sábado, 19 de octubre de 2002

05 De La Esperanza a La Florida


Caminata con Imprevistos

(Llamada así por la cantidad de acontecimientos que nos habrían de pasar durante toda la jornada)


    Nos despertamos temprano, sobre las cinco y media de la mañana. Esta vez teníamos planeado hacer un estupendo itinerario, hacia el Roque Bermejo y al faro de Anaga. Para eso teníamos que coger la guagua de las siete y media que sale de la estación con destino a Chamorga. Salimos de casa, esta vez también venía Merci, y como otras veces, cogimos la guagua sobre las seis y media y nos bajamos en el mercado, se impuso la comprita del pan y un dulcito para llevar puesto, aunque para darle gusto al cuerpo, esta vez tocaron a dos por cada uno. Abandonamos el mercado y nos dirigimos a la estación de guaguas. Una vez allí, nos fuimos a la placita de la estación hacia el punto de partida de la guagua hacia Chamorga y ¿...? ¡Me cago en la leche!... ¡No puede ser!... Alrededor de la parada había dos grupos grandes de jóvenes y unas personas mayores que iban a pescar, además de nosotros cuatro; y solo había un mísero micro de muy pocas plazas. Todas las veces que habíamos estado en la estación la guagüita siempre salía con muy poca gente, por no decir casi vacía, pero hoy no, ¿Qué pasó... para tener la misma idea todos?

    Pues sobre la marcha, como cualquier sitio es bueno para pasar el día, decidimos cambiar el itinerario e irnos a Las Lagunetas, en La Esperanza. Las excursiones para nosotros tienen el sentido de tranquilidad, sin agobios para disfrutar de un día en lugares donde no vaya mucha gente. Rápidamente nos dirigimos a la guagua que va al Puerto de la Cruz, que nos dejaría en la estación de La Laguna. Una vez subidos en la guagua, observamos que el micro de Chamorga salía cargado hasta los topes, incluso habían sentados unos encima de otros, y los viejillos se quedaron en tierra con las ganas de echarse una pesquilla. Bueno pues llegamos a la estación lagunera, no eran todavía las ocho de la mañana, y de suerte que allí estaba la guagua para La Esperanza. ¡Así me gusta, tempranito! Pues como en excursiones anteriores, nos dirigimos a Las Rosas y desde allí, comenzaríamos a caminar para dirigirnos al parque de Las Raíces.

    Cosa graciosa fue que, en los zarzales del camino, que en anteriores sábados había moras, no quedaba muchas y las pocas que quedaban estaban muy altas, con gran desilusión para las chicas. Luego subiendo la pendiente a nuestra derecha, Merci se fijó en una pequeña capillita que los vecinos del lugar la tienen muy bien arregladita, dedicada a la Virgen de Candelaria y donde también hay un busto de José Gregorio Hernández. Y frente a ésta en la pared de un restaurante, han pintado un mural, también dedicado a La Morenita, que está muy bien. Seguimos subiendo y por el camino bajaba un chico montado en su “piba”, ¿... o sería tal vez una chica?, la verdad es que no se sabía muy bien lo que era aquello, así que un saludito y a seguir el caminito.

    En la pista hacia Las Raíces a Loe le dieron ganas de “cambiar el agua al canario” y cuando estaba practicando éste menester, Merci se da cuenta de una cosa y le dice: ¡Mira! El susto que se llevo Loe y el rechazo que hizo hacía atrás, que nunca había visto ponerse unos pantalones tan rápido. Y todo era porque cuando estaba en posición de... ¿Cómo diríamos...? ¡Esquiar! Junto a ella y puesto boca arriba había un cráneo de perro, al que solo le faltaba la mandíbula inferior ¡Qué situación! Para una foto. Si por las trampas del demonio, estando en posición llega a pisar la mandíbula y de un salto, ésta le llega a rozar una nalga, a Loe la hubiéramos tenido que ir a buscar a Granadilla.

    Llegamos a Las Raíces, donde nos desayunamos y descansamos un poco, después de llenar las botellas de agua, nos pusimos en camino, cuando en ese mismo momento aparecía una guagua y dejaba en el parque una jauría de chiquillos y unas Marías armando un zafarrancho de combate ¡De la que nos libramos! Cogimos la pista que sale de los aparcamientos, pista de “Las Leñas”, pista que se interna en el bosque, comienza a subir para después desembocar en la pista de “Ovejeros”. Una vez aquí, seguimos por la izquierda hasta llegar al cruce con la pista “El Fayal” que por la izquierda baja hasta Barranco Hondo, y por la derecha nos lleva a Las Lagunetas. Nosotros cogimos la de la derecha subiendo entre pinos. Es una pista un poco aburrida, porque no tiene cambios, solo encuentras pinos, pinos y más pinos; sin ninguna variedad salvo al final algunos monumentos metálicos dedicados a Unelco.

    La única novedad fue que la pista era muy transitada. Primero cuando íbamos subiendo, aparecieron por detrás de nosotros, dos corceles muy altivos y distinguidos con jinete y amazona, caminando con paso elegante y muy exquisito, que no cambiaban el ritmo de marcha ni en las subidas, siempre al mismo paso, hasta que nos adelantaron y los perdimos de vista. De lo que sí nos dimos cuenta fue que los caballos debían ir cargados con regalitos porque según íbamos avanzando, nos encontrábamos con esos paquetitos olorosos en mitad del camino que seguro se les cayeron a los equinos, y como algunos de estos se habían roto al caer, se podía intuir que era algún perfume de esos caros por el aroma que desprendían, pero que debían estar un poco caducados.

    Luego nos cruzamos con un jeep que probablemente iría a buscar pinocha. Poco después fue con algunos grupitos de pibes que bajaban, practicando bicicleta de montaña. Por el calorcillo que estaba haciendo, a Loe le estaba molestando el pañuelo y se lo desató; más tarde se dio cuenta de que no lo tenía, que se le había caído en alguna parte del camino. Ya habíamos bajado un par de metros por el camino para buscarlo y cuando ya nos disponíamos a darlo por perdido, aparecieron subiendo dos de los chicos con sus bicicletas después de recorrer un kilometro en pendiente para devolvernos el pañuelo, eran dos pibes muy simpáticos y amables, todavía queda juventud sana y chachi en este mundo, a pesar de lo que la mayoría de la gente piensa.

    Por fin llegamos a Las Lagunetas, hacía muchos años que no estaba en este lugar, aunque con frecuencia pasaba de largo por la carretera general. ¡Qué cambiada estaba la zona! ¡Qué desastre! Además de la casa forestal de toda la vida, hay un bar y muchas casas acotadas por vallas metálicas, hasta incluso una casa rural famosa un poco más lejos. Para completar el equipo, también estaban los clásicos pijos, que por la pista de tierra pasaban a toda velocidad con sus motos de dos ruedas y las modernas de cuatro; como si estuvieran en un campeonato y sin respeto a los demás, levantando una polvacera impresionante. Para nada, nos apetecía quedarnos en un lugar tan pintoresco como éste.

    Seguimos bajando por la pista hasta llegar a Fuente Fría que visto lo anterior, está muy bien, ha sido acondicionado de tal forma que resulta bastante agradable para clásicos domingueros que después de estar toda una semana trabajando rodeado de gente, gustan de estar en las mismas condiciones el fin de semana. De todas formas, está muy bien, porque junto a la pista han hecho unos aparcamientos y en el hoyo: los antiguos chorros con llaves automáticas, una cabaña donde están los fogones y alrededor unas pocas mesas. Tengo que reconocer que está muy bien, aunque me repita. Allí había gente celebrando una fiesta. Aquí hicimos una parada mínima para coger agua y echarnos un trago de la misma ¡Buenísima, fresquita que da gusto!

    Continuamos bajando por la pista, y un par de curvas más adelante en el cruce con la pista Cabeza de Toro, entramos en ella e hicimos ya una parada con fundamento para dar buena cuenta de un condumio de frutas y descansar un poco. Estando aquí vimos bajar y subir motos y bicicletas. Nos llamó la atención, un matrimonio alemán de edad madurita: Él muy bien, se veía que practicaba este deporte; pero ella un poco rezagada, colorada como un tomate, se veía que le costaba ¡Oye, que la pendiente se las trae en lata!

    Media hora más tarde, continuamos nuestro camino bajando por la pista de Fuente Fría, ya que nos quedaba poco para llegar a nuestro destino, el parque recreativo “Lomo la Jara” y finalmente Agua García, cuando nos encontramos con una encrucijada de caminos, de donde salían tres pistas sin señalizar. Al no saber cual coger y ante la duda, decidimos continuar por la pista de Fuente Fría, hasta que llegamos a un punto de la pista donde nos encontramos con un cartel que ponía “T.M. El Sauzal”, ¡Me cago en la leche!, Ya nos habíamos pasado, pues a partir de aquí, la excursión se convirtió en un imprevisto total (de ahí el título), ya la pista no bajaba comenzaba a ir en llano.

    Lo primero que nos ocurrió fue que al grupo se unió un fulelé (o caballito del diablo) de un color azul turquesa muy bonito y que nos acompaño durante todo el camino; haciendo el papel de uno de esos nuevos guías de un centro de visitantes que nos lo enseñaba todo con el revoloteo y movimiento de sus alas. Seguimos adelante, encontrándonos más parejas montando en bicicleta, saludito de rigor y caminito adelante, La pista divide esta zona en dos: la zona de pinos a la izquierda y la de matorrales, zarzas y arbustos a la derecha, abriéndose también grandes claros que nos mostraban unas impresionantes vistas de montañas cubiertas de un intenso color verde esmeralda en contrapunto de un cielo azul claro, nítido y diáfano, que solo lo manchaba de forma graciosa, unas pocas nubes colocadas estratégicamente con cierta armonía, para que la escena, no resultara aburrida y de fondo un poco tamizado por la luz, nuestro querido Teide, y a sus pies sumisa la corona forestal.

    Un día muy bueno, y eso que la previsión meteorológica del día anterior nos indicaba lluvia y fuertes vientos en zonas de medianía y en altura. Para otra vez, cuando la previsión sea de “lluvias y vientos fuertes”, coge el bañador y la toalla para ir derechitos a la playa. ¡Qué petardos son! Estos deben de pertenecer al gabinete astrológico de alguna bruja, y por si acaso “dos velas negras que te vas a c_ _ _ _ _”, ¡No dan una!

