lunes, 16 de agosto de 2004

30 De la Orotava a Candelaria


"Tenerife isla limpia" ¡Viva!


    Una vez pasado el día grande de las fiestas de Candelaria que, nos gusta por el carácter religioso que ello conlleva, pero enemigos totales de ser participes de estas fiestas, porque odiamos las multitudes y lo que trae consigo. Decidimos hacer una de las antiguas rutas de los peregrinos, la de Aguamansa a La Crucita para conectar con la confluencia del resto de las rutas del noroeste que utilizan el paso por La Crucita para desembocar en el pueblo de Arafo y desde aquí hasta Candelaria con dos opciones: ya por carretera o por el camino que llega hasta el Socorro y de ahí hasta la villa mariana. El problema principal de esta ruta es el sol que te sigue durante todo el trayecto, así que decidimos levantarnos temprano a eso de las cinco de la mañana, para coger la guagua a las seis en la autopista, la línea 102 hacia el Puerto de la Cruz con una duración de cincuenta minutos, o la 101 que te lleva hasta La Orotava, con el inconveniente de que ésta hace paradas en todos los pueblos de su recorrido hasta su destino, con lo que tardaríamos aproximadamente una hora y media.
    Una vez en la autopista tuvimos la suerte de que la que apareció fue la 102, pues directos al Puerto de la Cruz. Llegamos a la estación a eso de las siete menos diez, todavía noche cerrada. La guagua para Aguamansa salía a las siete y fue puntual. Justo a la salida de la estación ocurrió un incidente con el chofer de la guagua y un taxista que para dejar al pasaje había aparcado justo en la misma salida de las guaguas, impidiendo con ello la circulación de las mismas. Aunque reconozco que el chofer tenía su razón, éste era un poco arisco y medio avinagrado por la sarta de palabrotas que le procuró al taxista, aunque éste último para defenderse, tampoco se quedó corto. Llegamos a la estación de la Orotava donde se bajo el chofer y vimos que tardaba un poco, ¿Dónde se habrá metido éste? Eso fue que del cabreo que cogió le dio un apretón, pero nada a los cinco minutos apareció y seguimos ruta. En la guagua íbamos muy pocos, comenzaba ya a romper el día. Al final del trayecto sólo llegamos: el chofer, una pareja que también salía de pateo y nosotros. Nos bajamos y como alma que se lleva el diablo, el matrimonio comenzó a caminar acelerando el paso que enseguida los perdimos de vista, ¡Hasta luego Lucas, cuando llegues escribe! Por los comentarios que oímos con el chofer (como buenos alcahuetes), éstos pensaban hacer la misma ruta que nosotros.
    A eso de las ocho menos cinco, comenzamos a subir el sendero a Candelaria, junto a la casa forestal de Aguamansa, entre una pista particular y un canal de aguas cubierto. Enseguida pasamos junto a un depósito de aguas y un poco más arriba, otro grande metálico y redondo que se notaba que era de reciente instalación. Seguimos subiendo el sendero junto al Barranco Colorado, que casi seguimos hasta su final pero que enseguida nos dimos cuenta que no llevaba a ninguna parte. Así que atravesamos el barranco y rodeamos una casa que es la galería La Puente por detrás del cuarto de motores de la misma. Enseguida llegamos a una unión de pistas, que seguimos unos veinte metros y tomamos el camino que se acerca (según nuestro librito) al barranco de Los Llanos. En una zona denominadas Las Hayas, se podía divisar las paredes de Los Organos en toda su plenitud, continuamos y enseguida nos encontramos con la pista que viene de la Caldera. Continuamos unos metros hacia la izquierda por ella hasta llegar a eso de las ocho y cuarto, a la Choza de Pedro Gil, donde hicimos una pequeña parada, para el control de todo lo que llevábamos y por supuesto una meadita. Nos pusimos en marcha por un costado de la choza subiendo y en la primera vuelta del camino pasamos por lo que llaman las cruces de Pedro Gil, un pequeño calvario adornado con flores y, que como en otras ocasiones hemos visto en otros lugares, montoncitos de piedritas colocadas probablemente por los que caminan por aquí, en señal de su paso y respeto. Otro poco más arriba encontramos otra cruz pero solitaria.
    A las ocho y media llegamos a una pista, que viene de Pasada de Las Bestias, en Lomo Los Brezos, como muy bien indica un pequeño monolito con esta inscripción en una placa. Mínima parada y atravesamos esta pista para continuar por un camino que sale de frente. Veinte minutos más tarde nos encontramos con un sendero que nos cruza, pero nosotros seguimos por el que traíamos, aunque a los cinco minutos nos volvemos a encontrar con él. Este es el sendero forestal que seguimos durante unos cincuenta metros hasta que llegamos a lo que llaman el Pino de la Mesita, a eso de las nueve de la mañana. Lugar ideal para hacer un pequeño alto en el camino, esto es una zona aplacerada donde hay un gran pino y en su base hay unas piedras a modo de asiento, pero no vimos mesa alguna. Lo que sí nos empezamos a encontrar a partir de aquí, fue una especie que no es endémica de aquí pero que se está arraigando mucho en nuestros montes y que aparece de improviso al paso de ciertos animales de dos patas, que está compuesta por: botellas plásticas, latas, papeles, desperdicios, etc.; fruto del progreso y llamado comúnmente basura, en resumidas cuentas “mierda”. Triste es tener un bellísimo monte con tal lacra y que suele aparecer después de algún acontecimiento que mueve masas. Pero esto no fue todo sino que, de muchos pinos vimos que salían como enormes higos, que no eran más que bolsas de basuras colgadas y lo más penoso es que como castigo, los desperdicios estaban regados por el suelo.
    Desde el Pino la Mesita, comenzamos a subir ahora ya en fuerte pendiente. Aquí ya Merci comenzó a sentir la fatiga (como asfixia) debido al calor, la presión y el esfuerzo de la subida por la Vuelta Grande, dando pequeños y pesados pasos que la obligaban a hacer pequeñas paradas, le aligeré el peso de la mochila en contra de su voluntad y continuamos luego por las Vueltas Chicas. Por esta zona a Loe se le posó en la cabeza una preciosa mariposa de color marrón atraída quizás por el color blanco de la gorra, mostrando en conjunto una fotografía simpática, pero Loe la espantaba pues no le gustan los bichos y ésta seguía persistiendo en posarse en la gorra. Luego se posó encima de mi mochila pero que espanté (¡dos mochilas y una mariposa encima, demasiado peso!), y salió volando a reunirse con otras compañeras que por allí deambulaban formando un bonito ballet.
    Seguimos subiendo ahora ya por unos pequeños diques que el sendero pasa junto a ellos formando muros naturales son Las Paredes, en el Morro de la Vieja, seguimos subiendo pasando por los Descansaderos de las Chajoras en la fuerte subida de La Corchona y al terminar ésta la pendiente se suavizaba un poco. Por esta zona, comenzamos a oír voces y unos chillidos, pero no se veía a nadie. Hasta que un poco más adelante ya nos tropezamos con un señor que chillaba a unos perros, acompañados por las voces de varios más que estaban en la ladera con otros perros, por lo que dedujimos que eran cazadores. Luego Mercy y Loe se pusieron un poco nerviosas porque vieron aparecer de improviso a dos preciosos caballos de color ceniza, dándose cuenta que bajaban por el mismo sendero por el que nosotros subíamos. Las aparté a un lado y pasaron el chico con los caballos. A esto comenzaron los perros a aullar y ladrar fuertemente porque habían dado con un conejo al que vi corriendo por aquella ladera. Oímos un chillido y vimos como uno de los cazadores cayó y rodó un poco por la pendiente, creo que debido al nerviosismo por atrapar la presa. Nosotros continuamos dejando atrás la tremenda verbena montada, por supuesto con el correspondiente saludo de rigor a todo el que encontrábamos a nuestro paso, hasta que llegamos a unas rocas que me causaron risa porque tenían inscrito: ¡Que viva el Culturismo! Y algún que otro gravado de nombres y fechas. Pasamos entre unas rocas que forman parte de un gran dique El Portillo, el cual atravesamos para comenzar otra vez a subir llegando a La Piedra del Reloj, una especie de mirador natural del que se apreciaba una fantástica vista de todo el valle, y no fue el único lugar donde se podían apreciar estas vistas.
