente a nosotros, una guagua que estaba parada, se puso en marcha hacia atrás para hacer su ruta y al marcharse y quedar el espacio vacío fue cuando supimos enseguida la respuesta a la pregunta de ¿Por qué estaba vacío? De repente sentimos de lleno en toda la cara, un tortazo de una mano invisible y con muy mala leche. Estos eran los rayos de un sol que se notaba algo enfadado y que a juzgar por su intensidad, se preveía que estaría así todo el día y es que la guagua nos hacía de toldo y nos tapaba el sol. Fue bastante molesto. Pero aun así, nos quedamos allí aunque muy pronto comenzaron a haber bajas. Primero Merci y luego Loe que no pudieron soportar el calor, solo quedaron en la nave, el capitán y su grumete, combatiendo con una simple gorra contra tan hostil enemigo, hasta que a las ocho y media, vimos que llegaba el chófer y rápidos saltamos al abordaje de la nueva “Cirila”, ¡Venga que nos vamos! Ya en ruta, como otras veces viaje rápido para batir un jarabe, nos bajamos en la última parada, una vez pasado Casa Domingo. Lo primero que hicimos fue abrir nuestros pulmones para respirar aire puro y limpio, el auténtico olor a monte, aunque Loe y Ari decían que era olor a mierda... Pues pensándolo bien... ¡Fos, qué peste!
    Con todo preparado comenzamos a subir por la carretera, rumbo a La Cruz del Carmen, hasta llegar al principio del ya conocido sendero que nos llevaría al Llano de los Viejos, pero nos encontramos que éste estaba en obras con su correspondiente cartel de prohibido el paso. Todo era porque estaban colocando una tubería ancha en una gran zanja abierta sobre el mismo sendero, para sustituir el viejo tubo que iba por la superficie. La verdad es que acostumbrado ya a ir por los caminos, no me apetecía nada seguir la carretera, así que, no haciendo caso a los improperios de las chicas, me metí por el herido sendero, bastante en mal estado. Con cuidado se podía pasar incluso por los destartalados puentes de madera, que parecían que estaban agarrados con hilos. Por fin llegamos al Llano de los Viejos y sin parar porque todo estaba en obras, seguimos subiendo por el sendero rumbo ahora hacia el Llano de los Loros. Salvo al principio, este sendero no estaba en obras. Cruzamos la carretera y seguimos subiendo por el sendero. Mini parada obligatoria al llegar al Llano de Los Loros para admirar el barranco y la charca de Taodio y sobre todo el estupendo monte Aguirre. Regresamos al sendero y ahora ya directo hacia la Cruz del Carmen. Esta vez el camino aparecía muy seco, con un ambiente asfixiante por el calor y no con la característica humedad de otras veces. A nuestro primer destino llegamos a eso de las diez menos veinte y por supuesto, parada ya obligatoria para dar buena cuenta de nuestras viandas y descansar un poco. Hoy si que se podía apreciar una bonita panorámica.
    Estando en la placita me llamó la atención un flamante ejemplar de palmera canaria que en lo alto desde su copa colgaba en cascada, los frondes de un helecho inquilino como invitando a sus vecinas las hojas de la palma. También me sedujo el viñátigo y un naranjo... ¡A ver si poco a poco comienzo a diferencias los ejemplares de la laurisilva!
    Sobre las diez nos pusimos en marcha pasando por detrás de la ermita y después de presentar los respetos a La Santa de piedra, muy engalanada con flores, seguimos un nuevo sendero para nosotros que parte o sale justo de detrás de la imagen y que en poco minutos desemboca en la carretera hacia El Bailadero. Hoy hacía un sol castigador, con un calor sofocante, preludio de lo que nos esperaba, menos mal que la mayoría del trayecto va por pista cubierta de laurisilva. Dejamos la carretera que va hacia el Bailadero y seguimos hacia Pico del Ingles y sin llegar a él, justo antes de una pista sin salida, sube por la roca un sendero que parece un canal hacia Cruz de Taborno, la parte más alta de toda esta zona y nuestro nuevo punto de destino, así que de cabeza por él. Este es un sendero muy cerrado por la vegetación, sobre todo brezo, tejo y las traicioneras zarzas, actualmente un poco seco pero que en invierno tiene que ser muy húmedo. Llegamos a una alambrada perteneciente a una finca acotada por Aena, donde muy pronto colocaran el radar para la seguridad del tráfico aéreo, aquí en la Cruz de Taborno... ¡Sin comentarios! Seguimos por la derecha de esta alambrada y en unos minutos desembocamos en el antiguo camino de Taborno, hoy atravesado por la carretera al Bailadero, éste es algo más ancho y más cómodo donde ya comienzas a bajar. En todo el trayecto no nos hemos tropezado con nadie, solo nos acompaña nuestro viejo y sabio amigo, el silencio. Este camino se nota que últimamente es poco transitado, hay troncos caídos sobre el mismo que te impiden el paso, también en algunos lugares el sendero es invadido por: grandes helechos, píjaras, tejos cubiertos de musgo y líquenes que caídos sobre las ramas le dan un aspecto fantasmagórico, en cierta forma este lugar me recuerda mucho al camino del Pijaral.
    Después de un descenso de unos diez minutos, salimos al mismo cruce de la carretera al Bailadero, con la que va a Las Carboneras, justo en un intercambiador de agua. Pues por la carretera a Las Carboneras nos metimos y seguimos bajando. En algunos puntos donde había algunos claros en la vegetación, se podía divisar el caserío de Taborno y su impresionante roque ¡Pronto te iremos a visitar! Llegamos al cruce con la pista de Las Hiedras y por aquí nos metimos. Esta será la primera vez que vamos a recorrer esta pista completamente hasta su final. Ya por esta parte comenzamos a encontrarnos con gente, sobre todo mayores. En poco tiempo nos sale al paso por la izquierda, el sendero que viene de la Cruz del Carmen, y me fijé que pasando la carretera frente al sendero y un poco oculto, parte una veredita ancha hacia El Batan. Un poco más adelante sale otro ya mucho mejor preparado y señalizado que viene desde la casa forestal y te lleva al Batan también. En algunos puntos del camino nos sorprendió ver Hortensias, mas conocida como "Flor de Mundo", en su apogeo y me pregunto como llegarían aquí, pues a mi entender y según el dicho, "las encuentro ya meando fuera del tiesto”. Creo que éste no es su lugar, porque cada cosa en su sitio y Dios en la de todos.
    Por todo el camino fuimos acompañados por varias mariposas de color amarillo vistoso y siempre en parejas que en varios tramos se iban pasando el testigo como si de una carrera de relevos se tratara. Estas nos iban amenizando y deleitando el camino con unos pasos elegantes de ballet, para terminar en una danza frenética de dos enamorados prometiéndose amor eterno, otros parecía el duelo apasionado de dos caballeros con sus espadas. Valía la pena parar un instante y quedarte embobado mirando tan peculiar espectáculo. El calor ya era bastante bochornoso te hacía beber bastante agua, pero había que racionarla porque aún nos quedaba bastante camino. Al terminar la pista, llegamos a la carretera que va al Batan uy como otras veces fuimos hacia la izquierda hasta llegar a Las Cuadras de Don Benito, y por ellas nos metimos, dejando siempre el grupo de pinos insignes a nuestra derecha. Al rato ya bajando por una loma después de toparnos y seguir en paralelo con la pista de El Moquinal, que enseguida nos abandona. Dos minutos o tres más tarde, la volvemos a encontrar en El Juntadero y ahora por ella seguimos de frente, hasta que llegamos al desvío de Punta Hidalgo, por donde nos metimos y aquí comienza el tramo nuevo y desconocido para nosotros. Buen sendero para fortalecer las patas, pues en fuertes bajadas en zigzag, te lleva desde el monte de laurisilva a zonas despejadas con algunos manchones de eucaliptos y tejos. En uno de estos lugares, a un lado del camino y a la sombra, hicimos la parada de rigor para ponernos viscos con el resto del entullo y con un paisaje a lo lejos a través de ramas de eucaliptos, de las casas del Peladero y Bejía.
    Después del merecido descanso de unos treinta minutos, seguimos nuestra ruta bajando, hasta que en el cauce del barranquillo de La Majada. Ya con bastantes zonas despejadas de vegetación y con un sol que ya nos empezaba a castigar de duro, comenzamos a subir por la otra ladera. Al poco rato nos sale al paso un senderito que, de haberlo seguido, te hubiera elevado al Lomo de Siete Fuentes. En el punto donde estábamos, pudimos divisar sobre nosotros, dos jóvenes dragos gemelos en una era. Continuamos por nuestro sendero subiendo y bajando por un descampado y no es buen lugar para pararte por el asfixiante calor que estamos padeciendo. Poco más tarde llegamos a la Gollada de Agudo, lugar que nos hizo recordar mucho al Paisaje Lunar. Luego saliendo de nuestro sendero hacia la izquierda, siguiendo una estrecha vereda entre dos paredes, te lleva enseguida al encajonado Barranco de Flandes. ¡Impresionante! Seguimos nuestro camino por la otra ladera hacia una pequeña degollada antes de Lomo el Morro, donde hicimos una pequeña parada para un buchito de agua, aunque ya ase están mermando las existencias. Fijándote bien, en este punto puedes apreciar lo diminuto e insignificante que uno es, ante la inmensidad del paraje que tenemos ahora mismo delante, frente a nosotros. Todo un basto arco forestal, que con los brazos en cruz abarca desde el extremo izquierdo de mi mano con El Peladero y Bejía, de frente a la altura de la cabeza Las Cuadras de Don Benito, y por el extremo derecho de mi mano, las crestas del Juntadero y Siete Fuentes, marcados y separados por barranquillos que confluyen en una artería principal, Barranco Seco, allá abajo en tremenda fuga bajo mis pies, que hace que por muy agotadora que haya sido la caminata, se te olvida todo el sufrimiento ante tan magnifico paisaje. Hacemos correr el telón girando sobre nuestros pies, dándole la espalda diciendo con el alma, no un adiós sino un hasta pronto y nos marchamos bajando en silencio por la vereda que un cartel señalaba a Punta Hidalgo.
    Desde el principio del camino del Homician, en el Juntadero hasta aquí, vimos varios letreros de madera tirados en el suelo que en sentido contrario al nuestro te indicaba “Las Cuadras”. No sé cuál sería el motivo de que estuvieran tirados
    Continuamos por unos manchones de fayal brezal con un camino algo duro que en zigzag sobre unos escalones naturales y muchas piedras sueltas, te van guiando hacia el cauce del barranquillo. Desde las mismas profundidades de éste se podían oír algunas voces que a coro decían: “A a a r i i i”, “Lo o o r e e e n a a a”. Las chicas me preguntaron que ¿Qué era eso? Y en ese mismo instante se volvía a oír en el eco del barranco una respuesta: “T u u u s H e e e r m a a a n a a a s”. Nada que resultó ser un grupo de revoltosas cabras descarriadas balando sobre un morro, donde una de ellas se encontraba como castigada, en un cuarto derruido y sin techo, ¿Qué habrás hecho jocicuda? Desde lo alto de la montaña donde nos encontrábamos vimos justo debajo de nosotros, un sendero muy cerca de donde estaban las cabras, en el que divisamos un grupito de excursionistas, el único que vimos por esta zona, probablemente foráneos que luego se perdieron de vista por un lateral de la montaña siguiente. Continuamos bajando hasta el cauce del barranquillo, pasando muy cerca del cuarto con la cabra solitaria dentro ¡Hasta luego suegra! Mientras en un morrito estaban las otras balando que parecían hacerle morisquetas.
    Seguimos por el sendero junto a una alambrada que delimitaba una pequeña finca y hacia lo alto vimos unas cuevas con formas algo extrañas. Volvemos a subir por donde anteriormente vimos a los extranjeros. Ya solo no quedaba menos de un cuarto de la botella de agua, así que aconsejé que guardaran algo para el final, pero el calor era asfixiante. Al llegar a la cresta de este morro, nos dimos cuanta de que era el último tramo, pues desde aquí ya pudimos divisar las primeras casas de Homician y abajo en la costa el hotel Altagay y los Charcos de San Mateo, ya comenzamos a bajar por una pista cementada. Unos pasos más abajo, sobre nuestra derecha se asomaban por una degollada, nuestros ya conocidos Dos Hermanos. La pista asfaltada cada vez se iba haciendo más pendiente y mucho más dura y difícil de andar, hasta tal punto que en algunos tramos tienes que bajar de lado o hacia atrás despacio, porque te puedes ir de boca. Aquí ya se nos fueron al suelo las fuerzas y los ánimos, es una dura y difícil prueba para nuestros pies. Las chicas no podían disimular el cansancio de los pies, el sofoco por el intenso calor o el dolor de unas caderas desencajadas que en algunas provocaron ciertas protestas, por lo largo de la excursión y en otras alguna lagrimilla.
    El camino del Homician, ahora ya convertido en calle, pasa entre las casas del barrio en una pendiente en línea recta hasta la carretera general, frente a la iglesia donde también está la parada de guaguas y es el final de nuestro recorrido de hoy que fue a eso de las tres y cuarto. En la parada hacía un sol sofocante, sin embargo en la acera de enfrente, pasada la carretera hay un poyo con plantas cuyo borde es un murito, donde había sombrita rica y en el muro sentado un viejillo que nos miraba y se sonreía viéndonos colorados como tomates. Hay un sabio dicho que dice: “Allí donde fueres, has lo que vieres”. Pues eso hice y cuanta razón tiene. Sentado en el poyo corría una brisita algo agradable que mitigaba un poco el calor. Luego me reí porque extranjero que llegaba a la parada miraba a la misma y luego echaba un vistazo al poyo y al final la elección era indiscutible, cruzaban la carretera y al poyo. Y el viejillo a todas estas me miraba y se sonreía. Más sabe el diablo por viejo que por diablo.
    En este divertido rato, las chicas tenían sed, pues solo quedaba en cada una de las botellas un simple buchito y medio de agua y además estaba caliente. De suerte que junto a la placita hay un bar restaurante y hacia él se dirigió Loe con la esperanza de comprar alguna botella de agua. Entre tanto en la parada estaba Merci, Ari, y una chica que llegaba en ese momento y que acababa de salir de su trabajo, según dijo. Y yo cual esquirol, en la acera de enfrente en el poyo y de ahí no me movía nadie. Al ratito sale Loe del Bar con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja y con dos trofeos en sus manos, ganados por el merecido esfuerzo de ir a buscarlos: dos botellas de agua helada, cuyo líquido bajo por nuestros gaznates a buches pero despacio que iba rasgando a su paso como una cruel daga, el conducto del esófago y la respuesta inmediata a ese desgarro fue un dolorcillo de cabeza que avisa que algo anormal ocurre. Pero divino dolor que se convierte en sublime placer a cada buche para aplacar la sed y regular el termostato de nuestro cuerpo. Ocurrió que disfrutando bebiendo la agüita, la chiquita de la parada viéndonos con cierta lujuria, le entró un poco de envidia sana que no pudo reprimir el deseo de pedirnos un poco y por supuesto ahí fue nuestro ofrecimiento de compartir el líquido elemento. Pues ahí no quedó la cosa, porque para morirte del gusto, a las tres y media (más bien pasadas) aparece la guagua, todos los del murito cruzando rápido para cogerla. Al entrar en la misma, nos llegó un tonificante y gélido abrazo que nos hizo entrar enseguida en el iglú. La suerte fue que nos había tocada una guagua con aire acondicionado ¡Ole, ole y ole mi perrera! Se estaba tan bien, porque el aire salía de un canalillo justo encima de la cabeza que provocó que varias veces nos diéramos cabezazos contra el cristal porque, de la modorra que nos entró, nos estábamos dejando dormir.
    Como siempre fue un buen día, algo duro pero con un final muy agradable.