    Continuamos por el camino y nos encontramos con varias pistas que nos salían al paso, pero estas si estaban señalizadas con letreros de madera nuevos, que el cabildo ha colocado (por fin, algo que hacen bien). Desde aquí se apreciaban unas vistas de Tacoronte, Los Naranjeros y Agua García muy interesantes. Después de un rato de camino, en el suelo empieza a brillar algo que, según te situaras brillaba más o menos, era una alianza de oro con dibujos en forma de red y que eran los que producían los destellos. Probablemente su dueña (por el tamaño) era una novia engañada que acabaría por descubrir las fullerías de su amado y que en este mismo lugar enfrentándolo con la verdad, quiso terminar para siempre con el pacto, lanzando al suelo el sagrado compromiso que la ataba a él (Ya estoy otra vez soñando). Pues al bolsillo que a mi no me importa de quien fuera, oro es oro.

    La pista seguía recta y a nuestra izquierda continuaba el tapiz forestal, que solo quedaba ensombrecido por unas estructuras metálicas, premio a la ecología concedido por y para Unelco (aunque sé que son necesarias), pero aún así intentando ignorar que no están, no me impedían admirar el espléndido panorama que se presentaba ante nosotros, ahora estabamos, según el cartel, en el T.M. La Matanza. Por aquí nos llega el olor del brezo, mezclado con el de unos cuantos eucaliptos que hay por la zona. Andando nuestro camino, pasamos ahora por el T.M. de La Victoria y nuestro amigo el fulelé, delante como fiel escolta, atento a cualquier peligro y abriendo paso. Por esta área, apareció un grupo de motos de dos y de tres ruedas que harían después todo el camino, pues nos los encontrábamos cuando hacían paradas. Por este sector ya nos estaba tocando un poco el cansancio y las primeras molestias de los pies, pero seguimos adelante pues el ímpetu y ansía de descubrir algo nueva era mayor y el paisaje merecía la pena.

    Entramos en el T.M. de Santa Ursula, y después de caminar un rato, nos encontramos a la derecha, en una olla, el parque recreativo Hoya del Abade, cuya entrada estaba presidida por un gran pescado, hecho de madera de pino muy original, pero yo me pregunto ¿Qué hace un pescado por estos andurriales? Estaba muy bien la zona de recreo, con mesas y columpios y para ser sábado, había gente disfrutando del día. Un poco más adelante, la pista quedaba cortada por unas obras que está acometiendo el cabildo, haciendo un pontón (puente ancho) para unir las laderas de un pequeño pero profundo barranco, que estaba en muy mal estado, aunque el paso estaba cerrado, incluso se prohibía el paso a personas, nosotros viendo que no había ningún peligro, saltamos la cadena y seguimos la pista, pasando por encima del pontón que ya estaba terminado, solo faltaba subir los muros. Pero eso sí, con mucha precaución por si acaso.

    Ya eran casi las cuatro de la tarde, cuando empezábamos a sentirnos cansados y con ganas de dejar la pista por la primera que se nos apareciera y así llegar al pueblo de Santa Ursula. Seguimos adelante y se nos aparece, como anillo al dedo, una pista por la derecha que ponía Tosca Barrios, pero decidimos no bajar por aquí, porque por ella se llega a unas zonas donde hay gente conocida nuestra y no teníamos ganas de visitar a nadie, así que seguimos adelante por una pequeña pendiente, que para Merci era mortal, del malestar se quejaba cada vez que pasaban las motos porque tenía que parar y apartarse del camino y también por el fuerte escándalo que armaban pues iban a todo trapo por la pista. Por el lado derecho teníamos un profundo barranco que, si por un accidente uno se cayera, se tardaría bastante rato en ser encontrado. Desde La Victoria a Santa Ursula el monte de pinos se va mezclando con la laurisilva y zonas de fayal brezal, pues siguiendo nuestro camino, en una de las curvas, vimos lo que creo que es un pequeño atentado ecológico, pues aparecieron unos cinco o seis cipreses grandes y altísimos, que por la disposición que tenían, seguro que fueron plantados, y que, a mi parecer, estaban fuera de lugar, haciendo el papel de intrusos dentro de la laurisilva.

    Ahora aparecían en el camino algunas pistas, pero estas no tenían salida. Después de pasar unas cuantas curvas, llegamos a otra pendiente y a una curva cerrada, que tapaba el otro lado, al final de esta curva se nos aparece en todo su esplendor un grandísimo, abrupto y profundo barranco, donde la ladera opuesta se veía bastante lejos y que para llegar allí tardamos aproximadamente una media hora de camino. Al final del barranco se podía divisar el gran puente de la autopista que une ambos lados del barranco. Por ciertas curvas donde no había tanto follaje, se podían apreciar unas vistas muy bonitas de toda la zona de La Victoria y Santa Ursula.

    Y seguimos adelante con nuestro amigo el fulelé, como un niño con su globo, ya bastante cansadillos. Al fin, la pista del Rayo, desemboca en otra que venía de arriba del monte y continuaba. Aquí había dos carteles: uno decía que estabamos en Cuatro Caminos y el otro, que la pista iba hacia Santa Ursula y a La Orotava. Comenzamos a bajar por la pista aliviados y un poco más alegres porque veíamos que ya íbamos a llegar... ¡Y una mierda! Todavía nos quedaba bastante camino.

Bajando por la pista nos sale a la izquierda, la pista que va hacia la Orotava, continuamos bajando y por esta zona, nos encontramos con el único grupo de gente que subía caminando la pista. También algún que otro jeep conducido por algún que otro magito (esto se nota enseguida). Después de estos, un grupo de motos de cuatro ruedas como haciendo un safari, donde en cada una venían dos personas. En la última de estas motos venía conduciendo una extranjera que yo creo que venía promocionando algún producto lácteo y que después se hacían los pedidos por Internet, porque con el movimiento de la moto, los embaces que retenían el producto, que aparentemente venían sueltos (que por ciento antiguamente eran metálicos y se llevaban en la cabeza con un rodete de tela) tenían un movimiento de vaivén de izquierda a derecha con giro y saltos de arriba abajo ¡Y no se derramaba nada! Y eso que estaban sujetos por un trozo de tela negro, anudado al cuello y a la espalda ¡Buenas cántaras señora! Que Dios se las guarde y conserve para que nadie les haga mal de ojos. ¡Cómo cambian los tiempos! Si esto lo llegan a ver nuestras queridas lecheritas, salen despavoridas.

    Continuamos bajando y llegamos a un cruce donde terminaba la pista de tierra y seguía ahora por asfalto con un sendero a la izquierda de tierra, justo aquí nos abandonaba nuestro compañero de viaje el fulelé ¡Adiós amigo y hasta la próxima! ¡Buen muchacho y un guía muy barato! En esta encrucijada había un furgón con una chica y nos indicó, que por el camino llegaríamos antes a Pino Alto y que, pasando por una plaza con una ermita, llegaríamos a otra pequeña placita y aquí cogiéramos a la izquierda. Pues así lo hicimos, por el camino de tierra, pero para como teníamos los pies, estaba echo un campo de minas, aunque la chica tenía razón se cortaba bastante camino, accediendo otra vez a la carretera bastante más abajo. Ya eran cosa de las seis y diez de la tarde y según íbamos bajando, se observaban unas asombrosas vistas del Valle de La Orotava, Los Realejos y Puerto de la Cruz.

    Cuando llegamos a la placita, había gente sentada pasando la tarde y siguiendo las indicaciones de la chica, cogimos a la izquierda, pues se equivocó, era hacia la derecha. Al rato de ir caminando veíamos que nos acercábamos más al Valle y nos alejábamos de Santa Úrsula, ahora estábamos en el barrio de Pino Alto, ¡y yo p’atrás no vuelvo, ni pa’ coger resuello! Seguimos adelante. Pasamos por unas casas que tenían de particular, unos buzones de correo que estaban decorados muy simpáticos, incluso había uno que simulaba una casa de muñecas, con sus ventanas y puerta. Luego nos encontramos con una fuerte pendiente, ¡Qué pena para nuestros pies!, donde los coches subían a todo meter, porque si no se quedarían a mitad de la cuesta. Bajamos ésta y seguimos por otra calle que sube para dirigirnos a un núcleo de casas que se veía. No sabíamos bien donde estábamos.

    Al final de la subida, después de aguantar muchas quejas de una de las chicas, aunque sé que tenía razón. Loe vio una cabañita con un asiento largo, frente a un bar y pensó que esta era la parada de guaguas, salió disparada hacia ella, pero resultó que no era. La parada estaba bajando la calle que cortaba a la nuestra, en otra cabañita. Eran ya las siete menos veinte. En la parada había dos chicas, a las que le preguntamos por el horario de la guagua y nos dijeron que, sobre la siete menos cuarto, aunque nos lo dijeron riéndose, porque no son puntuales. Sabíamos que estábamos en la Orotava, pero aún no sabíamos en donde y por vergüenza, por no hacer el ridículo y nos trataran como a ignorante, no preguntamos nada ¡Fuerte estupidez por nuestra parte!

    Al poco rato apareció una guagua que ponía “La Orotava, La Florida, Los Pollos” y cogimos pues la guagua que venía de La Florida. Ésta nos llevo por unas calles estrechas que en algunos puntos tenía que parar, porque muchos coches mal aparcados le impedían seguir; en otros lugares las aceras eran estrechas o no existían que incluso podías sacar la mano y saludar a cualquier María que estuviera asomada a la ventana. En uno de estos lugares en los que la guagua tuvo que parar, me fijo en el letrero de un comercio y leo “Panadería, Dulcería La Florida”, Merci y yo nos miramos y empezamos a reírnos, pues la guagua no venía de la Florida, sino que estaba en ella. Aunque tengo que decir que el barrio estaba cambiadísimo, no lo reconocí sino cuando llegué al cruce. La guagua siguió por Los Pollos y salió por la carretera que va a La Perdoma. Ya luego a la estación que serían cosa de las siete de la tarde.