    Comenzamos a ascender en vueltas por El Risco Blanco del Cedro. Con algunas paraditas por el cansancio y donde también cargué con la mochila de Loe, porque veía que ya no podía más (ya son tres, ¡qué viva el cuerpo!). Llegamos a La Crucita a eso de las once. Habíamos hecho el recorrido en tres horas. Aquí ya hicimos la parada con fundamento en un lugar llano antes de salir a la carretera general, donde dimos buena cuenta de las viandas que traíamos, estirar las patas, cambiar el agua a los chochos, y todas esas cosas. El sitio estaba lleno de papeles, y botellas, esto daba a entender que el día anterior había pasado la marabunta por aquí. Estando comiendo vimos bajar por la pista a un forestal (o agente de medio ambiente, como se llaman ahora) acompañado por un novato, saludito y a lo nuestro que tenemos poco y no da para todos.
    Después de un reparador descanso por el tremendo esfuerzo de la subida, nos pusimos en marcha a eso de las doce menos diez. Llegamos a la carretera y aquí ¡horror! Creo que han trasladado el vertedero a esta zona. Hasta un ciclista que pasaba, después del saludo nos hizo algún comentario al respecto, viendo nuestras caras de espanto por lo que estábamos viendo, razón para marcharnos de aquí a toda pastilla. ¡Que vergüenza! Que me vengan ahora y aquí con el eslogan del cabildo de “TENERIFE, ISLA LIMPIA”. Echamos un rápido vistazo en el mirador de La Crucita, confrontado el mapa que allí hay en forma de mesa, con el paisaje, para saber por donde deberíamos ir, pues a partir de aquí iríamos a ciegas; y nos dirigimos hacia la derecha del mirador para comenzar a bajar por la pista de tierra, y en la primera curva atajamos por un sendero algo resbaladizo por el picón y que perfectamente estaba señalizado por un cartel indicando “A Candelaria”, cartel que se repetiría muchas veces a lo largo del recorrido.
    Bajábamos atravesando los barrancos de Las Sotelas y de Las Gambuesas, bajo la atenta mirada a nuestra derecha de los Picos de Cho Marcial, atravesando la pista varias veces y que solo usábamos para dejar el atajo y conectar con el siguiente. Al principio sin árboles con un calor sofocante de un día de calima, pero ya después bajo los pinos a los que agradecimos su presencia. En uno de los pasos de un atajo a la pista para continuar por otro atajo, nos encontramos con un forestal en un jeep, saludando e informándose por nosotros de la existencia de alguien más en la zona, después de las correspondientes pesquisas, el “p’arriba y nosotros p’abajo".
    Sobre la una y media estábamos ya caminando por una ladera de la montaña negra de picón del volcán de Las Arenas, y en una olla del mismo vimos un pinar joven. Después de un largo rato caminando entre cenizas del volcán, en una de las pendientes de la pista, veo a Loe que empieza a acelerar el paso, y detrás Merci que luego aceleró el paso adelantando a Loe, con una carrera que cada vez iba aumentando, que parecía como si fueran a perder la guagua, levantando una polvacera que me estaba tragando, pues yo tampoco me quedo atrás. Y así el que se quedaba detrás se quejaba de lo mismo y emprendía nuevas carreras, se solucionó el problema marchando los tres en paralelo. Fue algo gracioso.
    Ya aquí el calor era insoportable, que incluso hasta el picón en nuestros pies ardía. Ya comenzábamos a acusar el sufrimiento en los pies. Luego nos encontramos con un grupo de castaños aislados cargados de hojas, a los que le dimos mil gracias por dejarnos descansar junto al tronco, bajo sus ramas donde corría un aire fresquito en contraposición con el embate caliente de la zona. Tal fue el placer que, incluso Merci propuso cortar una rama y usarla de parasol para el resto del camino. No hubiera sido mala idea. Menos mal que el camino se turnaba entre zonas áridas y otras con pinares. Bajo estos árboles se percibía que muchos otros habían pernoctado bajos sus ramas la noche anterior (más basura, ¡Que viva el consumo!). Ya el agua se nos estaba acabando y todavía nos quedaba bastante camino, cuando divisamos una tajea por la que oíamos correr agua, en una zona denominada El Pinarete, pero ésta estaba cerrada, más adelante la vimos abierta pero resultó que estaba canalizada por medio de una tubería metálica que iba por dentro del canal. Más adelante el sonido del agua era más fuerte porque la tubería metálica desembocaba en la misma tajea para luego conectarse a otra de plástico, formándose aquí un pequeño pozo y tuvimos la suerte de que estuviera abierta, esto fue una fiesta para nosotros, porque además de llenar las botellas y nuestros gaznates, Merci se empapó la cabeza, refrescándose las manos y la cara, que hasta el carácter le cambió. Fue un gran alivio.
    La pista se dividía en dos al llegar cerca de lo que Merci denomino “la parada de las guaguas”, que no era otra cosa que un cuarto de aperos, pegado a otro cuarto. Pues gracias al cartel que habían puesto nos metimos por la pista de la izquierda y continuamos bajando. El camino se nos estaba haciendo ya bastante pesado porque eran pendientes continuas. Comenzábamos a sufrir un poco el aplastamiento de los dedos de los pies con la delantera de las botas, por la presión que teníamos que hacer en las bajadas.
    A eso de las dos y media, llegamos a las primeras casas de Arafo, pero ahora era peor porque las pendientes eran de gran desnivel y sobre pista de piche, lo que implicaba un esfuerzo mayor para ir frenando. En varias de estas pendientes, Merci tenía que bajar al revés agarrada de mi mano y pisando sobre los talones, lo que le resultaba un gran alivio para los dedos, parecíamos como dos locos bailando en medio de la pista.
    A eso de las tres y cuarto bajábamos por la calle principal de Arafo a través de una placeta, donde a mitad de la calle subía un coche que nos hizo gracia por el comentario que hizo sobre la caminata, dando a entender que íbamos algo despistados con respecto al día de la fiesta; ya casi llegando a la plaza principal de Arafo. Aquí se decidió por unanimidad terminar el recorrido de hoy, porque era imposible como estábamos seguir hasta Candelaria, ¡perdónanos virgencita! porque aunque no teníamos promesa, la intención era ir a verte, otra vez será. Nos metimos en un bar frente a la parada de guaguas donde disfrutamos de dos riquísimos y fresquitos Nestea y un refresco de limón, con su correspondiente repetición porque supo a poco.
    En el bar preguntamos por el horario de las guaguas y menos mal que nos dio por preguntar, porque con motivo de las fiestas del pueblo, las calles estaban cerradas, interrumpiéndose así el servicio, gracias a la chica del bar, que nos indico que la podríamos coger en la plaza del Pino, casi a la salida del pueblo frente a la gasolinera en el cruce con la carretera que va hacia el Teide y la que baja a La Hidalga. Pues mochila al hombro, carretera y manta. En cinco minutos bajábamos por la calle que da a dicha placita, quedándonos con la boca abierta de las preciosas helechas que colgaban de algunos de los patios y balcones de esta calle. El pino de la plaza está rodeado por una capillita, siendo el pino el pilar de la misma, aquí se puede apreciar un pequeño calvario con un Cristo y en un lateral un busto de José Gregorio Hernández, estaba todo muy limpio y con flores.
    A eso de las cuatro apareció la guagua que nos llevaría posteriormente a Santa Cruz y luego en otra perrera para casa, con las patas rasgadas pero con el sentimiento de haber pasado un gran día.