Viernes, 15 de agosto de 2.003

viernes, 25 de julio de 2003

20 Segunda escapada al Rincón


¡Cada vez más viejo, más ciego y más chocho!


    Hoy se celebra la festividad de Santiago, por tal motivo, las chicas se han ido a pasar un largo fin de semana con sus abuelos. Así que como dos jóvenes maduritos nos encontramos con nuestra soledad, pero con una finalidad la de no aburrirnos en estos tres días. De primer plato, queríamos ir a darnos un buen chapuzón en algunas de las playas de nuestro limitado litoral capitalino, pero ha sido imposible pues lo mismo que nosotros pensamos, otros también lo hicieron, de tal manera que estaban las playas concurridas, incluso, hubo retenciones de tráfico para entrar en San Andrés, así que media vuelta y para casa que un buen sustituto es una ducha.
    Después de una buena comida y su correspondiente siesta, costumbre muy sana pero para mí muy peligrosa. Decidimos hacer una caminata por esos mundos de Dios y para ir cerrando los anillos abiertos de excursiones anteriores que no se realizaron por completo, elegimos darnos una vuelta por la zona de El Rincón, en la Orotava, que nos faltaba por conocer. Este magnífico y emblemático enclave, como las caras de una moneda, se hace desear de dos maneras muy distintas: por un lado con codicia por una banda de buitres carroñeros de la especulación inmobiliaria, que solo ven la rentabilidad de la zona. Y por el otro de una manera romántica con pasión filial, para que permanezca así igual que como la conocieron nuestros abuelos y de esta forma disfrutarlas todos y no sólo para uso y disfrute de unos pocos. Decidida la visita a este carismático lugar, solo nos queda preparar la mochilita de paseo con; agua y algunas viandas, ropa cómoda, buen calzado y como dice el dicho... “p’alante, porque p’atrás ni p’a coger resuello”. Directo a la estación de guaguas.
    El itinerario comienza en la urbanización Vista Paraíso de Santa Úrsula, que se encuentra por la autopista, una vez pasado el desvío de la Quinta, en el que va a la Orotava por la Cuesta de la Villa. A eso de las seis de la tarde, estábamos en la estación y al no haber parada de guaguas en el principio de nuestra expedición, tuvimos que optar por la guagua que va por la carretera general del norte. Pues menuda una hazaña porque ésta se detiene en casi todas las paradas que existan en el trayecto. Tardamos aproximadamente media hora en llegar a La Laguna, por culpa de otra compañera suya que subía muy despacio y otra media hora en legar a la Cuesta La Villa, total una hora en todo el recorrido, esto me hizo recordar las diligencias de caballos de las películas de viejo Oeste. Luego analizando un poco la guagua creemos que ésta tenía medio cuerpo paralizado, porque subiendo hacia La Laguna por el lado izquierdo te daba un intenso sol que sus rayos se colaban por la ventana, dándote de lleno unos cachetones que no se podían atajar con ninguna cortinilla – parasol porque no había, como suelen tener las guaguas modernas. También el calor era asfixiante y tampoco funcionaba el aire acondicionado. Al llegar a la parada del Hospital, nos mudamos hacia el lado derecho y aquí cambió la cosa completamente, era el paraíso. En esta misma parada, se incorporó a este peculiar viaje turístico, no se si era La Masa o un armario ropero de seis puertas y su altillo, unos sensuales labios encarnados pidiendo guerra, su peluca y unas gafas de camuflaje, estilo “me mato porque no veo un carajo”. Se sentó detrás de nosotros, ocupando dos asientos porque no podía ser de otra manera, es decir; ella en el centro haciendo de mástil y una nalga en cada asiento, iba tan encajada que ni en las curvas se movía. Si se le llega a escapar un peo, no la contamos.
    A eso de las siete de la tarde llegamos a nuestro destino, la parada de la Cuesta de la Villa. Comenzamos a bajar por la carretera haca la autopista, cruzamos el puente que por ciento el acceso peatonal es muy deficiente y a nuestra izquierda nos metimos en la urbanización Vista Paraíso. Luego bajamos por unas escaleras que te van llevando al fantástico café – mirador, y continuamos por la calle. En unos minutos divisamos el letrerito que te señala las escaleras que te llevan al principio (o al final según se mira) de nuestro itinerario de hoy, el antiguo Camino de Las Compras. Este camino es un sendero quebrado en zigzag que te salva una fuerte pendiente, no es malo de andar pero hay que tener cuidado porque casi a unos cinco minutos del final, hay un tramo un poco irregular que baja en pendiente, una especie de barranquillo algo resbaladizo, con mucha piedrita suelta. Tienes que bajar despacio pisando con cuidado y agarrándote donde puedas, de las rocas laterales de una especie de pasillo. Pues aquí parece que Merci quería practicar esquí porque en una de éstas, perdió el equilibrio al pisar piedras sueltas por detrás de mí, que se vino al suelo y se pegó tal lomazo (como decíamos cuando chicos) que aunque no se hizo daño se quedó con dolorcillos por el golpe.
    En unos veinte minutos haces todo el sendero y el final de éste lo marca una casa con perros sueltos pero que está cercada por una verja y que hace esquina con una pista cementada cerrada por una cadena. Pues unos metros antes de llegar al final del sendero, Merci divisó un perro suelto, que a la vista de éste y con los ladridos de los que estaban en la casa, se puso un poco nerviosa que casi me hace volver atrás, a subir todo el camino de Las Compras. Pero menos mal que se tranquilizó y resultó que el perro era mansito, tenía collar y llegando al cruce, vimos a sus dueños con un coche parado junto a la cadena.
    Una vez en la pista, la atravesamos y seguimos bajando en la dirección que traíamos por un sendero que en pocos minutos desemboca en otro. Este viene por todo lo alto del acantilado desde el Bollullo recorriendo la costa, pero es peligroso y puede causar sensación de vértigo. Esta zona es un lugar que ha sido considerado como el paisaje protegido Costa de Acentejo, y espero que siga siendo así, que no vengan especuladores a llevarse el único espacio que queda sin adulterar, dentro del ya esquilmado gran pastel que representa la Mancomunidad del Valle. Nos encontramos en el acantilado de la playa de Martín Alonso, más conocida como la de Los Patos y desde aquí se puede divisar arte de esta bellísima playa y también la del Pozo.
    Volvimos por el mismo sendero y de nuevo en la pista cogimos a nuestra izquierda por la misma pasando por bancales abandonados y encontrándonos con gente que iban y venían. Un caso gracioso aquí, fue que vimos de lejos viniendo por un senderito de la costa atravesando estos desolados bancales, a dos tipos con dos grandes varas de madera. Merci me pregunto por aquello, a lo que respondí inseguro que probablemente eran pértigas para practicar el salto del pastor, aunque pensé que eso en este lugar no tenía ningún sentido. Luego cuando ya estuvieron cerca de nosotros vimos que eran cañas de pescar, ¡menudo un chasco!... ¡Ay mi niña, la vejez no perdona! Cada vez más ciego y más chocho.
    Seguimos nuestro camino y llegamos a una curva cerrada hacia la izquierda y desde donde comienza una veredilla a nuestra derecha que en unos metros te lleva a un mini mirador sobre la playa del Ancón. Pues al comienzo de este sendero Merci no veía el final del mismo, que es un mini mirador con un murito de piedras, sino que pensó que seguía por el otro lado del acantilado en estrecha y peligrosa vereda. Así que antes de empezar a caminar comenzó a ponerse muy nerviosa, creyendo que íbamos a pasar por un precipicio. No quería seguir con migo ni tampoco quería que fuera solo y eso que la veredita hasta el murito era solo unos cinco metros escasos, pero el pánico que le entró le puso una venda en los ojos, que no le dejaba ver el murito del mirador. Traté de persuadirla para que comprobara que no era peligroso y que solo era llegar hasta el murito, pues a regañadientes aceptó (es el clásico te creo y confío en ti, pero no voy). Pero aquí no acaba la cosa, Yo iba delante y por supuesto, mi querida costilla detrás, pues no había dado sino dos pasos cuando de improviso pegó un chillido histérico que del susto, en un tembleque se me pusieron los calzoncillos en los tobillos Me giré para ver lo que pasaba y viéndole la cara un poco desencajada, casi me hace desistir de ir a este lugar. Pues resultó que de un lateral de la veredita junto a Merci, de repente salió volando algún pájaro o algún bicho que por lo visto la rozó y de la impresión y el miedo que de por sí acarreaba en el cuerpo, la puso en órbita y a mí... me mandó al espacio. Menos mal que dándose cuenta de la tontería del hecho, comenzó a reírse de sí misma y ya se tranquilizó. Por fin pude llegar al mini mirador. Desde donde se divisa la bonita playa del Ancón y donde vimos a varios grupos de jóvenes que se disponían a pasar el largo puente de Santiago en casetas. ¡Bien por ellos!
    Regresamos a la pista principal, riéndonos de nosotros mismos recordando el percance y seguimos bajando hasta que llegamos a un gran árbol, luego a nuestra izquierda unas ruinosas edificaciones donde pudimos distinguir unos antiguos abrevaderos de animales y a nuestra derecha el portón de entrada de la Finca el Ancón. Entramos en esta finca atravesando el portón principal y siguiendo el camino, llegamos al portón de entrada de la vivienda y frente a éste, dentro del recinto, la ermita de Santa Ana que estaba cerrada y el acceso al recinto al ser particular también estaba cerrado. Este lugar se veía limpio y bien cuidado y con unas bonitas vistas de la costa, y del Valle hasta el Puerto. Desde aquí sigue bajando el camino hacia otro portón y que continúa ya en una vereda algo peligrosa rodeado el recinto por la costa, y que te lleva hasta la playa. Pero nosotros no bajamos. Regresamos a la pista, saliendo de la finca pasando junto al árbol hasta llegar al final de nuestro itinerario en la esquina de la finca, desde donde se veía una perspectiva distinta de la playa del Ancón. Aquí vimos subir a unos pibes con tablas de surf hacia donde estábamos nosotros. Emprendimos el camino de regreso y justo en la esquina opuesta de la finca donde la pista hace una curva cerrada, vimos que por un senderito que arranca de aquí mismo subían los pibes, en vez de seguir la pista cogimos por aquí. Pues resultó ser la veredita por donde anteriormente habíamos visto subir a los de las pértigas y que corta un tramo del camino. Luego llegamos otra vez a la pista principal y en poco tiempo al cruce con el camino de Las Compras.
    Una vez aquí, en vez de bajar para continuar por el sendero de la costa, sobre el acantilado, para un poco evitar el vértigo de Merci, seguimos por la pista una vez pasada la cadena y entre fincas de plataneras atravesamos toda la fantástica zona del Rincón, dejando detrás, el camino que baja hacia la playa del Bollullo. Seguimos por la pista, ahora un poco estrecha donde a veces teníamos que pasar y arrimarnos a un lado para que pasaran los coches que circulan por esta zona, hasta que llegamos a un extremo del barranco de San Juan, justo llegando a una esquina de la pista, donde hay una casa particular y un banco. Desde aquí parte un sendero que baja hacia el cauce del barranco y vuelve a subir en escaleras por la ladera opuesta.
    La pista continua paseándote por toda La Vegueta. Poco después nos encontramos con el camino que te lleva a la Casa del Barco, pero no entramos seguimos nuestro itinerario, atravesamos el túnel que igual que una puerta te da paso a la mal llamada civilización. En un abrir y cerrar de ojos estábamos bajando las escaleras del hotel Semíramis, para seguir paseando por el bonito paseo costero de la urbanización La Paz, con la única pena de no poder admirar uno de esos bellísimos atardeceres que esta zona normalmente te regala, pero fue imposible, culpa de un mar de nubes. Después de dar un saludo a San Amaro, llegamos a la carretera del Botánico y de aquí a la paradita para coger la guagüita que directos a casita.