    La guagua para Santa Cruz, procedente del Puerto de la Cruz salía a las ocho menos cuarto. ¡Teníamos que esperar tres cuartos de hora! En ese momento apareció una que iba para el Puerto por Las Arenas, pues para no esperar la cogimos. Menos mal que con el bonobus te puedes mover a muchos sitios con muy poco dinero, Merci me dijo riéndose que parecíamos "giris”, haciendo un tour turístico por la ciudad. Esta guagua pasa por la zona comercial de El Mayorazgo y desde luego por el C.C. La Villa (o sea Alcampo) ¡Ay! ¡Lo que consigue el vil dinero! Llegando a la estación del Puerto, vemos como se nos escapa la guagua para Santa Cruz, bueno pues a esperar en vez de salir a las ocho menos cuarto de la Orotava, salimos a la misma hora del Puerto.

    Una vez en la estación, no sé si por una corriente de aire, por una bajada de tensión o por el mal estar del cuerpo del propio viaje, a mi querida Ari le dio como un vahído, un mareíllo vamos, que se quedó blanca como un fantasma, más pálida que un gufo, con perdón, toda mareada y con ganas de vomitar. La madre la acompañó a los servicios y Loe y yo nos quedamos fuera. Pues justo en ese momento, aparecía mi guagüita/gusano ¡Me cago en la leche! ¡Qué inoportuno! Loe fue rápido a buscar a las chicas pues en la parada había muy poca gente y la guagua arrancaría enseguida. Pero yo no sé lo que pasó que, como si de unas grandes rebajas se tratara, empezó a llegar gente que no sé de donde salió y se armó una cola bastante grande. Así la niña pudo volver a los servicios y terminar bien la faena, llevándose las dos orejas y el rabo. Por suerte que después se le quitó todo. Bueno, por fin nos subimos a la guagua, pero dentro hacía un gran calor, pues era de grandes ventanales condenados y solo estaban abiertos unos ventanillos pequeños en lo alto, pero al estar la guagua parada no entraba aire; y eso que, como en los aviones, con la mano abrimos los aparatitos que acondicionan y dirigen el aire hacia tu cabeza, pero ni así, a esto se le sumó algún problema que tenía el conductor con una conversación un poco acalorada, en la cabina de información de Titsa de la estación, pero al fin salimos.

    Llegamos a casa sobre las nueve de la noche, cansados, agotados, molidos y lleno de dolores por todos lados; pero aún después de todos los imprevistos e inconvenientes, haciendo una encuesta general, ¡Sí! Volveríamos a repetir la experiencia, vale la pena y nos llena de vida. Y el pobre Trufo, solo todo el día en casa.

Sábado, 19 de octubre de 2002

viernes, 11 de octubre de 2002

04 Maravillosos Acantilados

 

El Bailadero - Afur - Taganana


    Hoy es día del Pilar y como de costumbre, nos levantamos muy temprano, sobre las cinco de la mañana. Intentamos hacer la ruta Santa Cruz - Taganana por el Bailadero, y esta vez nos acompaña Merci, por fin la familia al completo. Una vez todo y todos preparados y después de tomarnos un buen cortadito mañanero, arrancamos la caña y para la parada, como novios que esperan a su prometida, a nuestra querida perrera. Como es de esperar a las seis y cuarto de la mañana, éramos los únicos allí, cogimos la guagua, venía bastante gente con mochilas ¡qué raro a esta hora tanta gente!, Pues siempre suelen ir muy pocos, por no decir nadie. El motivo era muy sencillo hoy a las siete de la mañana salía de Candelaria, "La Morenita” que venía en peregrinación a Santa Cruz (como cada siete años)… ¡y precisamente hoy nosotros nos vamos fuera! ¡Que desagradecidos! Bueno ya nos confesaremos el pecadillo.

    Nos bajamos en el mercado a eso de las seis y media, todavía estaban colocando los puestos, nos dirigimos a la panadería, a comprar el pan, y no lo puedo evitar... unos dulcitos. Salimos por la parte trasera y bajamos por la rambla azul, la del mercadillo, que hoy al ser fiesta estaba concurrida de gente que iba y venía: los que venían a trabajar montando los puestos del rastro y los que iban a dormir, después de una larga noche de trabajo, es decir, nuestros mariquitas y mujeres de mala reputación, aunque yo creo que la reputación la tiene y muy buena.

Seguimos adelante y nos dirigimos a la estación, donde por cierto había movimiento por la gente que deseaba ir a Candelaria a acompañar a nuestra virgen. Nuestra perrera salía a las siete y cinco para Taganana, aunque podíamos haber cogido la otra guagua que pasa por el Bailadero, donde queríamos ir en realidad que nos venía mejor porque ésta iba a Chamorga, pero salía a las siete y media. Además si hubiéramos esperado, no nos habríamos enterado de dos buenos senderos que nos dijo el chófer para acortar bastante el camino, sobre todo para nosotros que aún estamos muy verdes en esto de las caminatas. En la guagua sólo subieron: el chófer por supuesto, si no ¿Quién llevaría la perrera?, un hombre y nosotros que como siempre nos pusimos en el gallinero, sacrilegio sería no hacerlo de otra manera, y a rodar que va llegando el día y se escapan los perros. Estaba todo oscuro, no había amanecido y era noche cerrada, pero me reafirmo en que es una buena hora, para salir a caminar. Después de pasar las mil y una curvas de la carretera de San Andrés a Taganana, el chofer nos dejó muy cerca de la entrada al túnel, justo en el pequeño parque y nos indicó el sendero para llegar al Bailadero en un periquete y otro para llegar a la casa forestal, que en total nos ahorrábamos más de una hora de camino. Un chofer muy amable y servicial. ¡Que vivan los choferes de nuestras perreras!, Bueno no todos.

    A eso de las ocho menos veinte, aún a oscuras aunque ya en el horizonte iban tímidamente apareciendo, los primeros rallos de sol, indicándonos que faltaba poco para amanecer; comenzamos a subir por el sendero y menos mal que llevaba una linterna, porque estaba todo oscuro, en el ambiente reinaba una fresca brisa reparadora que, muy suavemente acariciaba la cara y coquetamente seguía bajando el sendero jugando con la hojarasca. Había también un silencio absoluto solo interrumpido a veces, por el canto de algún pájaro madrugador y el ladrido lejano de algún perrillo. El sendero estaba húmedo como es natural en esta zona y en algunos sitios era resbaladizo. Tardaríamos en subir como unos diez minutos en llegar al Bailadero, y vienes a salir justo frente al restaurante. Una vez en la carretera a Chamorga cogimos hacia la izquierda dirigiéndonos hacia el cruce, pasando las casas y en la última, la más alejada que estaba en construcción, como nos había indicado el chofer, en un lateral se encontraba el otro sendero que quedaba justo antes de llegar al cruce. Este era otro fantástico sendero.

    Ya comenzaba a amanecer en toda su plenitud, notábamos en nuestras caras el frescor del rocío y el olor que desprende el breso mojado al ser balanceado por el viento aromando así el camino. Buscamos unos palos para que nos facilitara las subidas y caminito adelante. Este sendero corta bastante camino, viene a salir antes del km-13 de la carretera general, que una vez allí comenzamos a subirla siempre por el lado izquierdo por seguridad, para no encontrarnos con accidentes innecesarios.

Hacía fresco y esto era de agradecer, comenzó a aparecer un poco de neblina, que a veces, parecía que llovía pero eran las gotas de agua que caían de los árboles, cuando las movía el viento, es lo que aquí llamamos lluvia horizontal, y motivado por el ambiente que se respiraba, mirando al entorno hizo que se disparará una chispa en mi razón y sin poderlo evitar, dando rienda suelta a la imaginación comienzo a soñar despierto que...
... esa neblina parecía como un gran manto que en forma de blanco tul nos envolvía y nos invitaba a adentrarnos más y más en el sendero del misterio. La bruma nos vigilaba agazapada entre la laurisilva del monte, observándonos y estudiando nuestros movimientos, luego ya plena de confianza, poco a poco fue dejándose ver. De improviso y ayudada por su amiga la brisa de la mañana, nos rodeaba y cual gangochera, nos cambiaba un beso por una fresca caricia, que era muy agradable. Luego rápidamente saltando de árbol en árbol se alejaba para regresar al instante, mimosa y alocada a rodearnos otra vez como un torbellino y marcharse corriendo en un juego en el que quería que nosotros interviniéramos. Más al darse cuenta de nuestra indiferencia, la embargó un sentimiento de decepción y cual quimera voló de súbito a esconderse en el monte, en las profundidades del abrupto barranco, a refugiarse llorando desconsolada en los brazos de un viejo laurel que compadecido, como un bálsamo la calmaba, acercando a su cara una de sus ramas que con sus hojas de esmeraldas, recogía una a una, las mil y una lágrimas cristalinas que por sus mejillas rodaban. Pero en un momento de ira y rabia, con la fuerza de su amigo el viento, zarandeó los brazos de quien la aliviaba derramándose las gotas que, igual que dagas, en el abismo del olvido se clavaban. Luego en un momento de desesperación, arremete contra nosotros y frente a frente, nos enseña su dolor, llorando amargamente el despecho, empapando nuestro rostro con una bofetada de sus frescas y frías manos. Luego huyó con su tristeza y desapareció entre brezos para nunca más volver...

Los sueños, sueños son… y volviendo a la realidad después de tan sublime momento, continuamos subiendo por esta carretera. A esta hora de la mañana pasan muy pocos coches, pero había uno que parecía que nos siguiera. Este era un renault clio de color azul metálico, que subía y al rato bajaba y así se pegó un buen rato, por lo que se veía que estaba entrenando para alguna competición. Luego subiendo a la derecha nos encontramos con varios espacios abiertos para descansar. En uno de estos quedaron algunos recuerdos (souvenirs) de la familia Brito Mesa. ¡Que aproveche!

    Un poco más tarde, nos encontramos con los agentes de medio ambiente, que amablemente nos dijeron que faltaba muy poco para llegar a la casa forestal, que está situada en el Roque de Los Pasos. Una vez llegamos a la casa, nos dimos cuenta de la cantidad de veces que hemos pasado por delante de ella, sin saber que era la casa forestal, para mí siempre fue una casa particular. Esta está pintada de color salmón y blanco, muy bonita, con placas solares y una veleta, junto a la casa hay un chorro de agua y un mapa describiendo los dos senderos que parten desde aquí.