16 de Agosto de 2004

sábado, 24 de enero de 2004

29 Retorno a la Mesa de Tejina

 ¡Salud compadre, ahí queda eso!

    Desde las vacaciones no he vuelto a dar más pasos por la orografía de nuestros montes, entre fiestas y cosas que surgen de improviso, ha sido imposible, por eso siento ese mono que produce la falta de una buena escapada. Ya Loe me venía diciendo hace tiempo que cuando volveríamos a irnos de marcha, así que ahora es buen momento para adentrarnos en la aventura. Hace días que vengo barruntando, como dicen mis maguitos, la posibilidad de volver a ese fantástico enclave que es la Mesa de Tejina, la cual me impactó bastante la primera vez que la visite. Así que dicho y hecho. Hoy 24 de enero, día de San Francisco de Sales, nos ponemos en marcha. Esta vez sólo vamos a castigar nuestras patas Loe y yo, pues Merci trabaja y Ari últimamente algo más perezosa para los pateos, prefirió quedarse en casa en los brazos de su amigo Morfeo ¡Qué aproveche!    
    Salimos a eso de las nueve hacia La Laguna. Una vez en la estación, bastante animada por cierto, nos encontramos con un grupito de pibes y pibas, dispuestos a pasar un buen rato cargados con neveras, bolsos y un tremendo aparato de música, con una marcha entre toque de palmas, pasos de baile cimbreando todo el cuerpo; dando a entender que se trataba del preludio de un buen tenderete. ¡A disfrutar pibitos que la vida son dos días!
    Dejamos La Laguna rumbo a Tegueste, desde donde iniciamos nuestra andadura a eso de las diez sin prisa pero sin pausa. ¡Que agradable es caminar por las calles del pueblo a esa hora! No hay casi nadie por estos rincones, el efímero silencio que embarga a este lugar sólo se ve interrumpido por el canto de los gallos. Ya llegamos a la calle principal entre la plaza de San Marcos, y el ayuntamiento, respirando el aroma del café que desprende la máquina del bar de la esquina. A veces sueles tropezarte con esa entrañable doñita que, con paso apresurado, ves como se dirige a la típica ventita del pueblo a por el pan oloroso y calentito para el desayuno que con tanto cariño prepara a la familia. Seguimos adelante, dejando a nuestras espaldas el ayuntamiento subiendo por la calle Francisco Franco. (¡Españoles! ¡Viva España!). Pasamos junto a una especia de terraza bar, cuyo signo de identificación son los improvisados mástiles de un barco de vela.
    Ya comenzamos a ver los primeros maguitos con su añejo sombrero, un saco al hombro y al cinto su infatigable compañera, la podona. Unos caminando y otros montados en sus ruidosas pibas acompañados de su incondicional amigo el bardíno, siempre atento a cualquier indicación de su amigo o a cualquier imprevisto para guardar la integridad de su amo. Todos en formación cual romería, dirigiéndose a los campos a trabajar sus tierras.
    Casi llegando al final de la calle, divisamos el drago de la casa de Prebendado Pacheco y la plaza de Pedro Melián, donde hacemos una mini parada para después continuar. Estando en la placita, vemos como por una esquina de la misma aparece un perrillo vecino de estos pagos, que dirigiéndose con premura a una de las farolas, al vernos nos da los buenos días con la mirada y luego levantando una de las patas trasera, eliminar el sobrante de una larga noche de encierro. A continuación alejándose un poco comienza a dar vueltas sobre sí mismo, cual trompo y de improviso se detiene para descargar su oloroso paquetito y con la misma se marcha por donde vino. Como el que dice ¡Salud compadre, ahí queda eso! En dos minutos llegamos a la entrañable plazita de La Arañita, atravesando el barranco Aguas de Dios, para luego subir por la primera pista entre chalets.
    A Loe comenzó a abrazarla cierto gélido airecillo que hizo que se pusiera el jersey. A mi niña se la veía disfrutando del entorno, ya que hacía bastante tiempo que no hacíamos excursiones juntos. Digo bien “Mi niña”, porque para mí siempre seguirá siendo mi niña, aunque sin darte cuenta ves como se ha convertido en una mujercita de catorce años y que ya me pasa tres cuartas de altura (creo que tengo complejo de bastón). Hay que ver ¡Cómo pasa el tiempo!, Si hasta hace poco venía corriendo a mi lado, llorando porque decía que se había dado “un pancanazo”, en fin la vida.
    Seguimos adelante, hasta que noto como los pelos se me ponen de punta y comienza cierto nerviosismo al ver a lo lejos un gran perro (no puedo evitarlo, no me gustan los perros sueltos) que jugaba con dos niños, mientras su padre araba un campo junto al camino, menos mal que era mancito tirando a bobo. Saludito de rigor y p’alante. Después dejando la pista y subir los tres escalones que te llevan al camino empedrado, hicimos una pequeña parada en el diminuto mirador para admirar a vista de pájaro la panorámica de todo el valle teguestero. Luego continuamos hacia nuestro destino La Mesa. La cual parecía que nos esperaba con los brazos abiertos, como la madre que espera a esos hijos que emigraron y hace tiempo que no ve. Seguimos el senderito pasando a través del túnel del tiempo que forma las ramas retorcidas del bellotero. En pocos minutos estábamos en el cruce de Cuatro Caminos, en la degollada que separa La Mesa de La Orilla. Seguimos rumbo a la izquierda por la veredita hacia los eucaliptos.
    Aquí Loe se pasó a mi derecha, porque por donde íbamos nos encontramos con un grupito de gallinas cotorritas, que formando un corro en una era, parecían que celebraban una boda. Rebasado este tramo, enseguida Loe sin decirme nada se pasó a mí izquierda y todo porque un poco más arriba a nuestra derecha había un esplendoroso gallo, que al vernos, nos daba indiferente la espalda y comenzó a batir las alas, dejando al descubierto su maravilloso plumaje en tonos que iban desde un negro azabache brillante a un amarillo, pasando por unos dorados atigrados. Bellísimo gallo. Pues para rematar la faena, nos deleitó con su voz de tenor lanzando al aire su imperial canto, pero mirándonos de rejo sin quitarnos la vista de encima.
    Dejamos atrás los eucaliptos, pasando por encima del cuarto de aperos, rumbo a la pared de roca, punto que nos indica el comienzo de la escalada hacia La Mesa. Pues entre rocas, pencas e inciensos, nos pusimos en un santiamén en la parte más alta, pero no sin antes probar en mis carnes el picotazo de una penca traidora que escondida entre inciensos, esperaba agazapada el momento para el asalto. ¡Qué brisa más fresca recorría toda esta meseta! El día estaba nublado, aunque por momentos aparecía alguna que otra ventana que te dejaba ver un trocito de cielo de un azul intenso. Loe estaba fascinada con el paisaje, o eso me pareció y yo pensando que aún no había visto lo mejor. Continuamos el senderito de cara a las laderas del barranco de Porlier. Al llegar a las cuevas, Loe se quedó perpleja al ver como me introducía en una que parece profunda y oscura (la de la boca con la campanilla), pensando que detrás iría ella, pero enseguida se dio cuenta del efecto que allí se produce, al ver como disimuladamente me reía y por fin entró.
    Regresamos a nuestro sendero y después de pasar por alguna zona de tramo difícil, donde noté que Loe tenía un poco de miedo, llegamos a la planicie de La Mesa, lugar que tiene la forma de una pista de helicópteros, y continuamos hasta llegar al extremo norte y final de nuestro paseo de hoy. Al llegar a este punto, se impuso la comilona, sentados en unas rocas muy cerca del precipicio, admirando toda la vista panorámica que teníamos delante, con unos prismáticos en una mano y un bocadillo en la otra, como para no perder el tiempo. Tuvimos la suerte de ver salir un boeing 747 de Iberia que giraba frente a nosotros para luego perderse entre las nubes.
    Después de una media hora de relajo total, se impuso el regreso, con un poco de pena pero con un hasta pronto. Ya en el descenso hacia Tegueste nos encontramos con algún que otro mortal que subía hasta aquí. Saludito de encuentro y patas para que os quiero. Al llegar de nuevo al bellotero, nos fijamos más detenidamente en su tronco, todo retorcido y muy arrugado. Al coger un trozo de la corteza, nos dimos cuenta que era corcho, cosa que me extrañó, pues pensaba que solo lo producía el alcornoque. ¡Cada día se aprende algo nuevo!
    De vuelta ya en el pueblo, ya se notaba otro ambiente con más gente deambulando por las calles. Una vez en la parada, no tardamos mucho en coger la primera guagua que apareció, que resultó ser la de los barrios. Esta nos llevó en un recorrido turístico por todo Pedro Álvarez, donde pude ver la pista que en coche te lleva a los montes de Tegueste y desde ahí a La Orilla. Ya en la estación de La Laguna, solo nos quedaba el regreso a casa, haciendo un pequeño balance en imágenes retrospectivas que quedarán guardados para siempre en el rincón del recuerdo de nuestra memoria y en las hojas de este manuscrito, para poder volver a recordarlo.


Sábado, 24 de enero de 2.004

miércoles, 29 de octubre de 2003

27 Cruz del Carmen - Valleseco

 ... y el misterioso Matazno.