Viernes, 25 de julio de 2.003

domingo, 6 de julio de 2003

19 De La Esperanza a Las Lagunetas

 

“…. como dos viejitos enamorados”

    Ya hace un tiempo que por una razón u otra, no podíamos salir de marcha pero ayer sábado, nos fuimos los dos viejitos (según las chicas) a dar una vuelta por los Silos y aproveché para ver los itinerarios de un par de senderos interesantes. Luego subimos al municipio de El Tanque por su famosa carretera de curvas para salvar la altura del acantilado de La Culata. Bueno pues subiendo por la misma, vimos que ésta era cortada en varios tramos por un sendero muy bien acondicionado y que en algunos puntos tenía sus miradores, con barandas de troncos sobre los que se apreciaban unas interesantes vistas de la isla baja. Ya en El Tanque nos dirigimos por la izquierda hacia el restaurante – mirador con su impresionante vista de Garachico. Después bajamos por los barrios de Genovés y Las Canales (famoso por los hachitos, en la víspera de San Juan) hasta llegar a Icod de los Vinos y de aquí para casa.
    Hoy Merci y yo estamos solos con nuestro Trufo porque nuestra descendencia se ha ido a pasar unos días con el tío Toñi y sus adjuntos, ya que la abuela se había ido a pasar unos días al Hierro. Así que la casa está vacía y sorda. Me estoy viendo pasar un domingo más, encerrado cual lánguido pájaro, atiborrado de televisión a la espera de la caída de la hoja, pero tengo el alma de capirote que necesita la libertad de su entorno para sentirse alegre y feliz, así que hay que buscar una solución. Una de estas tardes pasadas, ordenando viejos recortes de periódicos sobre excursiones, mi vista se clavó en uno de los artículos que de una manera vaga y efímera, me hizo recordar con el color sepia de una vieja fotografía, unas imágenes de una caminata que de niño realice, y me hizo ilusión volver a rememorar aquellos pasos.
    Así que dicho y hecho, hoy es el día indicado para hacerlo. Con todo preparado, cogimos al Trufo y al coche. Después compramos nuestro panito, y a eso de las nueve estábamos en la autopista. En unos veinte minutos nos encontramos aparcando en una fuerte pendiente a la derecha de la plaza del antiguo ayuntamiento de La Esperanza. Mochila en ristre nos pusimos en camino y nos dirigimos a la placita donde comienza el bosque, lugar muy conocido por mí ya que hace bastante tiempo, muchos domingos hemos echado el día aquí la familia. En esta placita estaban montando un templete pues muy pronto serán las fiestas y la romería del lugar.
    Subimos las escalinatas para encontrarnos en el principio del Bosque del Adelantado, listos para comenzar nuestro recorrido. Aquí me di cuenta que no está como antaño, ha habido algunas obras para mejorar el entorno. Comenzamos a andar por el sendero, adentrándonos en el bosque y después de pasar el barranquillo a través de dos puentes, desembocamos en la curva de una pista asfaltado que contorna el bosque por ambos lados. Seguimos de frente por el sendero que enseguida gira hacia la izquierda pasando junto a dos casas en ruinas y que viene a desembocar en la calle Grano de Oro. Esta calle es una buena pendiente y mejor se va a poner. Buen ejercicio para empezar a calentar los músculos.
    A medida que vamos subiendo, nos vamos quedando embobados admirando los frondosos poyos de flores de las fantásticas casas y los frescos patios, cubiertos con parrales con su mesa y sus sillas, para el descanso y con unas vista de toda el área metropolitana. Que agradable tiene que ser vivir aquí, sentados en uno de estos patios o simplemente asomado a una de las ventanas de las casas, cara hacia la bahía, y justo antes de que empiece a amanecer, acomodarte deleitando ese primer café, viendo a lo lejos las mortecinas luces de la ciudad y en el cielo, al vigilante lucero de la mañana que, como cada día se despide de nosotros con un buenas noches, en contrapunto con la tenue y sutil paleta de colores que va dibujando nuestro rezagado astro cada día, para señalar el sendero por donde enseguida asomará su rostro, nuevo y radiante, dándonos los buenos días. ¡Qué momento más apasionante!.
    Bueno dejemos de seguir delirando y continuemos con nuestra ruta de hoy. Pasamos junto a la casa de Artemio ¡Adiós Adela! Y un poco más arriba donde se suaviza la pendiente, llegamos a una glorieta con una encrucijada de caminos, Las Cabezadas. Continuamos de frente subiendo por una pista algo pendiente, pero no tan fuerte como la anterior y muy agradable. Para aliviarnos un poco de la fatiga del esfuerzo, nuestro amigo y aliado Eolo, comenzó a soplar hacia nuestras caras, una fresca brisa mañanera con aromas de eucalipto mezclado con brezo y codeso, que nos hizo más llevadera la subida. La pista enseguida se suaviza y después de terminar el asfalto nos encontramos con el principio de una pista de tierra y una casa situada a la izquierda con un rotulo que decía: Camino el Madroño – Las Goteras. Saludito al perro que muy alegre nos da la bienvenida o… ¿Quizás nos invita a que sigamos de largo? No sé, así que ¡Hasta luego Lucas!
    Al poco tiempo oímos un ruido de un motor, era un furgoncito que llevaba a tres lugareños que, por el aspecto y por los aperos que llevaban, iban a pasar un domingo de manera muy distinta a la nuestra, saludito y a seguir andando el caminito. Por el recorrido, a medida que vamos subiendo, nos vamos encontrando varias veredas a derecha e izquierda, hasta que llegamos a otra encrucijada de caminos donde aparecen varios letreros; T.M. El Rosario, T.M. Tacoronte, de frente Pista el Rayo... Enseguida nos vino a la memoria otra excursión que hicimos de novato y la más larga que hemos realizado hasta ahora. En este punto cogidos una pista que sale a nuestra izquierda y que sube paralelo a la alambrada de la finca del Cabildo. Un poco más adelante nos encontramos a nuestra izquierda una pista asfaltada que mirando su recorrido, te lleva a un lomo donde hay varias antenas. Pero nosotros seguimos recto subiendo. Poco después se acaba la alambrada y un poco más adelante llegamos a un cruce en forma de T, tomamos hacia la derecha y seguimos subiendo de manera moderada. Y aunque ya comienza a calentar el sol, vamos por zona algo cubierta por árboles y a nosotros nos sigue acompañando la fresca brisa que nos regaló nuestro amigo.
    Por todo el trayecto veníamos a modo de juego, tirando a los lejos un palito para que Trufo hiciera un poco de ejercicio, que buena falta le hace, pero llegó el momento en que se cansó de tan monótono juego, pues le lanzabas el reclamo y se quedaba mirándolo y luego se giraba mirándote fijamente que parecía que te decía “Oye, ¿por qué no vas a buscarlo tú? ¿Quién puede saber lo que puede pensar un perro?
    Después de un buen rato de camino ascendente, unas veces con paso ligero y otras como en las pendiente, con paso algo más lento pero con alegría admirando el paisaje de estos entornos naturales, llegamos al final de la pista con la unión de la carretera de La Esperanza al Portillo. La cruzamos y seguimos hacia la derecha por un sendero que enseguida va a dar a una pista de tierra. Pues justo entrando en el sendero, me encontré con una gran mata de algaritofe que estaba en flor, con su agradable y característico perfume algo dulzón, aunque Merci dice que apesta.
    Subiendo un poco por la pista de tierra enseguida se divide en dos:
- El ramal hacia la izquierda y después de pasar una valla, caminando unos cinco minutos te lleva al Pico de las Flores, lugar con una rotonda donde antiguamente se celebraban misas de campaña y donde aún quedan reminiscencias de un pasado castrense, pero que vale la pena desviarse un poco del camino y llegar hasta aquí para poder disfrutar de las atractivas vistas sobre La Laguna y Santa Cruz. Este sitio lo conocemos muy bien y buena cuenta hemos dado de las moras de zarza del lugar.
- El otro ramal de la pista, subiendo a la derecha entre pinos y algún que otro eucalipto, te lleva otra vez a la carretera después de andar más o menos un kilómetro