    En la carretera pasando la casa se encuentra solitaria una parada de guaguas, con su cartel en el interior indicando que desde La Laguna salen guagua para Las Carboneras, Taborno, Roque Negro, Afur y el Bailadero, y sus correspondientes horarios. Así que tomamos buena nota para otra vez. En esta parada, hicimos un alto en el camino, para descansar y desayunar nuestro deseado bocadillo de queso con chorizo de oferta, por el que mataría al que en ese momento intentara quitármelo; también para tomar agüita fresca del chorro forestal.

    Los senderos que están junto a la casa, uno va hacia Taganana, el que sube a la derecha y el otro más ancho que baja hacia la izquierda a Afur. El cartel indicador dice que el recorrido de cada uno es aproximadamente de una hora, pero a un paso sosegado sin prisas te puede llevar un poco más. Nosotros elegimos hacer el sendero hacia Afur. Esta pista baja serpenteando, pero está muy bien, al rato se ve por la izquierda el Roque Taborno. Seguimos bajando, dando buena cuenta de un bolsillo lleno de frutos secos y también nuestro famoso cuadrito de energía. A las chicas se les pusieron los ojos como chernes, al ver la cantidad de zarzales que había, pero para desgracia de ellas tenían muy pocos moras maduras, aunque buscando algunas encontraron.

    Un poco más tarde nos encontramos con una pista a la izquierda que va a dar al caserío de Roque Negro, pero nosotros continuamos hacia abajo. Por el camino nos encontramos con una casa y en la curva siguiente una pista asfaltada que va a esta casa, saliendo de otra curva nos topamos de frente con una torreta de la luz y de fondo una montaña cuya cima eran rocas escarpadas que formaban varias figuras con formas muy curiosas. Un poco más adelante nos encontramos a varias personas faenando unos terrenitos, saludito de rigor que eso es de bien nacido y andando se hace el camino. Más adelante la pista llega a la carretera general y frente a nosotros aparece Roque Negro y unas casas pegadas al roque, es el caserío del mismo nombre. Bajamos por la carretera hacia la derecha y llegamos a Inchires, que son las primeras casas que te encuentras a la derecha, donde hay un bar – restaurante y un poco más abajo a la izquierda bordeando el barranco el caserío de Afur.

    Llegamos hasta el final de la carretera, a unos aparcamientos y nos encontramos una ermita pequeña pero muy acogedora y una plaza pequeña con su banco; un lugar muy agradable donde muy fácilmente te puedes quedar en los brazos de Morfeo, después de haber pasado por la venta/restaurante de D. José Cañón y haber dado buena cuenta de una exquisita carne de cabra o de conejo. Pero nosotros somos de la cultura del bocadillo, pero aún así no podíamos dejar pasar este momento, pues la plazita bien merece que echemos un pequeño descanso en uno de sus bancos. Tranquilidad absoluta es la palabra clave de este rincón, tanto es así, que a veces la conversación que mantenía la gente en una ladera del barranco, se podía oír claramente desde aquí, una delicia de lugar. En el cauce del barranco había gente trabajando la tierra, como se nota que para nuestros sufridos maguitos, no hay domingos ni días festivos.

    Continuamos nuestro itinerario ahora hacia la playa de Tamadite, bajando los escalones de la plaza y nos dirigimos hacia la izquierda de los aparcamientos, donde comienza el sendero muy bien señalizado, pues alguien se ha molestado en márcalo con unas manchas verdes que no puedes perder. Es un sendero que no está nada mal, aunque tiene algunos tramos un poco dificultosos. Comenzamos a bajar por la derecha, pronto nos encontramos con un cruce y siguiendo las manchas verdes se pasa por un lugar donde el suelo es de roca negra. Un poco más abajo nos encontramos con una gran roca hacia lo alto, que como si de un dedo se tratara, señalaba hacia el cielo, es de unos cuatro o cinco metros de alto, el sendero pasa junto a este roque y lo rodea. Justo pasando por él, teniéndolo encima de nosotros que parecía que se nos iba a caer encima y aplastarnos, va y se le desatan los cordones del tenis de Ari, y hubo que atárselos allí mismo, la verdad es que daba un poco de miedillo, con un ojo en los tenis y otro en el roque, por si acaso. Seguimos adelante por el lado derecho del barranco, en este punto se podía oír correr el hilillo de agua por el cauce, El sendero transcurre por zonas llanas, algunas subidas y con escalones algo resbaladizos, unas veces íbamos por el margen derecho del barranco y otras por el izquierdo, en algunos tramos habían hecho barandillas con troncos de madera que actualmente están un poco cascados.

    En cuanto a la flora del lugar, nos encontramos con cardones, tabaibas, bejeques, piteras y en el cauce del barranco varios cañaverales y algo que hacia mucho tiempo que no veía: juncos. Muchas veces el cañaveral y los juncos eran tan frondosos que incluso tapaban el sendero y a veces no se podía ver. Hubo un lugar casi al final del recorrido donde teníamos que pasar pegados a las rocas porque las cañas y los juncos estaban tan apretados que solo dejaban un pasillo muy estrecho y por otros tenías que pasar pisando zonas anegadas.

    También en una parte del sendero que estaba descampado comenzaron a caer unas gotas gordas, preludio de lluvia, que nos puso un poco nervioso porque no había donde refugiarse, pero menos mal que enseguida se quitó. Lo que sí cayeron en todo el recorrido fue algún que otro cuadrito mágico de energía (marca Dolca) que nos alegraba el caminito.

    Bajando a la derecha teníamos una montaña y en lo alto, dominando todo el barranco, se encontraba el Roque Taborno, que nos indica que falta poco para el final. Subimos un lomito y cuando llegamos a la cima, se presentó allá abajo y al frente en todo su esplendor, la bahía y la playa, comenzamos a bajar hacia la misma llegando a eso de la una de la tarde. Pasamos junto a una casa solitaria y muy pintoresca, pues tenía una terraza con su mesa y unos bancos y cercada con una valla metálica, aunque más bien parecía una red, que me hacían recordar los gallineros de mi abuela, y a modo de decoración colgaban de la misma algunos motivos marineros como: un ancla, boyas, maromas, una cigala de plástico, etc.

    Tamadite es una playa solitaria, paradisiaca y peligrosa por el mar del norte, es de callados y rocas grandes, no se puede practicar los cincuenta metros mariposa, pero después de una buena caminata, bien se agradece refrescar los pies o si lo prefiere, darse un bañito con un cubo en uno de los charcos, ¡Qué rico y refrescante! Las chicas incluyendo a la madre, se remangaron los pantalones y al agua... los pies claro hasta que llegó una ola que casi las moja a todas, sólo les empapó el pantalón.

    Después de descansar durante una media hora, nos pusimos en camino pero esta vez hacia Taganana, pues tenemos por norma no volver sobre nuestros pasos, siempre que se pueda. Buscamos el sendero, que al principio no encontrábamos, pues éste estaba saliendo de la playa, dejando la casa a nuestra derecha y volviendo a pasar por el cañaveral que nos empotraba en la pared. Pasado todo esto, hay una roca redonda grande de color rojo en medio del barranco, bordeando ésta seguimos hacia el lado izquierdo de la cañada, es decir en las faldas de la montaña del Roque Tabona, ahí aparecieron nuestras conocidas manchas verdes que nos indicaban el camino correcto y nos guiaban hacia una vereda que subía en zigzag por la pendiente un poco fuerte, hacia la cuenca de dos lomos, dejando el roque a la derecha. En la subida casi llegando a la cima, volteando la cabeza se apreciaba una espléndida panorámica de la playa y de la costa norte de Anaga, abrupta y escarpada, a nuestra izquierda; y pensar que detrás de esta costa se encuentra la Punta Hidalgo.

    Cuando llegamos al lomo, nos esperaba otra sorpresa, una fantástica vista del acantilado y allá a lo lejos, un poco difuminados por la lejanía, los Roques de Almáciga y por si fuera poco, para completar el cuadro, en el horizonte cerca de los roques, navegaba un bonito velero de tres mástiles. Una postal real e indescriptible por la belleza de su colorido. Continuamos por el sendero que va bordeando el acantilado y que atraviesa varios barrancos Este sendero está calificado como peligroso debido al vértigo que produce y algo resbaladizo por la tierra suelta y algunos escalones, pero aunque es cierto, nosotros no lo encontramos así, sin embargo tomamos el consejo por lo que vale y tuvimos mucho cuidado y precaución. Este camino nos pareció mejor que el de Afur a Tamadite.

    En una parte del sendero, dejé que las chicas fueran delante, pero en una de estas, el sendero se hacía un poco irregular que nos llevó a lo alto de un barranco y allí desapareció la vereda... ¿Y ahora?... ¿Qué fue lo que pasó?... Pues algo muy sencillo, que las chicas no se fijaron y siguieron lo que creyeron que era el sendero, abandonando sin darse cuenta el camino principal, menos mal que pudimos seguir el que continuaba en la otra ladera y trepando un poco una cuesta entre matorrales pudimos volver al sendero original.

    Después de una hora de camino, ya en lo alto de una ladera, se veía al fondo los Roques de Anaga y las casas de los roques, en lo alto: Taganana y a lo lejos Almáciga y Benijos con sus roques, otra vista de escaparate. Continuamos adelante, el sendero termina en un mirador que han hecho con rocas y en un pedestal, una roca puntiaguda, y desde aquí, comienza una pista de tierra que... ¡Me cago en la leche! Vaya una subida y nosotros que ya estabamos acusando un poco el cansancio, tanto es así que Merci, se cansaba en las subidas acortando el paso, lo que nos indujo a un cambio en el ritmo de marcha y por tanto un mayor esfuerzo, lo que produce que el corazón late más rápido que parecía que lo tenías en el cogote. No había forma de que Merci no parara a mitad de las subidas, que era lo que le decía que hacía mal, que descansara antes o después de las mismas, pero no en medio. Mis comentarios a veces un poco inoportunos, la hicieron enfadar un poco, porque pensaba que yo estaba molesto con ella, cosa que no era cierta, lo que pasaba es que estaba cansado y excitado porque eran ya las tres de la tarde y veía que se nos estaba echando la hora encima de pasar la guagua de las tres y media, y si la perdíamos, tendríamos que esperar hasta las siete y media de la tarde. Afortunadamente ya estábamos cerca de Taganana, eEn una de estas interminables subidas ya aparecían algunas casas.