    Hoy me encuentro algo fatigado por el largo y duro trayecto de ayer, tengo un molimiento en el cuerpo y unas agujetas en las patas, como para estar en cama una semana recuperándome. Pero como si me hubieran puesto las pilas nuevas y una buena infusión con Ginseng, me voy de marcha, pero eso sí, una jornada suavita, que no tenga ninguna subida. También quiero quitarme una pequeña espinita que me quedó de la vez que pasé por Monte Aguirre y por una confusión cogí el sendero de Valle Luis para salir al barrio de La Alegría. Así que hoy sin más, de La Cruz del Carmen a Valleseco, sin imprevisto y sin sobresaltos, pues como todos estos días atrás, después de dejar todo preparado y las chicas en el instituto, directos a la estación, guagua que te pego para La Laguna, a esperar a la de las nueve y cuarto con destino a Taborno. Una vez en ruta me bajé en la Cruz del Carmen para solicitar en el Centro de Visitantes un mapa de Anaga.
    Después de la visita de rigor al mirador y pedir la bendición a la virgencita de piedra, aunque a decir verdad, yo soy un poco ateo; me marché por detrás de la ermita para entrar en el sendero que te lleva a la carretera general un poco más arriba en dirección a Pico del Ingles. Por el lado izquierdo de la carretera, subía cuando veo en sentido contrario un jeep forestal que se cruza conmigo pero no le di importancia. Dejé atrás el cruce hacia El Bailadero, paré junto a la veredita que oculta te lleva a la Cruz de Taborno, últimamente tan en boca de todos por la intención de AENA de instalar un radar para la navegación aérea. Más tarde llegué al derruido edificio del restaurante Cruz de Afur, donde paré un minuto a contemplar y aspirar el aroma de un arbusto de algaritofe, luego crucé la carretera buscando el principio de un sendero que por Aguirre te lleva a la antigua casa forestal, por cierto, sendero un poco peligroso por lo resbaladizo del principio.
    Solo habían pasado unos diez minutos aproximadamente cuando me veo pasar a mi lado con dirección a Pico del Ingles el jeep forestal, que al pasar junto a mí aminoró la marcha y después siguió. Me quedé pensando pero ¿Qué le pasa a éste?... ¿Qué tanto misterio?...
    Al llegar a Pico del Ingles me encuentro al jeep parado y al forestal, como despistando un poco mirando todo el monte cual experto rastreador “pies negros”. ¿Me conoces mascarita? Saludito rápido de compromiso y de cabeza por el sendero a Cuatro Caminos, no sin dejar de pensar en el forestal que en su celo profesional (cosa que no critico y me parece muy bien) tal vez pensara que me iba a meter en la restringida zona de Aguirre. En fin cada loco con su tema.
    Llegué a Cuatro Caminos en unos quince minutos y esta vez a conciencia seguí un poco la ruta hacia el barrio de La Alegría, para admirar de nuevo el monte Aguirre desde la antigua casa forestal hasta La Llanada, donde me encontraba en este momento. Eran ya las diez, hora de comer algo, así que desde Las Llanadas retrocedí el camino y en una lomita con una bonita vista hacia Catalanes, sobre un rellano me senté para mantener una fluida conversación con un bocadillo de choperri, donde yo llevaba la voz cantante, rematando este diálogo con algo de fruta y un buen buche de agua. ¡Qué bien sabe comer aquí! El día estaba que ni pintado, con nubes altas que tamizaban un poco la fuerza del dorado Goliat de los cielos. Desde donde me encontraba se podía divisar una fantástica vista de Casas de la Cumbre con el monte de Aguas Negras y bajo mis pies la plaza y la ermita de Catalanes. Como no tenía ninguna prisa me quedé aquí largo rato sentado en silencio, tal es así que podía oírse a un grupo de gente que venían por el sendero de Aguirre y de seguro que les acompañaría un forestal porque se podía percibir claramente el pitido de un radio control.
    A eso de las once, regresé hacia Cuatro Caminos y ya de lleno me metí por el sendero hacia el barrio de Valleseco que ahora lo tenía a mi derecha. Este es un buen camino rodeado de tejos. Un poco más abajo aparece una bifurcación a la izquierda que va a la Degollada de Las Hijas. Después de un rato de bajada en zigzag termina el monte, donde aparece de frente al fondo de esta panorámica. El valle del Bufadero, franqueado por dos colosos: a la derecha La Fortaleza, a la izquierda la gran mole del Roque Chiguel, y justo bajo mis pies Catalanes. Seguí por una veredita y un poco más adelante, al girar hacia la derecha en una curva, veo algo que enseguida me trajo a la memoria a Idafe, el monolito orgullo de la historia aborigen palmera. Pues mira por donde sin saberlo, aquí nosotros también tenemos uno, mirando hacia arriba en medio de una hoya, donde hay eucaliptos, emerge arrogante un altivo y solitario monolito, de unos ocho metros de altura y que es el resto de un antiguo dique, ¿Su nombre?... Matazno.
    Continué el sendero hasta que llegué a una bifurcación de sendas, Partecaminos. Una de estas te lleva bajando a Catalanes, pero yo continué mi camino hacia la Gollada la Cancela, donde ya dejé de ver Catalanes y a Chiguel, pero aparecen otros como el roque Marrubial y la impresionante Fortaleza y por el lado derecho el roque Yal y La Muela. El camino sigue bordeando la cabecera del barranco por la derecha hacia la siguiente degollada, La Gollada de La Fortaleza, cerca de las casas del mismo nombre. Desde este punto parte el sendero que conecta con el del barrio de La Alegría por Valle Luis. Desde esta degollada se pueden ver las casas de Los Berros, El Chorro y La Pasada. Y en la altura La Llanada donde estuve hace un rato.
    Retrocedí un poco, pero aquí me confundí de vereda, porque en esta zona hay tal confusión de caminos que no sabía cuál seguir. Cogí una de estas veredas pero pasado un rato tuve que regresar porque no iba a ningún lado en concreto. Lo que sabía es que tenía que llegar al cauce del barranco. Elegí la veredita que me pareció mejor para alcanzar el cauce y justo vine a salir al sendero principal, por debajo del Corral de Las Ovejas, es decir una especie de cueva frente a un cercado hecho de troncos de madera delgados, buen sitio para un descanso, dos buches de agua y... ¡P’alante compañero!, Que aún falta mucho. Continué mi camino pasando al lado izquierdo del cauce del barranquillo y justo pasando casi sumiso por la falda de La Fortaleza. Enseguida llegué a lo que se llama la Fuentecilla de Valleseco, que para acceder a ella, tienes que seguir el camino unos metros más adelante, para después bajar por una veredita algo desdibujada que te hace retroceder por el mismo cauce hasta llegar a la... ¿Fuente?..., es decir dos pequeños huecos llenos de agua que por nada del mundo probaría, pues el agua está mas negra que mis patas después de una buena caminata.
    Por el camino venía haciéndome unas reflexiones un poco absurdas pero que ahí estaban, no sé por qué al barrio se le llama Valleseco, primero no está seco siempre corre un hilo de agua por el cauce del barranco, donde también hay muchas charcas, es la mano del hombre la que ha impedido que el agua siga su curso natural, por cierto en una de estas charcas vi a una turista que nadando hacia el cristo (una rata que probablemente cayó de algún ricos y se ahogó). Y la segunda premisa es que no es un valle, más bien todo lo contrario, un barranco encajonado con laderas muy escarpadas y abruptas.
    Dejé atrás la fuentecilla de Valleseco y volví al camino, bajo la impresionante presencia de La Fortaleza que se hace sentir. Un poco más adelante pasé al otro lado del barranquillo y enseguida aparece una bifurcación del camino que te lleva a una casa que aún no esta a la vista. Continué por el camino que baja al cauce. El tiempo, aunque cubierto me había acompañado bien durante todo el trayecto, se estaba cerrando cada vez más e incluso comenzaba a hacer un poco de fresco, cosa que es de agradecer para el que camina. No sé por qué, pero me parece que amenaza lluvia, así que decidí seguir caminando y no entretenerme mucho. Ahora en la cresta aparece La Muela a mi derecha, simpático nombre el que le pusieron a este risco y es que se parece a una muela , que en el itinerario como jugando al escondite unas veces aparece y otras se desvanece. Sigo la vereda cerca del cauce del barranco el cual cruzo varias veces, unas voy por la derecha y otras por la izquierda. Una de las veces que iba por la derecha, oigo ladridos de perros bastante agitados que procedían de lo alto de las laderas de La Fortaleza, que aumentaban al ser llevados por el eco del barranco y después oí la voz del dueño pero a ninguno los vi. Si notaba que estaban bastante lejos y menos mal porque de la forma que oía ladrar a los perros al principio me puso un poquillo inquieto. Luego noté que caía como decía mi abuelo, una pequeña posmita pero nada para lavar la cara y seguir.
    Al girar en una curva del barranco siguiendo por las faldas de La Muela, veo un pequeño puente pero algo raro sin barandas que cruza el cauce del barranco, es el Puente Chico, que forma parte de un canal que procedente de Catalanes, se descuelga en pronunciada pendiente por las laderas de La Fortaleza, pasa por este puente y vuelve a subir por la otra ladera. Al poco rato comenzó a llover de improviso y con fundamento así que era hora de buscar algún refugio, no quiero quedarme como un espárrago en salmuera. En la otra ladera veo una pequeña cueva y rapidito hacia ella me dirigí, pues la lluvia comenzaba a ser algo más intensa. Al llegar allí, me resguardo en esta cueva y al mirar hacia el cielo para contemplar la lluvia, aparece ante mí La Muela, es la vez que más cerca he estado de este roque, enmarcado por una pequeña degollada que lo deja en medio ¡Preciosa! Una vez amainó un poco, saqué la capa impermeable de superhéroe y mi gorrita de pana, ya no hay agua que me asuste.
    Seguí mi sendero y enseguida aparece otro canal mucho más antiguo, pero más espectacular porque forma un acueducto sobre un salto de agua, es el acueducto de Catalanes, igual que el anterior puente, se descuelga de una ladera a otra formando una gigantesca “uve”, fijándome en esto me saltó a la cara una sonrisa al recordar de repente un echo que llevo grabado en la memoria hace años por carnavales, la cara de Merci y mi suegra, cuando se bajaron de una atracción de feria llamada “La Uve”, mejor no comentar más nada porque podría haber un asesinato del narrador.
    Cuanto más me acerco al barrio de Valleseco, más se pone a llover, da la sensación de que este lugar no quiere que lo abandone. Después de unos diez minutos alcanzo las tuberías gemelas procedentes de la galería de Guañaque, las cuales paso por debajo y que dan paso a las primeras casas de Las Cuevas. Aquí ya el camino, después de pasar un puente que va a una casa particular, se convierte en pista cementada y a continuación ya en la carretera que indica el principio de una parada de guaguas. A partir de aquí siguiendo la carretera que baja junto al barranco, ahora ya seco, te lleva en unos diez minutos a lo que llamamos el barrio de Valleseco, un conjunto de casas sobre una ladera del risco de La Altura de Paso Alto. Algo que si me llamó la atención en este tramo de carretera, fue que vi un par de descargaderos cosa que no pensaba que aquí hubiera, pues solo los había visto en el barranco de las Carboneras – Taborno. Y también un gran pozo cerrado con su arco y su polea. Una vez llegado al cruce con la autovía de San Andrés, solo me restaba esperar en la parada la guagua y para casa.
    Ahora que ya conozco las dos maneras de llegar a Santa Cruz desde Pico del Inglés, me resulta mucho más entretenida esta senda de Valleseco que la de Valle Luis.