    A los cinco minutos de camino, se nos acerca por detrás un jeep con la cuadrilla de medio ambiente que una vez nos rebasó, después del correspondiente saludo matutino, nos regaló una nube de polvo, que aún tengo el sabor a tierra. Y creo que por el cristal trasero del jeep se podía divisar alguna que otra risita mal intencionada: ¡Gracias compañero por el obsequio!... ¡Hediondos! Ya llegando a la carretera vimos como el todoterreno se incorporaba a la misma y subiendo se alejaba. Una cosa que nos sorprendió bastante fue que por todo el camino íbamos encontrando a nuestro paso, el auténtico y genuino “pastel de monte”, acompañado de su inconfundible aroma que incluso donde no lo veías, se notaba que estaba presente y muy cerca, por lo impregnado que estaba el ambiente. Este pastel de monte lo podías encontrar en toda sus variedad: de vaca, de caballo, de perro; pero la variedad más frecuente era la humana. Esta última normalmente te la encuentras coronada con su flor de papel blanca, como si de una siempreviva se tratara y en lugares muy recónditos y sombríos. ¿Será para que no se marchite dicha flor?
    Cruzando la carretera seguimos una pista casi inapreciable que poco a poco iba subiendo hacia un lomo a la izquierda, y que va paralela a la carretera. En ciertos momentos, se veía la misma a unos cincuenta metros bajo nosotros, es decir, que pasabas por un pequeño desfiladero, tal es así, que vimos cortado un joven eucalipto que se atravesaba en nuestro paso y que en muy mala posición, apuntaba hacia el desfiladero, de suerte que estaba enganchado, pero que un simple golpe lo haría caer ladera abajo sobre la carretera, con el consiguiente peligro si en ese momento pasara algún vehículo. Pues pasando rapidito por debajo del arbolito, no vaya a ser que nos arrastre. En este mismo camino, un poco más arriba nos tropezamos con un parroquiano que con saco en mano parecía que recolectaba algún producto de los que nos brinda el monte, saludito y “tira p’arriba”
    Esta pista te lleva otra vez a la carretera, pero como no nos apetece pisar asfalto, seguimos campo a través hasta que en poco tiempo divisamos la casa forestal, señal de que ya habíamos alcanzado nuestro objetivo Las Lagunetas. Habíamos tardado justo unas dos horas en hacer el recorrido, pues eran las once y cuarto de la mañana. Hora de descansar y de dar buena cuenta a dos teleras de chorizo auténtico en las traseras de misma casa forestal. Subimos las escalinatas de la misma, dimos una vuelta por los alrededores como se dice en el campo, huroneando un poco, y me llamó la curiosidad de que las jardineras estaban secas o vacías, solo en una de ellas una pequeña planta de millo te mostraba esperezándose, como despertando de un sueñito, su color verde triunfante, siendo la reina de la terraza. Por otra parte frente a nosotros, pasando la carretera, teníamos un redil con los clásicos fogones que ya estaban siendo alimentados de madera por un par de madrugadores domingueros, y pienso que mejor que sea así, que se encuentren todos juntos en las zonas que el Cabildo ha habilitado para tal fin, así no nos encontramos a esas jaurías sueltas por los montes, con el consiguiente daño para la naturaleza, como dice el dicho: Vive y deja vivir. Hay que ver que con el paso de los años me he vuelvo más crítico y más huraño. Bueno pues siguiendo en el mismo lugar (en el redil) y siendo un poco alcahuete, metomentodo, mientras entablábamos un vis-a-vis con la telera, del redil nos ofrecieron un espectáculo gratis, un desfile de modelo de ropa urbana, es decir, paseando el palmito por la cuadra, un pibe pelado al huevo, con un pantalón al tobillo, una chaqueta y con gafas tipo mosca ciega... ¡Porfa, plis! ¡Fotos no!... ¡Patético!... ¡Ropa de ciudad en un monte! ¡Ay, Dios mío! Cada vez que veo mierda me dan ganas de...
    Bueno después del entretenido ratito, a eso de las doce nos pusimos en marcha y atravesando el llano de Las Lagunetas, seguimos nuestro camino hacia Fuente Fría, porque venir hasta aquí y no llegarse uno a Fuente Fría es como ir a Candelaria y no visitar la basílica, es decir casi un sacrilegio. Por el camino, en la finca de la casa rural de D. Benito, al que no tengo el gusto ni disgusto de conocer, nos vimos a un grupo de chiquillos disfrutando el día, montando a caballo y nosotros “P’adelante, tan campante como el del whisky”. Tenía pensado hacer el regreso por la pista El Fayal hasta las Raíces, luego Las Rosas y desde aquí hasta el centro del pueblo de La Esperanza, pero bajando hacía Fuente Fría, Merci se acordó de la pista El Rayo y propuso que si la encontrábamos donde esperábamos, podríamos hacerla, sobre todo porque nuestro lema es siempre en la medida de lo posible, no repetir senderos que ya hemos hecho, me pareció perfecto y seguimos.
    Bajando apareció el clásico guarro, que cree ser el dueño del monte, pues subía con un jeep, Suzuki a todo meter, levantando una polvacera exagerada. En ese momento nos acordamos de sus ancestros y de la cultura que pudo haber heredado de estos. Llegamos a Fuente Fría pero pasamos de largo, las pocas mesas que posee el lugar, estaban ocupadas y sus respectivos fogones. Aquí dentro de poco habrá que coger número como en los supermercados ¡Que aproveche! Un poco más abajo un forestal que subía solo en su jeep. Tubo que parar porque el Trufo nervioso al oír el ruido del motor y los gritos nuestros para que parara, no sabía en donde meterse, pero nada, agarramos al perro, un saludo y el por su lado y nosotros por el nuestro. Luego nos llevamos un buen susto, porque no esperábamos que por detrás de nosotros bajaran por la pista a todo meter dos o tres ciclistas, que cerca de nosotros pegaron un frenazo ruidoso que nos sobresaltó. Luego un poco más rezagada pero más cuidadosa una pivita que al pasar junto a nosotros saludó y siguió su camino.
    Siguiendo la pista de Fuente Fría, nos salen al paso varias pistas: por la derecha Cabeza de Toro y Salto del Naranjo (que más tarde descubrimos albo) y por la izquierda Pino el Carretón. Llegamos al cruce de caminos que, nos hizo gracia porque había varios letreros que indicaban los caminos a seguir, pero uno de ellos nos llamó la atención porque ponía Plaza de La Paz, pero ¿Dónde estaba la plaza? También vimos con alegría para nuestro cuerpo que la pista que iba de derecha a izquierda cortando a la que bajábamos, era la Pista el Rayo. Hacia la izquierda ya la conocíamos por una equivocación anterior, así que nos metimos hacia la derecha; ya no teníamos que regresar a Las Lagunetas para realizar el itinerario planeado. Enseguida vimos un cartel con T.M. Tacoronte, este tramo de pista desconocido para nosotros, transcurre casi en llano por lugares polvorientos y donde puedes ver volar a las rapaces de Canarias, con total libertad y elegancia que incluso hace que te quedes un buen rato ensimismado admirándolas. También te encuentras gran cantidad de Crestas de Gallo y la bellísima y coqueta Jara. Caminando por esta senda, también te encuentras con varias pistas que confluyen aquí como: Las Helecheras y el Salto del Naranjo, ésta ya sabemos que corta camino sin tener que llegar al cruce para acceder a Fuente Fría; Pista de la Herradura y otras veredas aledañas.
    Continuamos y ya nos encontramos con la valla de la finca del cabildo, aunque un cartel ponía Data de Coronado. Llegar hasta aquí significa que ya estábamos cerca del cruce que habíamos cogido por la mañana, la línea divisoria del T.M. Tacoronte y del T.M. el Rosario. Luego ya solo nos quedaba deshacer todo el resto del camino, hasta la plaza de La Esperanza y de aquí por la subidita hasta el coche, pero esta vez cogimos hacia la izquierda la pista que bordea el bosque del Adelantado y que luego lo atraviesa, pasando luego por delante del bodegón El Bosque y llegando muy rápido al coche. Justo el final fue a las dos de la tarde.
    Ya solo nos queda para completar el día llegar a casa, cambio rápido y bañito relajante en Acapulco. Fue un día completo y muy gratificante.