    Pasamos por un palmeral y una zona de viñedos, cosa lógica ya que Taganana es también famosa por sus vinos. Al llegar a lo alto, vimos que el camino comenzaba a bajar, cosa que se agradece y ya veíamos el cementerio, esto quería decir que ya estabamos cerca del pueblo y de nuestro destino. Vimos la plaza y la iglesia comenzamos a bajar por una de las empinadas calles y nosotros ya con molestias en los pies y en las caderas, bajando estas cuestas, parecíamos modelos intentando destacar sobre una pasarela, para ver quien lo hace mejor.

    Cerca ya de la plaza, había unos chorros de agua fresquísima, que me hicieron recordar los que había en la trasera del Calvario de Icod, ni que decir tiene que nos hinchamos. Ya en la plaza estábamos más reposados y tranquilos, las chicas entraron en la iglesia visita obligada y después de un leve descanso, continuamos pues eran ya las tres y cuarto de la tarde. Habíamos llegado con tiempo suficiente de coger la guagua que venía de Almáciga, por cierto, la parada está pasando una curva muy cerrada, en un sitio muy peligroso. Cogimos la guagua en la que solo iba el chofer y una señora, luego nosotros atrás como si estuviéramos peleados del resto del mundo. ¡Adiós mi Taganana querida!, te prometo que pronto volveré a verte.

Llegamos a Santa Cruz y nos bajamos en Muelle Norte, y de suerte que justo detrás venía la guagua que nos llevaría a casa, o sea que fue un transbordo muy rápido. Llegando ya cerca de nuestro destino, vimos que se acumulaba mucha gente, incluso en la parada anterior a la nuestra nos recibía un grupo folclórico cantando, y hasta llegar a la última parada mucha gente colocándose preparando el desfile. ¡Caramba! Parecíamos gente muy importante o alguien que había realizado alguna hazaña trascendental, nos quedamos extrañados. Al llegar a la parada, mucha gente se agolpaba a las puertas de la guagua, muy bien vestida con olores a perfume y esas cosas, hasta incluso ¡había una banda de música y todo!... Pues nada de eso, todo ese alboroto era debido a que estaba a punto de pasar por delante de la iglesia de Santa Bárbara por la carretera general la comitiva de la Virgen de Candelaria, en su peregrinación a Santa Cruz. ¡Que vergüenza! ¡Y nosotros llenos de mierda y con estos pelos! Bajamos rápido de la guagua y con la cabeza gacha... ¡patas pa’ que os quiero! Corriendo para casa... ¡Por Dios!... ¿Qué dirán los vecinos?... ¡Mañana salimos en la prensa!

Sábado, 12 de octubre del 2002

sábado, 5 de octubre de 2002

03 Por los barrios de El Rosario

 

Las Rosas - Bco. Hondo


    Demasiadas horas durmiendo ayer viernes por la tarde, que hoy aunque a trozos, no he podido pegar un ojo en toda esta noche. Bueno ya son las cinco de la madrugada y no aguanto más en la cama, a oscuras me levanto y lo primero; la visita obligada a mi amiga Roca, luego como si una fuerza tirara de mí, me asomo al espejo y..., ¡Jesús! ¡Que espanto! Acabo de ver reflejado al hermano de la niña del exorcista, menos mal que no hay nada que no arregle un poco de agua, un buen jabón y un peine. Una vez un poco remendado, subí a la cocina a preparar mi primer cafecito y entre tanto repasar los bártulos para la expedición de hoy. Así sobre las seis y media levanto a las chicas, se preparan, toman algo y nos marchamos.

    Cogemos la guagua y nos bajamos en el mercado de Nra. Sra. De Africa, agradable momento para pasear por el mercado al alba, cuando aún las luces mortecinas de la ciudad no se han apagado y ver a cuatro viejitas arrastrando su carro hacia el interior del recinto, con tal premura que pareciera que se iban a acabar las existencias. La entrada a este lugar se conoce incluso si te llevaran con los ojos cerrados, por los olores que perfuman el ambiente de los puestos de flores y de nuestras entrañables hierberas que te transportan por un instante a esos mercados de Bagdad, La India e incluso a un zoco marroquí; con fragancias de albahaca fresca, romero, tomillo o hierbabuena que como sutil droga, te envuelve, te atrapa e imaginariamente te ata los pies para no dejarte avanzar, haciéndote perder la razón por unos instantes ¡Qué maravillosos segundos! Entrar en el mercado es entrar en otro mundo, aunque no es el alegre y bullicioso mercado de mi niñez, donde la gente iba y venia, las señoras cargadas con los bolsos llenos de verduras a la cabeza haciendo equilibrio y un chiquillo en cada mano que la arrastraban hacia el olor de un buen cartucho de churros calentitos... ¿largos o argollas?... Una rueda de cinco duros, por favor. Este se ha convertido en un mercado más sosegado, más ceremonial, pero sin perder su idiosincrasia, esa magia que lo hace tan especial, ni tampoco sus tradicionales olores como el del puesto de las aceitunas o el de las especias morunas. Loe y Ari compran el avituallamiento de hoy en la planta baja y luego vamos por el pan, por cierto buenísimos, y no podemos resistirnos a la tentación de comprarnos cada uno un dulce fresquito y llevártelo puesto.

    Salimos del mercado como tres ladrones, por la puerta trasera y nos dirigimos hacia la estación de guaguas. Por el camino, Loe hace que me enfade un poco, pues para esta excursión se había puesto unos calcetines cortos, de esos que se usan por debajo del tobillo, sabiendo lo que le había pasado a su hermana Ari, en otra excursión. Pero bueno no vamos a hacer que la niña se sienta mal y continuo con bromas, aunque ella ha entendido perfectamente mis indirectas.

    Nos subimos en nuestra perrera, que más parece una serpiente, de las que van al Puerto de la Cruz, que son las que más se mueven, y por supuesto nos vamos al final que es donde más te diviertes. Justo entrando en la estación lagunera, vimos que estaba a punto de salir la guagua de la línea que va a La Esperanza; pues rápido nos bajamos y nos metemos en tropel en la otra, ¡menos mal, casi la perdemos! Las niñas se fueron a buscar sitio, mientras yo introduzco el bono en la maquinita. El chofer me preguntó:
  •  ¿Hasta donde?
  • Hasta Las Rosas.
  • ¡No, lo siento!... Ésta va por la cárcel, la suya sale a las ocho y media.
  • ¡Que chasco el que me lleve!
Y es que todo por las prisas, por no mirar los letreros; y ya la máquina me había cobrado un viaje, pero no hubo ningún problema con el otro chofer, explicándole lo que nos había pasado. Eran las ocho y diez, y la estación estaba bastante animada para ser sábado y a esta hora, incluso había un grupo de chicos que salían también de excursión, pero en sentido contrario hacia Las Mercedes. Arrancamos puntuales a la media y nosotros como siempre al final de la guagua, como los arretrancos, que es donde mejor se va. Por cierto, la guagua parecía el museo itinerante del grafiti, no quedaba un solo sitio libre donde poder echar una firma, hasta los cristales estaban pintados. Íbamos muy pocos. En la avenida de la Trinidad, se subió una señora que la pobre habría ido a una peluquería y además de robarle, le habrían tomado el pelo o en el peor de los casos habría recibido un disparo o quizás habría salido asustada de una película de miedo. ¡Valla unos pelos! Bueno cada loco con su tema y nosotros con el nuestro, con nuestro vacilón cantando “la leche de camella es muy güena” y “el Teide de Tenerife”. Seguimos viaje pasando junto a la gran pajarera (usease: aeropuerto), donde había dos pájaros aposados, quitándose de encima un grupo de piojos que venían en hilera.

    Llegamos a la Esperanza y en la parada de Las Rosas macuto al hombro y en marcha. Frente mismo de la parada hay una carretera hacia la derecha que pasa junto a una casa y un poco más adelante una plazita. Esta pista nos lleva al cruce con la carretera que baja hacia la escuela hogar y al campamento La Olla del Becerro. Esta pista primero baja y después sube en una pendiente algo fuerte que tiene zarzas de moras en la orilla hasta que llegan los pinos. A medida que íbamos subiendo por la pista, nos vamos encontrando con unas cuantas parroquianas que te miran de reojo desconfiadas, pero que en cuanto les das los “buenos días”, cambian la cara y como si te conocieran de toda la vida, te devuelven el saludo acompañado con un ¡Y que usted los vea! Que hasta incluso, si me apuras un poco, me atrevería a decir que hasta te invitarían a su casa a tomar café.

    Seguimos carretera arriba y mi querida Ari, me recuerda a los carros de madera y rodillo, en las subidas muy rezagados, que hay que darles un empujoncito (cosa que sé que le fastidia mucho) pero cuando llegan al cruce y comienza a ser cuesta abajo, hay que irlos atajando porque se embalan de una manera que... ¡hasta luego Lucas, cuando llegues escribes! Con todo esto, llegamos al cruce con la pista que te lleva a Las Raíces. Una vez ya en el parque, a eso de las nueve y veinte, nos encontramos en cada extremo del mismo, como si estuvieran medios peleados, a dos grupos de personas preparando sus correspondientes barbacoas, y nosotros en el medio, disfrutando unos fantásticos bocadillos de queso y salami que... ¡Oiga, bien buenos que estaban!. A continuación llenamos las botellas de agua fresquita y una vez habíamos desayunados y descansados; macuto a la espalda, carretera y manta.

    Comenzamos a atravesar el parque en dirección al monumento a Franco, cuando al pasar cerca de los servicios del parque, vemos que junto a una pareja de forestales, iban unos perros (pastor alemán) sueltos y uno de ellos, como queriendo jugar, se tira y le ladra a una parejita de jóvenes que se hallaban cerca de ellos. Aunque no pasó nada, los forestales ni se inmutaron, solo alegaron que no eran de ellos, que estaban solos sin dueños. Esto no me gustó, pienso que esos perros no deberían andar por ahí.