Miércoles, 29 de octubre de 2.003

martes, 28 de octubre de 2003

26 Circular Valle Brosque - Taganana

“La excursión del ocho”

“¡Más nunca!... aunque siempre digo lo mismo”

    Hoy se celebra la festividad de San Simón y de San Judas Tadeo, éste último patrón de los imposibles ¿Por qué será que este santo me va con el día de hoy? Esta vez me apetece hacer un itinerario algo más fuerte y... ¡Vaya que si lo fue! Antes de realizar el recorrido nuevo, sobre todo por zonas que no conozco, se apoderó de mí una cierta inseguridad, un ligero miedillo a lo desconocido, pero que en cuanto empecé la jornada esta aprehensión se disipó.
    Para empezar el día, tanta prisa que me di para poder realizar temprano el recorrido de hoy y por culpa del tráfico en Santa Cruz, se me escapó la guagua 916 de las ocho de la mañana que por María Jiménez me llevaría a Los Valles, y eso que cogí la de Muelle Norte para ver si la alcanzaba, pero no hubo forma, así que paciencia. Como tenía que esperar cerca de una hora a que viniera la siguiente, decidí llegarme a la estación del Jet-foil para hacer tiempo y allí cogí la de las nueve menos cinco. El itinerario de la guagua desde María Jiménez me hizo fijarme en lo abrupto de los barrancos de esta zona, hasta llegar al Valle y a la confluencia de varios barrancos en él. Primero la unión del barranco del Bufadero con el de Valle Grande, donde se encuentra el restaurante Dos Barrancos. Un poco más arriba esta la Charca de María Jiménez, más seca que las tetas de mi abuela, y junto a esta el restaurante La Charca. Otra confluencia es el barranco de Valle Crispín al que accedes a través de un puente, con el barranco de Ajítio. Llegué a la última parada del recorrido a eso de las nueve y veinte, sin bajar en Los Caminitos, como tenía previsto, con lo que me ahorré subir caminando un repechito. Porque actualmente la guagua llega hasta el final de la pista de Valle Brosque, un lugar llamado Las Casas de Cueva Labrada.
    Mochila en ristre comencé el recorrido, pasando junto a la última casa que está a continuación de la parada de guaguas y girando por el camino en dirección hacia el barranquillo, mejor dicho hacia la confluencia de dos barranquitos, por un lado el de Chafurdo y por la derecha, el barranco Bizcocho, ¡Hasta el nombre me gusta! Y dirigiendo el tráfico, una cabra echada en medio del sendero, arropada por unos matojos y que por cierto, no me miraba con muy buenos ojos. Enseguida encontré a mi derecha una roca, adelgazada en su base y como puesta en un pedestal natural, es lo que llaman El Pelotón, me acerqué a él y rodeándolo por el camino y me detuve un rato observándolo, era curiosa la formación de aquella roca. Regresé y continué mi camino atravesando el barranco de la izquierda, rebasando por encima de los matojos donde estaba la cabra, y muy cerca por encima de la última casa, siguiendo el sendero por el cauce del barranco, pasando de un lado a otro unas cuantas veces.
    Un buen rato caminando barranco arriba, el sendero se perdió por la irrupción de plantas y un cañaveral favorecido por el constante hilo de agua que corría por el mismo. Estaba en la incertidumbre de no seguir, me encontraba en un erial acompañado de algunas cabras que estaban pastando y rodeado por una finca en un bancal. Aunque sabía hacia donde tenía que dirigirme, no encontraba el camino. De pronto se me apareció la solución, por encima de la huerta se levantó un viejillo, dueño de las cabras y que no pude ver antes porque estaba agachado faenando en la tierra. Le pregunté por el camino y muy amable me lo indicó, así que, saludo y... ¡P’alante! Vuelvo a entrar, un poco más tarde, en una parte del barranco cerrado por la vegetación, donde el camino se divide en dos: uno que sube hacia la izquierda y el otro a la derecha que va hacia el cauce del barranco. Aquí la duda... ¿Cuál cojo?... ¿Izquierda o derecha?... Pues opté por el de la derecha y enseguida llegó la confirmación de mi error. Al cruzar el barranquillo el camino queda cerrado por una cancela pequeña hecha de tronquitos de madera. Vuelvo sobre mis pasos riéndome de mí mismo y al llegar al cruce, sigo por la vereda de la izquierda (ahora de frente). Este sendero comenzaba ya a subir alejándose del cauce del barranco, estaba en el barranquillo de La Tablada, probablemente el barranquillo por el que el camino anterior cruzaba venía el canal de Chabuco, según se podía apreciar desde aquí, y de éste a su galería.
    Seguí subiendo que por cierto ya comenzaba a resultar pesadillo y eso que no era más que el preludio de lo que me esperaba. Al llegar a una nueva bifurcación de caminos, seguí por el de la derecha subiendo, porque el de la izquierda se dirigía hacia una casa que aún no tenía a la vista. Siguiendo el senderito pasé junto y por debajo de un cuchillete La Mocanera, rodeándolo. En un tramo algo más arriba había una pequeña explanada sin árboles, a esto se le denomina La Vistita de La Tablada, desde donde se podía ver allá abajo el tramo más próximo a Brosque, delante un picacho cuyo nombre tiene cierto aire de romanticismo El Pozo de La Rosa de Juan Pérez, donde vi que se concentraban hasta cuatro cuchilletes. Continuando un poco más arriba en dirección a Casas de La Cumbre, mi objetivo, en la cabecera del barranco está el monte de Aguas Negras y debajo El Salto del Rey. A partir de aquí me encontré ya el monte bajo, formado por brezo, tejo y codeso; y comenzó el calvario porque tuve que sufrir una fuerte y pesada pendiente que se dirige hacia la cumbre en una línea quebrada para poder salvar esta zona. El nombre de esta subida a mí entender creo que ha sido uno de los más merecidos, simplemente Mataborricos. Pues n sé porqué en esta subida me acorde de Merci y de las chicas.
    Por fin después de un buen rato subiendo, llegué a una pista, era el indicio de que me faltaba poco para llegar a mi primer destino. La atravesé y continué subiendo por mi senderito, más bien mi penosa vereda, y por supuesto haciendo paraditas esporádicas para coger resuello. Menos mal que tenía de aliado al tiempo que me ofreció un cielo cerrado con nubes que hacían de parasol en esta subida. Por otro lado valía la pena el esfuerzo por la estupenda estampa del Valle del Bufadero, barranco abajo que te brinda esta zona. Seguí subiendo hasta que volví a encontrar la pista, la cual ahora seguí incorporándome por la derecha y subiendo pero esta vez en pendiente muy suave. Esto quería decir que había superado Mataborricos. Llegue a las casas de Llano Grande, ya en la carretera general al Bailadero en Casas de La Cumbre. Saludito a los perros que tan cariñosos te dan la bienvenida y que bonitos son cuando están amarrados. Hubo uno que incluso me enseño una bonita dentadura... ¡Hasta luego Lucas, patas para que os quiera! Eran ya las once y cuarto y me encontraba en la carretera a la altura del restaurante Casa Dominga, junto al que se halla la plaza con la ermita, aquí hice una pequeña parada, admirando los detalles de la misma.
    Ahora la siguiente meta era la Casa Forestal de Anaga, así que me puse en marcha siguiendo ahora por la carretera hacia la derecha en dirección al Bailadero, a la que llegué en unos quince minutos. Junto a la casa se hallaba una guagua de turismo en la que solo estaba el chofer mandándose en solitario, una buena “jartada matutina”. Saludito rápido para no entretenerlo ni distraerlo de su faena, aunque creo que el saludo suyo no lo oí, probablemente porque tenía la boca llena. Paré un momento en el chorro para un buen buche de agua y subí por el camino que va por detrás de la casa forestal. Sendero que sube en escalones muy resbaladizos y con musgo pues la zona resuma mucha humedad. Hay que tener mucho cuidado porque la caída es segura. En unos tres minutos llegué a un cruce de caminos, frente a una cueva con mucho musgo y una intensa humedad y en el lado opuesto en una roca una pequeña cruz de madera, había llegado a La Cruz de Taganana. En medio entre la cueva y la cruz, el sendero. Si hubiera seguida hacia la izquierda, hubiera entrado en el Camino de Las Vueltas de Taganana y para mi pensé que algún día haría este camino.
    Continué por la derecha subiendo y casi no me pego un buen batacazo, porque apartado las ramas de un brezo, resbalé al pisar el primer escalón que te da acceso a este sendero. Continué subiendo por un camino anchito y muy cómodo, bastante bueno, hasta que a los cinco minutos llegué a una encrucijada de caminos, mejor dicho el camino se divide en dos uno que sube de frente, tendiendo a ir hacia la izquierda que va a Taganana, por el Bailadero y el de la derecha hacia los Apartaderos de Tierra y de aquí al Bufadero. Este era el que tenía que seguir para completar mi itinerario de hoy.