Domingo, 6 de julio de 2.003

viernes, 30 de mayo de 2003

18 Cabezo de Tejo

 

“Ve confiado amigo caminante que el alma de un senderista asegura tu camino”

    Hoy se conmemora el Día de Canarias y a mi entender creo que lo mejor para celebrar este día es introducirte de lleno en la historia, el folclore o en las costumbres populares, para poder comprender nuestras tradiciones, pero no solo hoy sino todos los días del año. Para mi una opción es caminar y sobre todo hacerlo recorriendo los antiguos senderos que conectaban a los dispersos caseríos de nuestra orografía, la cantidad de kilómetros que se andaban y lo difícil que era a veces atravesar los profundos barrancos. Hoy por unanimidad, dentro de varias opciones, hemos decidido hacer una buena y muy bonita caminata. El recorrido previsto parte desde el túnel de Taganana, pasando por El Bailadero, el Pijaral y la excursión de Cabezo de Tejo. Poco a poco vamos cerrando el anillo del parque forestal de Anaga, gracias a mi entrañable guía, que tantos días agradables me ha brindado, aunque aún falta mucho pero no importa, tenemos toda una vida.
    Nos levantamos a las seis menos cuarto y después de un tonificante baño de agua fría, celebramos el día con un buen café y un espléndido plátano canario, que mejor forma de empezar el día ¡Qué viva el potasio!