Una vez en el monumento a Franco, miramos la hora para calcular lo que tardamos, eran las diez y cinco. Cogimos la pista que sale a la izquierda del monumento. A los laterales del camino, había unos troncos partidos puestos en vertical pero solo en el principio que te indicaban el sendero. Comenzamos a subir por él y al rato la pista te lleva a una zona llena de pinocha que hacía que casi no se percibiera el sendero. Por esta razón al llegar a una especie de encrucijada, nos confundimos y seguimos adelante, subiendo por un sendero hacia una montaña pero que a la mitad de esta el sendero desaparece. Volvimos sobres nuestros pasos hasta la encrucijada y dejando a nuestras espaldas la pista que viene del monumento, cogimos hacia la izquierda por otro sendero que tapaba un pino y que un poco más adelante ya se veía el mismo claramente. Esta pista termina en otra la de Ovejeros, y seguimos por esta hacia la izquierda, después de parar para hacer un pequeño descanso y “buchito de agua". La pista transcurre en llano y es muy agradable de andar. Un poco más adelante nos sale otra pista por nuestra izquierda que va a salir a los aparcamientos del parque de Las Raíces; pero nosotros a delante todo recto.

    Después de un buen rato caminado, la pista se bifurca en dos, hacia la derecha subiendo nos lleva a Las Lagunetas y hacia la izquierda bajando a Barranco Hondo, pues por ésta última nos metimos. Esta pista es una de las que usan los peregrinos, en fechas próximas a la fiesta o en la misma víspera, para ir caminando a Candelaria. Andando por ella se comienza a bajar y en unas zonas donde hay ya pocos pinos, cuando los días son nítidos, se puede apreciar una fantástica panorámica aérea de Radazul y Tabaiba. Pero desgraciadamente para nosotros, hoy precisamente no es uno de esos días, pues tenemos un bochornoso tiempo de sur, con una calima intensa y un calor asfixiante que aunque te deja ver algo, no son vistas muy claras.

    Seguimos el camino hasta que nos encontramos con un cruce de tres pistas, la primera de la derecha y la que sigue de frente, no tienen salida, gracias a un cartel que lo indica. La segunda pista por la derecha es la que baja hacia Barranco Hondo, y por esta nos metimos. Pasado un rato, comienza a desaparecer poco a poco los pinos y la pista de tierra pasa a ser una carretera asfaltada, esto nos da a entender que aquí termina el monte. Esta pista asfaltada tiene un inconveniente, que a veces tiene unas pendientes muy pronunciadas y curvas muy cerradas, con frecuencia tienes que caminar con los talones y vas frenando con la punta de los pies, con esto consigues unas buenas agujetas y dolores de caderas (para los que no están acostumbrados) esto lo fuimos acusando todos por el camino y en especial mi querida Loe, que se quejaba de las caderas, pero todo fue muy bien, no hubo ningún problema. Por la pista nos encontramos con una familia que estaba trabajando unas tierritas muy cerca del monte, a pleno sol y con un calor como si estuviéramos en el mismísimo caldero del infierno. Se impuso el cortés saludo y ¡p’alante compadre!

    A medida que íbamos avanzando, nos encontramos con almendros, higueras, tuneras y algún que otro castaño, ya con sus erizos y algunas con castañas grandes. Golpeamos uno de estos erizos que justo tenía tres castañas, dos de ellas pudieron cogerlas las niñas. Pero la tercera, como si tuviera prisa, saltó corriendo “p’alla, p’al carajo”, que no vimos donde cayó, eso seguro que del palo que le endiñé, me cogió miedo y se escondió. Luego las niñas comprobaron que no les gustan crudas. Seguimos bajando, sin que nos abandonara el bochorno, y por zonas un poco más descampadas, se podía ya ver hacia abajo Barranco Hondo mucho más claro y sobre éste, una montaña que tenía en la cima un estanque (o al menos desde donde nosotros estabamos y a través de la calima eso parecía). También hacia la derecha se podía distinguir una fantástica vista de Las Caletillas y Candelaria. Continuamos por la pendiente hasta que llegamos a la montaña y lo que creíamos que era una presa, era una gran plazoleta con un mirador y una cruz de hierro grande en el medio, es el mirador del Picacho. Desde este lugar teníamos una panorámica aérea de Radazul y Tabaiba y a nuestros pies Barranco Hondo, ¡lástima! Que el día no se prestara para admirar bien la vista, otra vez será.

  • V    olvimos a la pista, ahora ya una carretera, y en unos veinte minutos llegamos al barrio, luego tuvimos que bajar por unos callejones bastante pendientes, me hacen recordar a la c/ San Antonio o la c/ el Plano en Icod (pobre Loe y sus caderas) y llegamos a una plazita con árboles y columpios, donde también había una ermita pequeña que estaba cerrada, pero que por las ventanas de la puerta, se podía divisar imágenes de: La Candelaria, José Gregorio Hernandez, un busto de Cristo en el centro y algunas imágenes más. En esta misma plaza estaba la última parada de guaguas del barrio, suerte de que llegamos a la una menos veinte con tiempo suficiente de coger la guagua de la una, que es la que viene de Güimar. De habernos retrasado y haberla perdido, significaría que hubiéramos tenido que esperar hasta las tres de la tarde, porque la guagua pasa cada dos horas o la otra opción hubiera sido tener que bajar caminando hasta la autopista y coger cualquier guagua de las que vienen del sur. Esta guagua que cogimos nos hizo una especie de tour turístico, porque viene y va por toda la carretera vieja y lo mejor de todo que nos dejo cerca de casa, frente a Santa Bárbara.

De todas formas fue una excursión amena y tranquila. Desde luego mereció la pena.

Sábado, 5 de octubre de 2002

sábado, 14 de septiembre de 2002

02 Santa Cruz - Punta del Hidalgo


Y…  “pa’ lante compañero”
    Se impuso el madrugón, todos en pie a las cinco de la mañana, una vez todo preparado y nosotros acicalados y guapitos... (Creo que hubo algún estampido matutino), salimos de casa. Merci a su trabajo ¡Qué pena! Y nosotros los golfiantes a una nueva excursión.

    Decidimos, por cambiar un poco, no coger la guagua directa a La Laguna, sino la que va por la carretera general pasando por La Cuesta. Al llegar a la parada de la cervecera, nos encontramos con dos sorpresas: una, la calle estaba en obras, los coches circulaban en un solo sentido, hacia arriba y la otra, había un chico despistado, desorientado y preocupado porque no sabía si la guagua pasaba por allí y tampoco donde se encontraba él, ya que quería ir hacia Buen Paso en Icod. A los cinco minutos, acabaron nuestros temores porque apareció nuestra querida perrera, vestida como siempre de color esperanza. Pues momentos antes me pareció que era como esa amiga a la que esperas pero que nunca llega, pues ya me estaba viendo irnos hacia la autopista a coger la directa, pero no, ahí estaba ella, nos subimos y “pa´lante compañero”. Por cierto por segunda vez, descubrí que en la guagua a esa hora, no hace falta ir al museo para divertirte un rato, pues nos encontrábamos en la Cámara de los Horrores, ¡Vaya unas caras a esa hora de la mañana!

    Llegamos a La Laguna a eso de las seis y media y por supuesto de noche cerrada pero no sé por qué se respiraba en el ambiente un aire muy especial aunque no había nadie y todo estaba en silencio. Nos colocamos el macuto y comenzamos a andar por la calle, atravesando el túnel Aguere que como siempre y gracias a unos cuantos graciosos, estaba hecho un asco con una papelera de plástico quemada y derretida por el calor. En el centro del pasillo suelos encharcados de resacas mal llevadas la noche anterior y las escaleras repletas de cristales de botellas rotas, ¡en fin, como de costumbre! Después de atravesar varias calles y dejar atrás a mi amigo el usurero banco, llegamos a la Plaza del Adelantado y directos al mercado para comprar pan, pero vimos que estaba cerrado.

    En ese momento emprendemos una carrera desenfrenada hacia la izquierda de la plaza... que ¿Por qué hicimos este maratón? Pues porque vimos encendido el letrero de la Churrería y teníamos gazuza. ¡Ños, que buenos estaban!, Y que calentito estaba el chocolatito. Digo “chocola-TITO” porque nos puso poquito porque era bendito, “pa’ que de pa’ toditos” y además en la nueva moda de servírtelo en vaso de plastiquito. Solo un último reproche, “la cabrona” de la churrera nos puso los churros fríos y nos cobro por todo 6’90 euros ¡ladrona! Pero aún así estaban buenos. Nos sentamos en una mesa y en ese momento parecía que estaba en un teatro, a mi derecha se encontraba Loe, aún con los ojos pegados y con sueño, con una mano aguantando el peso de la cabeza y en la otra columpiando un churro que a modo de cuchara de palo daba vueltas a su chocolate con movimientos circulares y sin prisa como si estuviera haciendo frangollo. Y a mi derecha como si fuera una delicada batuta de ébano, dispuesta a dirigir a sus músicos, que se encontraban apiñados en el vaso, esperando el momento mágico de escuchar esos golpecitos para comenzar a ejecutar su gran partitura. ¡Que escena, las dos son fantásticas!

    Bueno terminamos nuestros churritos y como dice el refrán: Barriga llena, corazón contento... macuto a la espalda, carretera y manta. Caminando por Nava y Grimón, dos foguetes trasnochados pegaron dos estampidos al aíre, que su sonido tubo que haber llegado, por lo menos, hasta el faro de Anaga. ¡Ños! ¡Fuerte un susto compadre! Al momento comenzaron a repicar las campanas de la iglesia de San Francisco, como tocando una diana floreada con su peculiar banda musical, y nosotros sin saber el motivo. Un poco más adelante, casi llegando a la Plaza del Cristo, apareció el clásico borrachito de turno, dando traspiés, como si se acabara de levantar y huyendo del melodioso repicar de las campanas de la iglesia, intentando (creía yo) buscar el camino de su casa ¡Vaya pedo, compañero!. Al vernos nos quería dar la pejiguera pero nosotros aceleramos el paso y lo dejamos a solas con su interesante discurso de la vida y seguimos nuestro camino. Al llegar a la plaza, descubrimos a que se debía tanto aire de misterio y tanto repiqueteo; era 14 de Septiembre, el día grande de las fiestas del Cristo. La plaza estaba preciosa, abarrotada de chiringuitos y toda engalanada con banderas, y como únicos bichos vivientes, nosotros y una cuadrilla de basureros (o empleados del servicio de limpieza para que no se me ofenda nadie), que estaban dejando impecable el lugar de los deshechos y basuras de la noche anterior, mis respetos y saludos para ellos por su inmejorable labor.