    Eran las doce del mediodía en la bifurcación de caminos y pensé que terminaría muy temprano abajo en María Jiménez. Así que sin pensarlo dos veces, cogí el camino que sube de frente en dirección al Bailadero. Esto significaba un incremento del tiempo y del recorrido pero ¿Qué importa el tiempo? ¿Para qué son las vacaciones? Continué mi nuevo itinerario y al rato me encontré pasando junto a la pared del Roque de Los Pasos y su inseparable amigo El Infiernillo. Un poco más tarde, en un claro del monte aparece por mi derecha un espigón un poco peligros pues a ambos lados tienes un desfiladero. Desde aquí hay una vista muy interesante del valle de San Andrés. Ya enseguida en la Gollada Abicore, salí a la carretera, u poco más adelante te encuentras el mirado del Cresol. Éste está en una lomita con unas impresionantes vistas sobre Taganana y su litoral, aquí paré un pisco para un descansito, deleitándome con la vista del valle.
    Al poco rato me puse en marcha y a unos tres minutos sabía que había una vereda por mi izquierda que cortaba el camino, pero me despisté y seguí de largo, aunque enseguida me di cuenta, de que la veredilla tenía que estar antes de la curva hacia la izquierda de la carretera. Me encontraba por la 8izquierda de la carretera frente a una pista particular a mi derecha. Retrocedí unos pasos fijándome bien a ver si encontraba algún indicio de camino, y allí estaba la vereda un poco escondida tras unos tejos. Pues de cabeza “p’adentro”, en menos de diez minutos esta senda te lleva al mirador del Bailadero, comprobando que caminando por senderos desde la casa forestal hasta aquí se corta muchísimo camino y te lleva muy poco tiempo. Al pasar junto al mirador, el sol ya comenzaba a aparecer entre las nubes. Allí había dos pibes en pantalón corto descamisados, sentados en la barandilla tomando sol ¡Compadres, a vuestra salud! En dos patadas estaba pasando junto al verde y antiguo restaurante y entrando en el sendero que desde aquí te lleva a Taganana. Ya eran las doce y media más o menos, hora ya de comer algo, así que en el mismo empedrado del camino me senté a descansar un poco y a dar buena cuenta de las viandas, entre dos muros de tejos y por techo un bello azul cielo.
    Una vez barriga llena corazón contento, bajé por el sendero que me llevó a la carretera un poco antes del Roque Amogoje, pero a partir de aquí, aunque me ha ayudado bastante, no le hice caso a mi guía porque esta me hacia ir hacia el roque para después rodearlo. Lo que hice fue que una vez en la carretera, crucé al otro lado donde enseguida encontré una veredilla y después otra y otra... Tal es así que empecé a cortar camino cogiendo estas veredas y le cogí tanto el gustillo que la carretera solo la tocaba para atravesarla y continuar por la siguiente senda. En un silbo llegué al barrio tagananero de Azano, con una pista que accedía a él. Al principio de esta pista había un cartel que te indicaba como ir a la ermita de la Virgen de la Caridad del Cobre, como me llamó la atención subí por esta pista. Si hubiera seguido al pie de la letra lo que me indicaba la guía, hubiera salido un poco más abajo del barrio, que después de cruzar el puentito del barranco de la Fajanela, llegas a la parada de guaguas y desde aquí por una calle ascender a la trasera de la Iglesia.
    En la subida, por cierto con bastante inclinación, enseguida aparece un camino enlozado por la izquierda que te lleva hasta un proyecto de placita, con dos bancos y a la ermita. La cual queda rodeada por las casas formando una pequeña ciudadela. La pena fue como en muchas otras ocasiones, que la ermita estaba cerrada y no puede admirar la talla de la Virgen de la Caridad del Cobre, como era realmente mi intención. En fin, otra vez será.
    Volví hacia la pista pero en vez de regresar hacia la carretera, seguí subiendo por la misma ya que siguiéndola sabía que iba a dar también a la plaza de la iglesia de Las Nieves, mi próximo destino. Pero no fue así, porque continuando por la pista llegué al barrio de Los Naranjos, donde vi que en una curva la pista baja hacia la plaza del pueblo y en esa misma curva, veo un cartel de: Sendero turístico al Monte de Las Vueltas y por supuesto el camino que sube. Pues sin pensarlo dos veces “P’adentro compadre”. La verdad es que me hubiera gustado haber llegado a la plaza de Taganana, pero ahora en el punto que estaba me hubiera desviado un poco de la ruta y me hubiera llevado un poco más de tiempo.
    Esta sendero turístico que sube es un ancho camino empedrado que pasa unto a unas casas, donde en una de ellas había una señora que no me quitaba la vista de encima, mientras sacudía un paño, y que parecía decir sin mover los labios ¿A dónde irá a parar ese loco? Un poco más arriba me crucé con la única gente que encontré en todo el recorrido, estaba compuesta por un matrimonio y un niño, extranjeros y los tres me observaron arqueando las cejas con una mirada incrédula ¿Por qué me mira todo el mundo como si fuera un bicho raro? Saludito y rapidito que se me escapan los perros “Ellos p’abajito y yo p’arribita”. En unos minutos me encuentro por la derecha el sendero que te lleva a Afur por La Cumbrecita. Pasé de largo, subiendo mi sendero y entre vueltas, revueltas, más vueltas y muchas, muchas más vueltas; iba salvando el camino de Las Vueltas de Taganana con las correspondientes paradas, porque entre el cansancio que ya acusaba de estar todo el día caminando y la fuerte subida de esta vereda, el corazón casi se me salía por la boca y los pies casi se ponen en huelga, separándose del cuerpo como dos hermanos que se pelean.
    Llegué a una zona un poco llana donde hice una paradita de unos minutos, no muy larga para que no se me enfriara el cuerpo porque llegado el caso no hay quien me hubiera movido el esqueleto. Continué subiendo en vueltas y miles de escalones ¡Ay! ¿Quién aguantará mañana las agujetas? Enseguida el camino se hacía menos pendiente, más fácil hasta casi llanear y por fin llegué a La Cruz de Taganana, cosa que me llenó de alegría, porque había realizado lo más duro y difícil del improvisado periplo de hoy. En mi vida había deseado tanto llegar a un sitio, aunque por el camino iba solo y no encontré a nadie, realmente no fue así siempre había algún pajarito que con sus trinos me alegraba el sendero, dándome ánimos para seguir subiendo y alcanzar mi meta.
    Una vez en la cruz, me acerqué a la casa forestal para llenar la botella de agua ¡La rica agüita! Y volver hasta la cruz y sin pérdida de tiempo subir el escalón, esta vez con cuidado, que accede al sendero hacia el Bailadero. En cinco minutos llegué a la encrucijada de caminos. Esta vez cogí el que baja a la derecha. Este camino es el que antiguamente era cogido por los que viniendo de Taganana iban hacia Bufadero. Por eso, la mejor manera de comprender las difíciles condiciones de aquella época es hacer estos caminos para entender lo dura que era la vida de antaño. En poco tiempo salí a la carretera general, continué por la izquierda unos metros y enseguida cruzando la misma en un apartadero por la derecha, comienza un senderito que al principio va paralelo a la carretera y poco a poco se aleja de ésta, El camino recibe el nombre de Los Descansaderos de Tierra. Ya todo el camino hasta Bufadero era bajando. Un poco más tarde llegué a Lomo Jacinto en un descampado, eran ya cosa de las tres de la tarde, desde éste lugar se podía divisar Valle Brosque, la cresta del Chiguel, Minoque y Lomo el Viento.
    Diez minutos más tarde crucé un barranquillo que proviene del Minoque. Un poco más abajo había un salto, y debajo de éste una fuente, a la que se accede un poco más abajo por una vereda hacia la derecha pero en malas condiciones, es La Fuente de los Berros. Bajando el sendero, al girar en una curva, vi en la siguiente curva, la figura e un joven pastor alemán, negro y blanco, con dos preciosos ojos de color gris claro muy intenso que daban la sensación de tenerlos encendidos, pues destacaban del color negro del pelaje de la máscara de la cara. Me quedé un instante quieto, para ver que hacía y lo que hizo al verme fue retroceder hasta la siguiente curva, luego siguió hasta que con un par de ladridos avisó de mi presencia al dueño, un señor que se hallaba trabajando en un terrenito. Al perro le ofrecí una galleta de las de madera (como dice papá), pero desconfiado sin perderme de vista se quedó inmóvil, la golosina la deposité sobre una piedrita, un saludito al dueño y caminito adelante.
    Un poco más abajo me encuentro un camino empedrado por la izquierda que invitaba a seguirlo pero este es uno que sube a las cuevas del Majimial y que aún no tenía a la vista. El sendero mío, el principal, bajaba en vueltas hasta llegar al cauce del barranco Bizcocho, sigo diciendo que me gusta este nombre y no sé por qué. Seguí el cauce del barranco por el lado izquierdo, hasta que al girar en una vuelta sale a mi encuentro El Pelotón, con lo que me dio una alegría para el cuerpo muy gratificante, porque esto significaba que había llegado casi al final de la expedición de hoy. Una ruta que en principio debería haber durado dos horas y con recorrido en forma de anillo y que luego se convirtió en una excursión con una duración aproximada de seis horas y media. ¡Fue una pasada!... ¡Más nunca!... Aunque siempre digo lo mismo y siempre vuelvo a caer en algo semejante. En cuanto a titular el recorrido de hoy por “La excursión del ocho”, no es porque tuviera que empezar a las ocho, sino porque trazando en un papel con un lápiz el recorrido de hoy, el gráfico sería lo más parecido a un ocho.