A eso de las seis y media nos fuimos para la parada de guaguas donde cogimos la perrera que venía del Tablero. Esta nos viene muy bien, porque nos deja en el mercado, porque tenemos la intención de comprar el pan allí. Pero por el camino Merci recordó que es fiesta y que probablemente el mercado estuviera cerrado, y así fue. Pero aún nos quedó la opción de un horno de pan que se encuentra en la calle lateral del mercado, a la que ya habíamos recurrido en otra ocasión. Después de comprar el pan, también compramos unos lasitos de hojaldre para el camino, ya que las chicas se habían levantado y sin echarse nada a la barriga, nos marchamos para que no se nos escapara la guagua. Dentro de la dulcería nos tocó el típico borrachito de amanecida, tranquilo y respetuoso, pero un poco pejiguera, aunque solo hubo algún que otro piropillo a destiempo, pero comprensible en su estado. Pasamos del tipo y seguimos nuestro camino.
    A las siete y cinco, puntuales salimos en guagua de la estación, junto con dos mujeres que por el atuendo también se iban de senderismo. Una vez en San Andrés, sí subió más gente, alguno conocido de otras veces. Y ¡Vámonos compadre, que se nos hace tarde! Y sobre todo despacito que vienen curvas... Pues creo que hablé demasiado alto, porque en todo el trayecto, parecíamos un jarabe que tiene que sacudirse antes de ser tomado ¡Qué rápido iba el chofer! A Ari varias veces tuve que medio despertar porque el movimiento de la guagua es para ella como un arrorró, pero corría el peligro de esnuncarse, tal es así que medio dormida más de un cabezazo se dio. Aunque tengo que decir que se queda siempre dormida en cualquier vehículo.
    Al llegar al túnel antes de comenzar el sendero tuvimos que esperar y descansar un poco en el pequeño parque porque las chicas venían un poco mareadas debido al bamboleo y la rapidez con que nos traía el chofer. A Ari en especial comenzó a dolerle la barriga, pues entre: las porquerías del día anterior en la fiesta del colegio, el ayuno forzoso y el movimiento de la guagua, fraguaron un buen potaje.
    Sobre las ocho menos cuarto, comenzamos a subir por nuestro ya conocido senderito. En diez minutos estabamos en El Bailadero. Una vez allí observo junto al restaurante de color verde, justo a su derecha, el sendero empedrado hacia Taganana, señalado con un cartel de madera. Por un momento pasó una idea por mi cabeza “Nuestra próxima caminata” A las chicas se lo dije, que sería la próxima, ante la fantástica vista de Taganana y enseñándoles el empedrado camino de bestias, pero esto será si Dios quiere, en otra ocasión. Comenzamos a subir por la carretera en sentido hacia Chamorga, enseguida nos tropezamos con un edificio que en otra ocasión nos pareció un colegio (aunque en este sitio no tenía ningún sentido) pero que es el albergue rural de Anaga, una construcción del cabildo sobre un balcón hacia San Andrés. Seguimos adelante por la carretera, admirando a izquierda y derecha: Taganana, Almáciga y Benijo. Luego hacia la otra banda San Andrés e Igueste.
    En unos quince minutos llegamos al principio del sendero del Pijaral. Aunque el paso por esta zona está restringido al ser declarado zona de exclusión, pero como es temprano y aún no hay nadie, nosotros nos metimos por aquí. También por varias razones:
- Primero porque nos da la gana, ya que pienso que nadie puede cortarnos la libertad de andar por cualquier camino comunal, eso si, siempre sin perjudicar a nadie.
- Segundo porque es un sendero que corta muchísimo el trayecto y te evita la cantidad de curvas que tiene la carretera.
- Y por último y para mí la razón más importante es un sendero del que quedé fascinado desde el primer día que lo hice y aún no sé el porqué. Quizás sea esa aura de misterio y romanticismo que se te pega a la piel, a medida que paso a paso te vas internando en sus entrañas ¡Bueno, me gusta y punto!
    A Ari le seguía dando la lata el estómago, pero seguimos adelante. La niña demostraba entereza pero su cara reflejaba lo mal que lo estaba pasando, aunque yo diría que también había un poquillo de teatro.
    Esta vez el sendero no tenía tanta humedad como la última vez, pero sigue siendo muy agradable caminar por él, ya vamos identificando cada vez más los árboles y arbustos, algunos ya abatidos sobre el sendero, que te dificultaban el paso. Sobre las húmedas piedras se asentaban los musgos y líquenes que también se acomodaban en las ramas de los árboles, formando cortinillas o pelucas naturales. Y por supuesto los grandes helechos sobre todo el emblema de esta zona La Píjara. Al conocer ya este itinerario, nos resulta mucho más fácil, pues realizarlo solo nos llevó unos tres cuartos de hora.
    Una vez en la carretera solo nos llevó unos cinco minutos llegar al parque de La Ensillada, hora ya de descansar un poco desayunar y de llenar las botellas con la riquísima agua de los chorros del parque. Ya aquí podíamos elegir la mesa que quisiéramos porque a esta hora teníamos el privilegio de tener un parque para nosotros solos. Después de renovar todas las energías perdidas, a eso de las nueve y media abandonamos el parque y comenzamos a hacer ya el sendero de Cabeza de Tejo. Para eso cruzamos la carretera y subimos el camino ancho que paralelo a la pista sube por la zona habilitada para acampar, que por cierto está muy bien acondicionada y limpia. Ya me gustaría a mi pasar aquí una noche y a la luz de un candil, ya que la hoguera o fuego de campamento está prohibido, poder echarnos unos cuentos de brujas o de miedo. Rebasada esta zona el sendero se estrecha, pero sigue siendo muy cómodo para caminarlo y muy agradable por los árboles porque vas por monte cerrado.
    Al poco rato nos desviamos por una vereda que sube a nuestra izquierda y que nos lleva a la parte alta del roque Chinobre, ese que visto de lejos parece el pecho de una mujer. Este es uno de los puntos más altos de nuestra ruta, el final de esta vereda es una roca descampada con un punto geodésico. Cuando llegamos a este lugar estaba cubierto por la bruma, con mucha pena nos íbamos a marchar, cuando de improviso como si alguien hubiera oído nuestra suplica, comenzó tan fino telón a moverse lentamente de izquierda a derecha, dando comienzo un fantástico paisaje. Una bellísima panorámica del barranco con Igueste a sus pies, luego Taganana jugando al escondite con su roque de Las Ánimas, más cerca Almáciga y Benijo. Aunque cada uno de ellos, enmarcados con suave tisú de neblina que difuminaba el cuadro, como si de una fotografía antigua se tratara, para luego el blanco telón volverse a cerrar, dejándonos solo la visión de los árboles que teníamos delante. Fue una verdadera suerte. Cuando ya nos disponíamos a marcharnos, un pequeño resplandor en el piso, junto al punto geodésico y al borde del risco, nos llamó la atención. Este era una placa que está dedicada a la memoria de un senderista fallecido, y en la que estaba escrita la siguiente leyenda: “Ve confiado amigo caminante que el alma de un senderista asegura tu camino” o algo parecido. Me pregunto si sería él, el que... Bueno mejor dejémoslo así.
    Volvimos otra vez a la encrucijada de caminos en el sendero principal, donde en ciertos puntos había un fuerte olor que dicho finamente, sería como una especie de putrefacta humedad, pero que a alguna de la compañía oí decir: ¡Fos coño! ¡Fuerte pestazo a mierda! Y seguimos adelante. Cinco minutos más tarde, nos sale por la derecha un sendero que baja y que te conduce por el monte de Las Chamuscadas, pues por aquí será nuestro regreso. Proseguimos nuestro camino hasta que llegamos a un pequeño llano, que según mi querido librito, es un antiguo calvero, usado para hacer carbón vegetal, es el Llano de Cha Mariquita. Aunque el llano si estaba, nosotros no pudimos apreciar el calvero o lo pasamos sin darnos cuenta. Así que continuamos y enseguida llegamos a una roca que invade un poco el camino y que era un poco más alta que nosotros. Junto a ella aparece el mojón MP-37, es la Piedra Jurada. A ella la rodea una vereda muy estrecha que en un claro, como el que se asoma a una ventana, te deja ver la costa de Benijo, y otra vez al sendero.
    Desde La Ensillada hasta aquí hemos venido bajo un techo de laurisilva, pero delante de nosotros hay un claro en el monte. Al alcanzarlo de improviso nos sorprende saliéndonos al paso, como dándonos la bienvenida un impresionante pitón, que al llegar a su lado te hace sentir insignificante, es el Roque Anambro. Grande como un titán pero que amablemente te invita a pasar sobre sus pies para que sigas tu camino. Desde este claro pudimos ver las crestas del macizo de Anaga y desde aquí distinguimos el Chinobre. Proseguimos tranquilamente disfrutando del sendero y otra vez comenzamos a bajar por monte cubierto durante unos cinco o quizás diez minutos, hasta que salimos a una pista de tierra. A nuestra izquierda aparece una explanada donde había un maravilloso mirador, aunque con algunas de las vallas de troncos caídas, pero que está colocado en un lugar estratégico, justo debajo de Cabezo de Tejo, este lugar es el final de la pista de tierra. Desde aquí se pueden apreciar espléndidas panorámicas de casi todo el arco costero de Anaga: desde el Roque de Afuera cerca del faro hasta los Charcos de San Mateo en Punta Hidalgo y a nuestros pies, el caserío del Draguillo. Aquí te puedes dar cuenta de la inmensidad del parque rural o tener una idea aproximada de su grandeza. También aquí pude divisar como seguir el sendero de la Ruta a Las Palmas, la nuestra no la de enfrente, para hacerla pronto.