Dejamos atrás la plaza y nos dirigimos hace el camino de las peras y... Otra vez ¡Fos, coño! ¡Que peste en el canal!, salimos de aquí de nuevo a escape. Comenzaba ya a amanecer y al poco rato vemos que por nuestro lado pasan dos pelagatos imitando a Speedy Gonzalez (o sea, maltratando el cuerpo corriendo) como si se les fuera a escapar la guagua... y nosotros a nuestro rollo hasta que al final del camino vemos un asiento y una fuente (nuestra querida fuente, o mejor “la de Ari”). Y aquí, porque siempre es así, como si tuviéramos promesa, además de pararnos y sentarnos hacemos dos cosas:
  •      Primero, mi querida Ari, se dirige al chorro como si estuviera embrujada, y apretando el botón mágico comienza a libar el néctar que mana de la fuente, con un deseo irrefrenable, aunque hiciera cinco minutos que hubiera bebido agua... ¡Ciaaa... me supo!
  •     Y segundo yo, (me tocó), como en toda paradita, como un ladrón escondido entre las matas, una meadita. ¡Apunta bien coño, que te mojas las patas!
    Al rato dejamos este agradable lugar y andando, andandito se va haciendo el caminito. Comenzamos a subir hacia Las Mercedes, otra vez los tres en fila india y a la cabeza... ¡La Experta! Pasados unos veinte minutos, llegamos a la Cruz de Los Álamos y Loe se acercó al supermercado a comprar el pan pero estaba cerrado ¡era fiesta, coño! Seguimos caminado y llegamos a otro cruce con un pequeño parque, donde como hicimos otra vez, nos paramos a descansar un poco y después seguimos por la pendiente, cuando delante de nosotros vemos una furgoneta blanca y un hombre que se dirige a ella con un saco a la espalda... ¡gracias a Dios! “El Panadero”. Loe fue corriendo a comprarle el pan, y como siempre con vergüenza y con un débil hilito de voz, que el chico no la entendía. También como siempre y para eso no tiene vergüenza, se queda con la vuelta aunque en esto también interviene Ari.

    Proseguimos el camino hasta la plaza de la iglesia de Las Mercedes, para descansar y arreglar la mochila. Ari y Loe se sientan de un golpe y como dos coches con el depósito vacío, dicen: ¡Agua, agüita! Bueno pues a beber. Estando en la plaza me fijo a mi derecha y veo sobre un bloque de cemento, una campana con una placa. Lo primero que me vino a la cabeza fue contarle a las chicas lo siguiente: “Aquí lo que ocurrió fue que vino un ventarrón y tiró la campana desde lo alto de la torre, y como nadie era capaz de subirla allá arriba y el presupuesto para una grúa se había agotado, decidieron que sería más barato colocarla en un pedestal. ¡Desde luego a cualquier cosa le hacen un monumento! Y las chicas embobadas oyendo el relato, vaya unas cosas me pasan por la cabeza, que le voy a hacer si soy así de espontáneo, menos mal que enseguida se dieron cuenta del rollo que les estaba largando.

    Retomamos nuestro camino subiendo la empinada cuesta para llegar a la carretera general ¡Adiós, Melián!, ¡Adiós, Ramiro! Seguimos avanzando y por el camino cuando ya llevábamos un rato andando, veo que mis dos ratonas van a buscar un tesoro que habían dejado la semana anterior, para que se maduraran bien. Y así fueron revisando todas las zarzas del camino, dando buena cuenta de las moritas, sin dejar escapar ni una, bueno sí dejaron libres las que estaban verdes, vaya un festín se pegaron y sin dejar de caminar. Cuando terminaron parecía como si a sus bocas hubieran llegado los carnavales.

    Tomamos el bonito sendero que pasa por el Llano de los Viejos, donde nos encontramos un grupo de pibes con una resaca de la fiesta del Cristo, recuperándose para después continuar con lo que quedaba de fiesta. Nosotros como buena gente saludamos y continuamos por el sendero que asciende hacia el Llano de los Loros, hasta la Cruz del Carmen. Una vez llegamos al mirador, nos encontramos con una día espléndido, todo despejado, reconozco que en este momento somos unos privilegiados porque frente a nosotros se nos presentaba una vista panorámica inusual: a la izquierda Santa Cruz, a la derecha toda la zona norte hasta donde la vista se pierde; a nuestros pies la vega lagunera, más allá La Esperanza y en medio de este pastel a modo de guinda, nuestro fantástico y majestuoso Teide dominándolo todo. Creo que no hay otro sitio mejor para desayunar y así lo hicimos.

    Preparamos unos bocadillos de queso con chorizo ¡buenísimos! Ari y yo nos pusimos en uno de los bancos a desayunar absortos mirando el paisaje y Loe se subió sobre el muro del mirador, con su bocadillo en la mano y dejando caer vagamente un pie, parecía un arlequín columpiándose sobre una media luna... ¡bellísima estampa!, componía el marco ideal junto con el muro del mirador para la pintura que estabamos admirando. Fantástico desayuno e incomparable momento.

    Sobre las diez de la mañana abandonamos la Cruz del Carmen dirigiéndonos hacia el lateral del restaurante (no sin antes decirles: ¡Ladrones!), por donde tomamos el sendero hacia Chinamada. Este según el cartel ponía 1 h. 30 min. Vamos a ver si es verdad. Este sendero no tiene nada que envidiar al otro, es también cerrado formando un túnel con la laurisilva donde en ciertas partes del camino se estrecha para luego abrirse en una gran bóveda, digna de la más bella catedral. Por el camino nos encontramos con dos proyectos de senderistas y su lindo retoño, que más parecían un anuncio de grandes almacenes por la cantidad de cachivaches que llevaban encima y nosotros con una mochila de plástico remendada, unos viejos vaqueros desteñidos y camisas de doscientas pesetas, pero eso sí, con unos tenis de marca... ¡desconocida! y con unos ánimos, un alarde y un talante como para subir a un pódium a recibir un premio (no se por qué pero debo reconocer que sentía un poco de envía en esos momentos, pero eso si, envidia sana).

    Continuamos bajando el camino hasta que llegando a una pista de tierra con un cartel, cogimos hacia la derecha. Por la pista nos vamos encontrando con aljibes de agua cerrados y seguimos adelante cuando de repente y como si le hubiera llegado el olor del contenido de los aljibes, suena en mis oídos cuatro palabras: “Tengo la boca seca”, en fin, mi querida e insaciable Ariadna... se impone una parada mínima para beber todos, un buche de agua. Y donde también estrenamos nuestra tableta de fuente de energía: el chocolate, solo un cuadrito.

    Proseguimos la marcha hasta llegar a una carretera asfaltada por la que bajamos a la izquierda. A unos quinientos metros nos encontramos un caserío (no me sabía su nombre) y un poco más adelante otro “Cabeza de Toro”, donde del lateral de una de las casas nos sale corriendo al paso a darnos la bienvenida un precioso cachorrito de perro de caza, agachando la cabeza y meneando el rabo de alegría. Y como era de esperar nuestra insigne veterinaria, defensora de los animales, como si de uno de sus pacientes se tratara, salió corriendo a acariciar al benjamín efusivamente (no lo puede evitar para los animales es como las pulgas a los perros). Una vez el perrillo nos saludo a todos, se veía que estaba bien educado, volvió corriendo a dar las novedades a su madre que atada se encontraba junto a la caza y que al pasar cerca de ella también nos saludó (o eso creo).

    Carretera abajo pasando el siguiente caserío, nos metimos por un sendero de tierra que había a la izquierda con unos escalones hechos con troncos de árboles y continuamos por el mismo hasta llegar a un cruce (la degollada), el sendero de la derecha iba a Las Carboneras, nosotros cogimos el de la izquierda hacia Chinamada, donde se impuso una paradita y por supuesto: una meadita, vaso de agua y cuadrito de chocolate. Pero cuando abrimos el papel del chocolate, vemos que por el calor estaba bastante blando. Bueno pues para evitar que se estropeara, se imponía una liquidación rápida de las existencias… ¡mentiroso! Los tres miembros del equipo de exterminio en pocos segundos acabaron con el problema y... Carretera y manta seguimos.

    Este sendero pasa por unas impresionantes fugas hacia el barranco con unas espléndidas vistas, no es peligroso pero hay que tener cuidado (nunca miedo), no hay que descuidarse por eso decidimos ir yo delante, luego Ari y por último Loe. Según íbamos bajando veíamos a nuestra izquierda lo lejos como un fiel guía para que uno no se pierda el bonito caserío del Batan.

    Como a un cuarto de hora de camino más adelante, llegamos a una especie de casa ermita cerrada, donde por una de las ventanas se podía ver un pequeño altar con un San Antonio y rodeado de muchas flores ¡muy frescas!... de plástico descoloridas por el sol, y frente a la casa, por debajo del sendero, una cuevas pequeñas hechas en la pared. En este lugar se nos presentó una duda porque el sendero se ramificaba en dos. No sabíamos si seguir por el sendero justo pasando la casa a la derecha o seguir el otro de frente; porque no había ningún cartel identificativo, ni alguna señal que pudiera indicarnos algo. Decidí tomar el sendero junto a la casa y después de haber caminado unos minutos, creí que nos habíamos equivocado y volvimos sobre nuestros pasos otra vez hacia la casa, para coger el otro sendero que sigue de frente, pero caminando un poco vemos que el camino se cierra con unos arbustos, aunque se veía que continuaba hacia la cima de la montaña. Así que regresamos otra vez a la casa y volvimos por el primer sendero. Al rato mirando a la izquierda vemos allá al frente a lo lejos Chinamada ¡qué alivio!, Pensé que estábamos perdidos.

    Este itinerario estaba cubierto de zarzas pero sin moras, que a veces sus ramas invadían el sendero. Una de estas veces, intentado huir de los picos de estas ramas, Loe da un traspié y cae al suelo golpeándose el muslo izquierdo quedándose sentada; se levantó y vimos que no tenía nada así que seguimos por la vereda, pero se le puso un dolor en el lado izquierdo que a la pobre le acompañó todo el camino. Al final del sendero, después de rodear la montaña, salimos a una carretera asfaltada, ya estábamos en Chinamada. Esta carretera tenía una especie de apartadero, donde había una impresionante vista sobre el mar y la Punta Fajana.