Martes 28 de octubre de 2.003

viernes, 24 de octubre de 2003

25 De Tegueste a Bajamar (por Barranco Porlier)


“… un cielo azul cruzado por una jabalina de nubes rizadas”

    Hoy es día de San Antonio María Claret, y después de un día sabático por una noche de tormenta y un día de lluvia, no me apetece quedarme en casa. Tenía pensado salir hacia Taborno, pero mi intuición me dice que no, que puede haber mal tiempo allá arriba y casi nunca me suelo equivocar.
    Después de marcharse las niñas a clase, comienzo a desayunar y mientras en mi cabeza los pensamientos giran que giran para ver a que lugar podría ir hoy, y enseguida me viene la memoria Tegueste, pues dicho y echo. Al finalizar el desayuno, con todo preparado macuto listo, guagua 105 y enseguida me encontré caminando por la calle Prebendado Pacheco dirección a la plaza de San Marcos.
    Qué agradable es pasear por el pueblo a las nueve de la mañana con ese olor fresco a tierra húmeda y ese poquito de “chirimiri” que te da el puntito de frío para acabar de despertarte. Por las calles casi no te encuentras a nadie, solo hay gente por la calle principal del pueblo. Esta vez voy a hacer el itinerario de otras veces, pero en sentido inverso, es decir; plaza de San Marcos, placeta de Pedro Melián donde estuve dando una vuelta por los chorros que están más secos que un desierto, y continué hacia la placita de la Arañita ¿Qué tendrá esta placita que tanto me atrae? Porque por no tener, no tiene ni bancos. Aquí hice una pequeña paradita para ponerme algo de abrigo porque del fresco de la mañana me estaba entrando “biruji”. Frente a la placita en una casa que hace esquina, un hombre apoyado en el muro no me quitaba la vista de encima hasta que nos encaramos y después del saludo matutino, me hizo el clásico comentario del tiempo.
    Después de despedirme con todo ya listo continué por la calle prolongación a la plaza (no la que sube) que atraviesa el barranco Aguas de Dios y después continua hacia la izquierda bajando. Pero yo seguí recto por una pista que sube hacia la montaña. Esta pista sube entre chalets hasta que encontré una zona que parece un pequeño mirador con muro de piedra, al que accedes subiendo tres escalones, mientras la pista ya en mal estado, da un giro hacia la derecha y se pierde subiendo. Hice una pequeña parada en el mirador viendo todo Tegueste. Pasado los escalones aparece un sendero empedrado muy bueno, es el Camino del Naciente. Antes de llegar a un bellotero giré a la derecha y seguí subiendo. Un poco más arriba en este caminito vi algo simpático y a la vez insólito, las ramas de un bellotero se contorsionaba tanto que ramas y hojas llegaban a alcanzar el lado opuesto del caminito formando un arco vegetal sobre el sendero por el que bajaba un hilo de agua despacio y que caía entre las rocas formando pequeñas cascaditas. Subí pasando por debajo del arco de triunfo orgánico, tendiendo a ir hacia la izquierda, dirección a unos eucaliptos y una vez pasados estos hacia La Gollada. Una vez arriba me encontré junto a una era y en un cruce de caminos donde te llega el aire procedente del barranco de Porlier. El recorrido de hoy enlaza Tegueste con Bajamar atravesando los barrancos de Porlier y La Goleta.
    En esta encrucijada de caminos estando de espaldas a Tegueste, me fijo en que el sendero que va a la derecha sube hacia La Orilla (Qué buenos recuerdos me trae), el que sigue de frente es el que va por la cabecera del barranco Porlier, que es el itinerario que voy a seguir hoy; y la vereda que va hacia la izquierda es la que en vueltas te lleva a La Mesa de Tejina. Esta última alternativa está considerada en mi guía de dificultad alta, de difícil descripción, peligro de caída y posibilidad de vértigo; es decir, todos los claros ingredientes para hacer desistir a cualquiera y no pensar en hacerlo. Pero igual que a los niños chicos, no sé por qué el peligro y lo prohibido me atrae. Así que ¿Iría con todos estos ingredientes?... ¡Creo que no!... No iría... ¡Voy! Pero eso sí teniendo mucha precaución. Así que el tiempo previsto para el recorrido de hoy se verá incrementado siendo el recorrido un poco más largo, al hacer esta alternativa. Así que sin dudarlo, giré tomando el caminito de la izquierda y me dirigí hacia un eucalipto aislado, pasando junto a él y continué subiendo rebasando también por encima de una casa solitaria. Proseguí en dirección a tres eucaliptos de diferentes tamaños, hasta que llegué a una pared de rocas, donde unas veces por veredas y otras entre inciensos, pencas y rocas conseguí ascender hasta la cresta, es decir a la parte más alta de La Mesa de Tejina. Aquí se pueden apreciar unas buenas vistas de todo el valle teguestero, desde la cumbre en Las Canteras hasta el mar.
    Embriagado por esta prodigiosa perspectiva, seguí caminando por el lado derecho pero aquí ya con cuidado, pues hay varios pasos algo difíciles y un poquito peligroso porque vas sobre unas lajas, pero bien nada que temer. Ahora estaba en la cara de La Mesa que mira hacia Bajamar. Luego pasé por una vereda ancha a modo de puente que a ambos lados hay un pequeño precipicio, pero muy fácil de pasar y sin sensación de vértigo, que va a dar a un morro rocoso que una vereda lo salva por un lateral entre zarzas y helechos y que a su vez pasa junto a unas cuevas que se comunican de un lado al otro de este morro. La última cueva tiene un hueco de un metro más o menos con forma de boca que, por un efecto óptico, puedes apreciar que hasta tiene su campanilla y por donde claramente se ve la luz procedente del lado de Tegueste. Pues por esta boca me metí como si ella me engullera de un bocado y me encontré con una cueva abierta. Salí de aquí y seguí por la veredita hasta llegar a una cuevita, por la que subí trepando por un lateral de la misma y que me llevó ya a la plataforma de La Mesa de Tejina, y como dice mi guía, puede comprobar que es completamente horizontal.
    Proseguí por el lado derecho del círculo, de cara al barranco de Porlier, donde paré un minuto para fijarme en el caminito que posteriormente tendría que acometer. Pues mirando hacia abajo hacia el cauce del barranco me ocurrió algo apasionante. Me fijo en lo que supuse era un guirre o un cernícalo (todavía no los distingo), que desde el fondo del barranco, muy lentamente con las alas completamente extendidas y sin apenas moverlas, comienza a elevarse aprovechando las corrientes de aire caliente con mucha maestría, para mostrarme una elegante demostración de acrobacia. Al llegar a mi altura, en un cruce de miradas, pasó orgulloso frente a mi casi sin inmutarse y con sus alas me indicaba con cierta arrogancia de señor del aíre, lo grande que eran sus dominios. Luego siguió subiendo, teniendo de fondo para completar el cuadro, un cielo azul cruzado por una jabalina de nubes rizadas, como si fueran bolitas de algodón muy juntas, hasta que éste se quedó inmóvil, ofreciéndome una demostración de equilibrio sin par. Y a todo esto yo embobado sin perderlo de vista. Después comenzó a describir círculos sobre mí lanzando al infinito su sonido característico ¡Una verdadera gozada! Continué por el senderito y el guirre seguía mis pasos subiendo y bajando a su antojo hasta que dio un giro y rápido se alejo hacia La Orilla. Ni con dinero se paga este fascinante espectáculo.