    Después de estar un rato descansando, admirando el paisaje y atacando una tableta de nuestro oro negro con buches de agua fresca, oímos unas voces que venían del sendero, era hora de dejar sitio, aunque el mirador es bastante amplio a los que vienen bajando que también tienen derecho. Continuamos por el senderito que en escalones y un poco pendiente comienza a bajar por un extremo del mirado. Ahora es época seca, pero en invierno bajar por aquí tiene sus riesgos, pues los escalones tiene bastante musgo. Un poco después se llega a un cruce de caminos, es la Cruz del Draguillo. Continuando por este sendero se puede llegar hasta el faro de Anaga, por la cumbre. Regresando al cruce, nos cruzamos con los dueños de las voces que oímos desde el mirador, eran cuatro señores de edad, dos hombres y dos mujeres que con sus correspondientes palos, estaban pasando el día de Canarias haciendo su caminito, como nosotros. Me pareció fantástico verlos y ellos si siguieron subiendo por el sendero.
    Al llegar al cruce, cogimos el senderito que directamente te lleva a Chamorga por el barranco de La Laja, donde casi al final, en algunos puntos de su cauce había agua corriendo. Por este camino ha sido donde más cantidad y más bonitas crestas de gallo hemos visto, estrellitas y una planta con una flor de color azul, preciosa que investigando más tarde descubrimos que es la violeta de Anaga. Bajando por el sendero nos tropezamos con algunas parejas de extranjeros que lo subían, saludo de “Gurbay” en inglés macaronésico como la cabra de Pepe Monagas, para que se nos entienda y quedar bien.
    Ya casi en el caserío de Chamorga pasamos muy cerca de unas huertitas de papas ya con sus flores y enseguida el sendero sale frente a la laza de la ermita. Esta ermita está dedicada a La Purísima y que por suerte la ermita estaba abierta, y pudimos echar un vistazo al interior. Luego hicimos nuestra parada de rigor en la plaza, frente al perpetuo escenario, en un banco al que cobijaba la sombre de un viejo baobab, por cierto el árbol con el tronco todo lleno de nudos y con más arruga que un viejo centenario, el suelo de la plaza estaba repleto de sus pequeñas semillas. Que delicia descansar aquí, no se oye absolutamente nada, todo es una inmensa paz que como un manantial va brotando suave y poco a poco, a veces interrumpido por el sonido decrépito de algún vehículo pero enseguida te vuelve a conquistar el imperio del silencio, acompañado de la sutil brisa que viene del barranco. Me gustaría poder encerrar en una caja un poco de este momento, para luego en casa en momentos de cierta intensidad, cual caja de Pandora, abrir y dejar escapar todos los efluvios de esta sana naturaleza, ¡Qué felicidad si se pudiera realizar esto!, ¡Qué fácil es dejar escapar la imaginación en un lugar así! Son ya las doce y media y seguimos descansando con nuestro cuadro de energía, alguna que otra fruta y nuestro más preciado líquido: el agua. Reflexionando un poco, desde La Ensillada hasta aquí, es el sendero nuevo, que aún no conocíamos, pues todo lo anterior y lo que nos faltaba ya lo habíamos realizado con anterioridad. Para mí ha sido uno de los senderos más bonitos que hemos hecho, aunque cada uno de los anteriores ha tenido su particularidad.
    A eso de la una menos diez, nos pusimos en marcha para hacer el camino de regreso por otra ruta, y así completar el anillo del sendero de Cabezo de Tejo, y además íbamos muy bien de tiempo, pues en estos lugares tienes que tener muy en cuenta el horario de las guaguas. En la carretera, en un lateral de la plaza de la ermita y frente a la parada de guaguas, sube el sendero (también nuevo para nosotros) que en fuerte pendiente y por u8n hilo de vereda, toda cubierta por los tejos, te lleva en unos diez minutos o quizás menos, a la última curva de la carretera, antes de llegar al túnel de La Cumbrilla. Con lo que evitas tener que hacer la sufrida y fatigosa subida de la carretera. Subiendo por este sendero nos encontramos con un curioso cruce de veredas, donde una tabla pintada a mano a modo de cartel extraño, indicaba lo siguiente:
- Una flecha hacia la izquierda <- Chamorga.
- Una flecha hacia la derecha -> Túnel de La Cumbrilla.
- Una flecha de frente = NO en grande.
Más o menos era comprensible y seguro que antes de colocar el tablón, probablemente más de uno algo despistado habría seguido el camino recto que es más cómodo pero este va a salir a una casa particular. Nosotros cogimos la vereda que sube y con gran esfuerzo llegamos arriba.
    Pasamos el túnel y comenzamos a bajar hacia el cruce de carretera y la pista del Roque de las Bodegas, y continuamos adelante cogiendo interesantes veredas, unas veces cruzando el cauce de un barranco a través de un cañaveral, otras subiendo paralelo a la carretera, pero que en ciertos momentos estabas a bastantes metros de altura con respecto a la carretera que daban cierto miedillo, aunque los árboles hacían de quitamiendos para evitar el vértigo. Estos atajos nos aliviaron muchos tramos de la carretera, ésta prácticamente la cogimos muy poco sólo lo justo para dejar un camino y conectar con otro. La última de estas veredas nos llevó por el monte de Las Chamuscadas, hasta llegar al cruce con el camino a Cabezo de Tejo y desde aquí en muy pocos minutos al parque.
    En La Ensillada ya había gente disfrutando del día. Aquí me hizo gracia un suceso, pasando por la zona de acampadas. Había un grupo de gente que muy alegres, se hallaban almorzando. Loe, de todo lo que había fijó su vista en una fiambrera con un riquísima tortilla de papas con sus cebollitas, (por lo menos rica en aspecto), y agarrándose la barriga, nos dijo que le había entrado hambre repentina, comenzamos todos a reírnos y nos dirigimos hacia la zona de las mesas junto a una con chorro, para liquidar las existencias que nos quedaban. Una vez barriga llena corazón contento, reanudamos la marcha a eso de las dos y media, para así con algo de suerte llegar a tiempo de coger la guagua que desde Taganana sale a las cuatro menos veinte de la tarde, aunque aún nos quedaba bastante camino pues teníamos que pasar El Pijaral, pero nada, íbamos muy bien de tiempo.
    Seguimos la carretera hasta que encontramos el sendero del Pijaral, donde nos encontramos con dos chicas que probablemente habían venido por él y comenzaba a hacer el camino de regreso, en una especie de desenfrenada carrera por su parte que solo tenia dos competidoras, ellas mismas. Esto es algo que ya hemos visto otras veces, lo de que no gusta ser adelantado. Pasamos todo el bellísimo sendero del Pijaral y por fin legamos al último tramo de la carretera, donde vimos a los dos proyectos de atletas anteriores coger su coche en dirección a Chamorga.
    Ya eran las tres y media de la tarde y en los claros de la carretera, echábamos un vistazo hacia Taganana para ver si podíamos divisar la silueta de nuestra perrera de Titsa subiendo por la carretera, pero nada, ni rastro de ella. Seguimos bajando hacia el Bailadero, y desde aquí por el sendero al parque en la carretera cerca del túnel de Taganana. Pues al principio de éste nos dimos cuenta de una tremenda huerta de papas, ya en flor que no habíamos visto cuando subimos ¡Dios me las guarde y me las bendiga, desde los pies hasta la barriga! Y seguimos con tiempo, pero sin bajar el ritmo de marcha. Al pequeño parque del túnel llegamos a las cuatro menos cuarto, había un grupito de gente joven pasándolo bien. Nosotros caminamos un poco hacia la boca del túnel y nos sentamos en un mojón de la carretera de tal manera que desde aquí se podían ver los coches que procedentes de Taganana, entraban en el túnel por la boca opuesta a la nuestra. Les contamos el tiempo y tardaban más o menos, como unos treinta segundos en pasarlo. Cuando las chicas enfocaron y vieron que por la boca del túnel aparecía la guagüita, se levantaron como si les hubiera estallado un volador en los pies y salieron corriendo hacia la parada, como alma que lleva el diablo y eso que la misma estaba a unos veinticinco metros. Es la primera vez que veía la guagua tan llena de gente, ésta si iba mucho más despacio que la de por la mañana. Justo detrás de nosotros iba un grupito de excursionistas que probablemente venían de Almáciga y en el trayecto, aunque no soy cotilla pero como hablaban en alto, no puede evitar oír la fase “... y la próxima, al barranco de Los Cochinos”, al escuchar esto los ojos se me abrieron como chopas y los oídos como dos auténticas parabólicas, captando ahora el menor detalle de todo lo que decían Pero bueno, pensándolo mejor la zona de Teno ya empezaremos a conocerla cuando tengamos un poco más de experiencia.
    Llegamos sin novedad a Santa Cruz y para casa a comer pues ésta tarde nos espera un banco en Valleseco y algún que otro helado para disfrutar de la brisa marina viendo entrar o salir al jetfoil y al catamarán y si tenemos suerte, algún que otro barco. Hay alguna otra forma mejor de pasar el día de Canarias, que la que hemos pasado hoy.