    En poco tiempo llegué al extremo más bajo de La Mesa, donde un grupo de guirres salió volando de detrás de unas rocas, al notar mi presencia. Al llegar a este punto, en este mismo instante no puedo expresar con palabras, como yo quisiera, lo que realmente siento. Solo sé que me sentí diminuto, poca cosa frente a tan grandioso espejismo, cuya hechicera visión, me cautiva y seduce, con un amor completamente distinto pero compatible al que siento por los míos. A veces pienso si soy merecedor de todo lo que se me está ofreciendo en estos días, es imposible recibir tanto por tan poco o mejor por nada. Solo puedo expresar la sensación de libertad y de paz que pude sentir en ese momento. Ante mi una completa panorámica que va desde Punta del Hidalgo por la derecha hasta la punta de Teno por la izquierda, teniendo sumiso a mis pies Tejina y Bajamar. Y frente a mí el océano hermanado con el cielo.
    En Tejina el campo de fútbol parecía un futbolín, los chiquillos del colegio hormigas corriendo en el patio, la carretera con sus rotondas un circuito de carreras. Hay grandes charcas a los pies de La Mesa que nunca había visto porque están por encima de la carretera. Sin dudarlo este lugar se merece una buena parada para un buen descanso, sentado en el borde del precipicio disfrutando además de la vista y aspirando la fresca brisa sin soltar una sola palabra solo escuchar... Ahora son ya casi las once de la mañana, momento para echar algo a la panza para poder recuperar energías. Estando comiendo volví a ver, como el viernes pasado, el avión de la compañía Santa Bárbara, pero esta vez saliendo del aeropuerto hacia su lejano destino, ¡Buen viaje! Al rato de estar sentado en la roca del despeñadero, la brisa empezó a ser un poco más fresca y comenzó a darme un poco de frío, así que era cuestión de ponerse algo de abrigo también me fije que se acercaba amenazadora una gran nube gris que presagiaba agua y aquí en La Mesa al ser un descampado no hay nada donde resguardarte, solo tenías las cuevas un poco más arriba, menos mal que al final no pasó nada, solo fue un amago.
    Una vez descansado era el momento de marcharse de este lugar, dicho de aso solo reservado a los dioses y a algún que otro mortal que se atreva a llegar hasta aquí. Así que media vuelta y sin mirar atrás, doy comienzo a desandar todo el camino, hasta llegar a la encrucijada en La Gollada, no sin antes sentir cierta nostalgia de abandonar este lugar. Una despedida a Tegueste y comencé a bajar el sendero por el barranco de Porlier. El caminito va por la cabecera del barranco hacia la ladera derecha del mismo. El problema que me encontré en todo el camino hasta Bajamar, fue que debido a la lluvia del día anterior, el campo estaba completamente anegado, el lodo se te pegaba a las botas que a veces te hacía resbalar, por esto tenía que pisar con mucho cuidado, aún así el bajo de los pantalones acabaron llenos de barro.
    Después de Porlier atravesé dos barranquillos que son afluente de éste y fue muy gratificante ver correr por el cauce el agua que desde La Orilla, bajaba entre las piedras formando pequeñas cascadas. En el silencio del valle podía oírse el sonido limpio que hacia el agua cristalina al caer golpeando las rocas. Pasados los afluentes se llega a un morro que separa los dos barrancos principales, es El Campillo, desde donde se puede apreciar Bajamar y el barranco de La Goleta. Después de atravesar una era abandonada, me dirigí por la derecha hacia el este, bajando hacia el cauce del barranco. Y lo mismo que en los anteriores barranquillos, caía el agua por las paredes pero aquí se apreciaba mucho más la fuerza del agua al caer a mayor altura, formando charcos en todo el cauce.
    Una vez en el fondo del barranco, comencé a ir hacia el oeste por la otra ladera y subiendo hacia dos casas abandonadas que ya había visto anteriormente. Pasé por encima y por detrás de ellas, metiendo las botas por barro y ahora ya empezaba a bajar la vereda. En esta ladera del barranco entre inciensos, tabaibas y piteras solo hay tres palmeras, la primera pasé muy cerca de ella, una vez rebasada la casa, la segunda esbelta y muy bonita, por debajo y algo alejado de ella y la tercera pequeña pero esplendorosa en su melena de palmas, el camino me llevó directamente a ella. Después de pasarla, el sendero va paralelo a un canal tapado que al bajar perdí de vista pero que luego volví a recuperar.
    Caminando distraído por esta zona, como en otras excursiones, volvieron a salirme de improviso dos codornices con sus estridentes graznidos y como nunca me las espero, me volvieron a pegar un susto... ¡Las muy hijas de... su mamá! Más adelante cruce otro canal, éste estaba abierto y por él corría agua, y el camino me llevo hasta un eucalipto, y aquí se perdía el sendero. A continuación me dirigí hacia un canal que vertía agua en un estanque. Pasé por el lado derecho bordeando el estanque y comencé a descender por grandes bloques de piedra que rodeaban el estanque, después pasé junto a un derrubio de toscas y barro que se veía plantado. Llegué a una pista que empezaba en muy mal estado pero que después mejoraba. Por debajo había una casa, que para mi era un goro aunque no vi cochinos, pero su presencia se notaba en el ambiente. Pasé la casa por su izquierda y seguí la pista que giraba hacia la derecha enfilando una pequeña recta y a la izquierda en otra curva, una casa con unas palmeras y un drago. Pues bajando pude ver cerca de la casa y en medio de la pista un perro dormido. Al verlo se me dispararon todas las alarmas, no me gusta ver perros sueltos, así que desde aquí comencé a hacer ruido tocando palmas para llamar la atención del perro y del dueño donde quiera que estuviera. Además de levantarse este perro enseguida salió una perra de la casa armando un gran escándalo, menos mal que detrás apareció el dueño y menos mal que eran mansos, los peligrosos estaban amarrados. Saludo de rigor y carretera y manta en dos minutos llegue a la carretera general, donde solo quedaba ir a la parada y como siempre en ese momento pasaba la perrera, pues para no esperar aquí me llegue en cinco minutos a Bajamar y de aquí para casa.
    Estando en la parada de Bajamar, justo enfrente hay un horno de pan que estaba desprendiendo un olorcillo a pan recién hecho que cruzaba la carretera y llegaba a donde yo estaba, con el consiguiente aviso de peligro por el vuelco en mi estómago, con el hambre que tenía a esa hora. Pues solo era cuestión de cruzar y aprovechar para llevar pan para casa. Pero no sé que ocurrió que por el camino uno de los panes se esfumó y también el hambre. ¡Gran misterio, difícil de resolver!

Viernes 24 de octubre de 2.003

5 de Octubre 2026