Viernes, 30 de mayo de 2.003

sábado, 24 de mayo de 2003

17 Punta Brava – La Montañeta

 “Por la cuesta de La Pasión”

    Esto de las caminatas aunque sean urbanas, una vez empiezas a cogerle el gustillo, no acabas. Te vas entusiasmando de tal manera que engancha y crea hábito como cualquier vicio, con la diferencia de que éste es muy sano. Hoy como ya tenía medio planeado la semana pasada, nos vamos al Puerto de la Cruz, para dejar el coche en Punta Brava y desde aquí, comenzar el itinerario previsto junto al extremo occidental del Loro Parque. Pero como suele ocurrir no hay sitio para aparcar en la avenida ya que hoy debido al tremendo calor que hace, la gente de las cercanías ha venido a darse un chapuzón en Playa Jardín, por lo que nos vemos obligados a subir por la avenida que está junto al Loro Parque y en una de las calles hacia la derecha de la urbanización, dejamos el coche. Luego bajamos un poco y por la tapia exterior del Loro Parque, comenzamos nuestra ruta de hoy.
    Seguimos recto toda la avenida hasta casi el final, buscando la sombra que nos ofrecían los árboles del recinto, con sus ramas extendidas hacia la calle, y acompañados con el sonido estridente de los loros tenores y las cacatúas soprano, a los que siguió también los de algún mono haciendo los coros. Una vez en el punto dicho comenzaba nuestro calvario particular, por la urbanización Arguayoda, entre una pendiente y curvas cerradas que bajo el intenso sol que hacia, a las seis de la tarde, tenías que tomártelo con calma, subir despacio y en algunos puntos, hacer pequeños descansos. Merci y Loe eran las que peor lo llevaba y las que más se quejaban, Merci tenía ya la camiseta empapada en sudor por el esfuerzo que estaba realizando, Y lo gracioso del caso es que, aunque ellas tenían toda la razón, primero se quejan pero después les gusta y no quieren parar. Pues aquí no queda la cosa, nos esperaba la fuerte pendiente del camino Las Quinteras, que entre que la carretera era estrecha y las curvas muy cerradas, a veces resultaba un poco peligroso y te tenías que apartar para que pudieran pasar los coches, los cuales subían a todo gas para poder superar tremenda pendiente, además esta carretera soporta bastante tráfico. Pero aún así, la subimos, atravesando la carretera de Las Dehesas y continuando subiendo pero ahora ya algo más suave. Me hacía gracia porque la gente se nos quedaba mirando un poco extrañados, pero nosotros a nuestra bola.
    Pasamos un puente peatonal de hierro que estaba ya un poco picado de oxido, y seguimos ascendiendo poco a poco y paso a paso. Atravesamos la antigua carretera general del norte y mirando hacia nuestra derecha, teníamos a nuestra querida Carajita... ¡Buenas arepas! Seguimos por el camino subiendo. Un poco más arriba nos sale a la derecha el camino del Burgado, seguimos de frente y pasamos bordeando un campo de fútbol. Enseguida llegamos al gran puente de La Higuerita que solo es peatonal y comenzamos a subirlo. Los peldaños están formados por una rejilla, por la que ves la base y el fondo, así que a medida que subes te puede dar algo de vértigo porque es alto aunque desde abajo parece pequeño. Este puente es el que atraviesa la autovía del norte y nos lleva hasta la base de la montaña de Los Frailes. Pasado el puente y rebasadas las primeras casas, intenté buscar el sendero que sube a la montaña por la cara norte, pero no lo encontré; lo que sí vimos fue un rebaño de cabras pastando entre piteras en esta ladera, por donde coño se habrán metido. Seguimos por la pista que rodea la montaña, antes de llegar a un cruce vemos una capillita con una cruz muy bien arreglada con flores. Al llegar al cruce seguimos un poquito hacia la derecha para acercarnos a ver otra capillita con una cruz, arreglada pero más sobria. Volvimos sobre nuestros pasos, pasamos el cruce hacia la izquierda y pasando un bar pintado de color rojo, se encuentra justo enfrente otra capillita muy bonita, este es el ejemplo claro de la fuerte devoción y exaltación a la Cruz que existe en Los Realejos.
    Pasamos por las calles del bario de La Montañeta, donde en un muro aparecían las primeras figuras que indicaba la próxima entrada al Monasterio. Una vez allí, la clásica indecisión de alguien que yo me sé y tal vez el miedo al ridículo o a que le llamen la atención; que casi me hace desistir de visitar tan bello lugar, pero el instinto me hizo seguir. Aunque al principio la entrada te frena un poco porque impresiona, pero pienso que en parte no está mal, para que no se deteriore el lugar. El Monasterio a mi poco entender, fue una idea magistral que le da un nuevo sentido al negocio de la restauración. El que lo construyó tuvo la genial idea de, respetando el entorno natural, crear una serie de restaurantes y tascas al más puro estilo canario a ambos lados del antiguo camino, ahora pista, que forma la columna vertebral de este pequeño complejo y por el que se comunican unos con otros, y a sus espaldas resguardados por un pequeño bosquecillo.
    Nos llamó la atención la entrada, enseguida y de frente un lagar con barricas, a continuación aparece las casas típicas que son los restaurantes. Subiendo a la derecha hay un nacimiento con grandes figuras... ¿Estaremos en Navidad y nosotros sin enterarnos? Nos picó la curiosidad por lo simpático, un reloj de sol cuyas manecillas eran la lengua de un lagarto en metal. Ya llegabas al aparcamiento privado donde está el parque infantil y donde también vimos patos, enseguida empieza el camino al principio cementado y entre árboles y manchones de lavanda. También había paseos que salían al camino donde hay bancos y mesas, todo muy bonito. Una cosa peculiar que nos llamó muchísimo la atención fue que en cada punto estratégico del camino han construido unas mini – casetas y en el centro un panel de losetas de cerámica pintada que representaban a medida que ibas subiendo el camino cada una de las estaciones del Vía Crucis, muy bonito, aunque algunos se veían que habían sido estropeados adrede. ¡Qué pena da la ignorancia!
    El camino ahora de picón es un poco pendiente y algo resbaladizo por las piedras sueltas, pero vemos que la montaña se está repoblando con plantas autóctonas. Al llegar casi a la cima, pasas alrededor de un cráter, para después subir y llegar a la capilla en cuyo interior, y como era de esperar hay una cruz. En este punto vimos como una pareja de aguilillas alzaron su elegante vuelo por una esquina de la capilla para permitir a estos intrusos visitantes contemplar sus extensos dominios. Ya podíamos decir que estábamos y que habíamos estado en la montaña de Los Frailes.
    Algo que tengo que criticar, es el mal gusto que tuvo al que se le ocurrió la idea de pintar la capilla por dentro en plan hortera, como si fuera un hippy de los años sesenta porque han pintado en fondo blanco con líneas azules, pétalos de color verde y centros amarillos, formando margaritas extrañas, que hace que la cruz no destaque, sino que quede como incrustada en la pared, pasando a un segundo plano. Aparte de esto, estar sentado en cualquier punto de los alrededores de la capilla, es tener un permanente mirador circular, a vista de pájaro de 360º, con una impresionante panorámica del valle de Taoro. Además forma parte de este entorno porque está justo en el medio. Tuvimos la suerte de tener un día despejado, que te dejaba ver todos los barrios y caseríos de los tres municipios. Aquí nos quedamos descansando y embobados ante tales vistas, Aprovechamos para merendar, aunque más bien era cenar, pues ya eran casi las ocho y media y se notaba que el sol comenzaba a caer.
    Al rato comenzamos a bajar y pasando cerca del cráter empezaron a aparecer conejos, probablemente fueron soltados por los del monasterio para que se criasen salvajes. En la bajada hay que tener un poco de cuidado por las piedras suelta, porque puedes caer debido a un resbalón. Al llegar a los aparcamientos privados, volvimos a ver a los patos sueltos en el parque infantil y a una preciosa chiquilla medio enfadada que intentaba agarrar a uno. Pasamos por los bares donde aún con los altos precios, estaban llenos. Bajando nos llamó la atención en una de las casas, unas losetas de cerámica pintada con la Virgen del Rocío.
    Ya todo lo demás fue desandar todo lo que habíamos hecho, aunque con varias particularidades: al llegar a la última capillita que vimos, de frente vemos el camino de Los Afligidos (ruta que te lleva a Los Realejos, pues haciendo esquina estaba el bar de color rojo, lo que me llamó la atención fue un letrero que decía: “Bodegón El Petudo” nombre curioso, pero que a mí me resulta muy familiar, pues significó algo en una etapa de mi vida. Después casi llegado al puente de La Higuerita, nos despedimos del rebaño de cabras que ahora era más numeroso, incluyendo los macho y a los dos cabreros que las guiaban, con sus peculiares y simpáticos sonido. Luego bajando por el camino de Las Quinteras, una señora mayor que estaba cortando los tallos a unas azucenas y que nos estaba viendo bajar, nos hizo un ligero comentario sobre el tiempo, referente al calor, para un poco entablar conversación, pues ella fue una de las que nos vio subir caminando la pendiente. Ya por último, a medida que el sol llegaba a su ocaso, precioso con ese intenso color naranja para llegar al púrpura, parecía como si el cielo aplastara al astro rey como si fuera un globo por el horizonte, para luego con otra leve presión hacerlo desaparecer. Pues nosotros también llegábamos al ocaso de nuestro camino, aunque un poco despistados buscando el coche por otra calle, pero bastante contentos por la experiencia vivida, aunque siempre habrá quien se queja, y que espero que no sea la última vez que subamos aquí, pues vale la pena el esfuerzo.

Sábado, 24 de mayo de 2003

5 de Octubre 2026