    Seguimos por la pista hacia el final, pasando las casas cuevas y llegando a los aparcamientos de un restaurante y la ermita a eso de las once de la mañana. Descansamos un buen rato sentados en un banco de la plaza, y en un chorro que teníamos de frente llenamos la botella de agua y nuestros estómagos. Cómo a Loe le seguía doliendo el pie, se ató fuertemente el muslo con un pañuelo para continuar el camino ¡Ole! , ¡Ole!, y ¡Ole!

    Salimos por la derecha de la plaza por una calle que rodeaba la ermita, pero que antes salía un sendero con farolas hacia un mirador, pero no lo cogimos, seguimos bordeando la plaza hasta llegar a un sendero con un cartel que ponía: “A Punta del Hidalgo, 1h. 30 min.”, Pues bueno a caminar se ha dicho y por ahí nos metimos de cabeza. Es un sendero bastante entretenido, pero como el anterior un poco peligrosillo por las fugas que dan al barranco que separa Chinamada del Batan. Seguimos bajando el senderito que estaba lleno de cardones, tabaibas, bejeques, verodes, alguna que otra penca; solo nos pareció algo curioso, una cosa rarísima que en un risco como si lo hubieran puesto adrede, habían pinos, pero solo allí.

    Seguimos el camino y más adelante al pasar una curva aparece la imagen de Punta Hidalgo al fondo, y de frente en todo su esplendor, la montaña de los Dos Hermanos con un corte en el medio que la divide en dos partes iguales de ahí su nombre y por supuesto a mi memoria me vino el recuerdo de una leyenda que corre de boca en boca por estos lugares, la de los dos hermanos, basada en un drama sobre el amor imposible de dos jóvenes huérfanos: Juana y Diego, con un trágico final y sobre la que muchos viejillos de la Punta dicen que fue verdad.

    Seguimos bajando la veredita con un sol y un calor intenso, hasta un roque que dividía en dos el camino, uno seguro y otro algo peligrosillo, ¿Cual de los dos elegimos? Pues el peligroso claro está, pero con mucha prudencia. Aquí nos golpeó de lleno una fresquísima brisa marina que era de agradecer, donde había unas impresionantes vistas, aunque muy peligrosas, sobre el acantilado hacia la costa de Anaga. Desde este lugar seguimos el sendero hacía la izquierda que bajaba en zigzag hacia el barranco y otras veces subiendo y nos empezamos a encontrar a otros excursionistas, la mayoría extranjeros y el resto peninsulares... ¿Dónde están los de aquí? Luego nos volvimos a encontrar otra vista del acantilado. En este lugar nos encontramos sobre una roca a modo de altar a una extranjera sentada, roja como una cangreja, meditando o levitando o yo que sé... aunque a mí me parece que estaba medio pirada; en fin, cada loco con su tema, un saludo de cortesía y arreando que se hace tarde.

    Pobre Loe seguía con su dolor que no la dejaba caminar bien. Al rato para hacerla olvidar su malestar y jugar un poco con el eco del barranco, también para pasar más rápido y ameno el camino, bonito, pero que se estaba haciendo pesado: Comenzamos a pegar chillidos como unos locos rematados y desquiciados, fue bastante divertido. Luego en la otra ladera del barranco vimos una casa cerrada y solitaria. A modo de broma me da por decir: ¡Paca, pon la cafetera al fuego que ya vamos p’arriba, pa’ que nos des algo de café! Muertos de la risa seguimos bajando más, y más, y muchos más escalones del camino, pero vemos que el sendero volvía a subir y desaparecer en una curva a lo que Loe dijo: ¡seguro que el camino da la vuelta a la montaña y vuelve otra vez aquí!, No sé si porque el sol estaba apretando bastante y nosotros un poco cansados que, el camino ya se estaba volviendo algo duro. Cuándo nos encontramos detrás de un murito dos extranjeros sentados descansando, colorados como dos tomates esperando que los recojan de la mata, y que parecieran dos indios “Pies Negros” escondidos esperando a que pasáramos para asaltarnos ¡que gente! Al pasar junto a ellos saludamos con nuestros socorrido e internacional: “Guuurbay” y seguimos pa’ lante. Al final del sendero, ya en el fondo del barranco, nos encontramos con un puente hecho con troncos de madera para salvar el barranco con una impresionante altura (casi medio metro), que a Loe le estaba dando vértigo cruzarlo, pero gracias a las palabras de ánimo de su hermana, logró sobreponerse y lo cruzó sin problemas. ¡Bravo por mi chica!

    El puente daba a una pista de tierra que, hacia la derecha va a la playa y hacia la izquierda subía al pueblo pasando por una vieja fábrica en ruinas y donde se podía ver en lo alto, la plaza... y ¡me cago en la leche!. También se podía ver a la guagua allí parada, y la pista era una tremenda pendiente. Pues bueno, despacito y con buena letra comenzamos a subir que si se va, ya vendrá otra. Por ésta subimos y nos íbamos encontrando chicos con tablas de surf, que se dirigían a la playa. En una parte del recorrido se veía ésta abajo con gente pescando, otros mariscando y otros practicando surf. Seguimos subiendo despacito y pasito a pasito hasta que al doblar la esquina vimos la plazita donde está el monumento a Sebastián Ramos “El Puntero”. Nos armamos de valor y con un esfuerzillo, llegamos a la plaza. Al girar la esquina de la misma, en la misma subida y en el otro extremo de la plazita vemos a nuestra querida perrera que, no nos lo podíamos creer, nos había esperado. ¡Buena chica!

    Pero en ese momento, oímos el sonido característico del arranque de la misma... ¡me cago en la leche! Salimos corriendo y la primera en llegar a ella, que casi se colgó de la puerta, fue Ari, aunque no sé como porque, todavía me estoy preguntando ¿Cómo lo hizo? Pues mira que le costó caminar en toda la excursión. Bueno pero aún así llegamos a cogerla, más bien a secuestrarla, y con gran alivio y dando gracias al chofer que nos esperó cuando nos vio. ¡Que vivan los choferes rumbosos de las guaguas! Y con un gran cansancio, sobre la dos de la tarde concluye nuestro fantástico recorrido.

    Tengo que reconocer que a mi lado tenía a dos amazonas sublimes, ya que creo que muy pocos de su edad hubieran aguantado tremendo recorrido. Por cierto una patada grande y fuerte a los teléfonos móviles, para que se desaparezcan del mapa, porque yo no los uso, pero para una vez que tuve la intención de hacerlo, no sirvió para nada. Estuvimos desde Chinamada hasta el final del recorrido, intentando llamar a casa sin conseguirlo, solo salía: “Servicio no disponible”, ¡Vétete por ahí, fantasma!, ¡Están buenos para una emergencia!

14 de Septiembre de 2.002





sábado, 7 de septiembre de 2002

01 Pico del Inglés – B º de La Alegría

Nuestra primera salida de "novatos"


    Cinco minutos antes de que sonara el despertador ya estaba despierto, a eso de las cinco de la mañana empezó a dar su escandaloso sonido, nos levantamos todos y después de visitar a nuestra amiga Roca, para cambiarle el agua al pajarito y de ponernos algo adecentado, subimos a la cocina a echarnos ese primer cortadito matinal, o café en mi caso, que va entrando bien a la barriguita a esa hora. Es la hora de partir, salimos todos de casa a eso de las seis menos cuarto. Una que yo me sé, a trabajar; no sin antes expresar en su cara una cierta pena por no poder acompañarnos, y los otros tres bergantes de excursión.

    Decidimos ir a la parada para coger la guagua que va a la estación, para una vez allí, coger la que va directo a La Laguna, nuestro punto de partida. Como veíamos que eran las seis y cuarto y no aparecía ninguna guagua, optamos por subir caminando por la carretera general hacia la parada de Chamberi, en la autopista, pero al llegar allí, comprobamos que en la autopista estaban haciendo obras y solo se circulaba por el carril izquierdo pegado a la mediana, pues sin más en el segundo carril con los obreros trabajando, improvisamos una parada de guaguas de emergencia. Al rato apareció nuestra querida perrera con su traje verde, y sin problemas subimos a ella. La intrépida de Ari salió corriendo a coger los asientos del gallinero, como si fueran los únicos que estuvieran vacíos; aunque tengo que reconocer que son los lugares más divertidos, porque desde ese lugar se puede contemplar una vista panorámica de una muestra matutina de la fauna humana... ¡Fuerte cantidad de arretrancos, incluidos nosotros, a esta hora de la mañana!

    Llegamos a la ciudad del adelantado y nos bajamos en una transversal de la Trinidad, eran las seis y media de la mañana, y todo estaba en silencio, no había nadie por la calle sólo se oían nuestros pasos... ¡Ños!... ¡Daba hasta un poco de miedo! Eso sí, hasta la temperatura nos acompaño pues a esa hora era muy agradable, no hacia frío cosa rara en La Laguna.

    Comenzamos a caminar por una de las calles y atravesamos el túnel Aguere como tres fantasmas en busca de un mártir a quien asustar. Ya por estos lares como si fuera una tradición, nos encontramos el resultado de una mal llevada resaca de viernes noche que pone la desagradable nota clásica a un entorno tan particular de la ciudad. Bajamos un poco por la calle Herradores, nos metimos por Tabares de Cala y al ir a girar en la siguiente esquina para entrar hacia la derecha en la Carrera, justo en ese momento frente a nosotros, ahí mismito, nos topamos con ese avaro cicatero que nos ofrece hasta la luna, nos hace promesas que al final no cumple, ahí está el que dice que nos guarda el dinero y que en realidad lo que hace por nosotros es aliviarnos los bolsillos de billetes y calderilla, dejándonos solo la chatarra menuda. Es ese mismo que pensamos, nuestro amigo-enemigo "El Banco”; disfrazado de múltiples nombres, elija el que más le guste. Creo que ahora duerme sobre su opulencia, así que mejor será que pasemos rápido sin hacer ruido, no vaya a ser que despierte y por las vueltas del demonio le deba dinero y tenga que dejar en prenda a una de las niñas, para que se cobre... ¿Quién habrá inventado los números rojos?. Continuamos bajando por La Carrera, doblando a la izquierda por la calle Viana, ya que el tramo que va desde la Casa de Los Capitanes hasta el Ayuntamiento, está en obras por el proyecto para hacerla peatonal en su primera fase. Luego bajamos por Dean Palahi y llegamos a la entrañable Plaza del Adelantado. La atravesamos y nos metimos de lleno en el bullicioso mercado lagunero.

    Aún no eran las siete de la mañana y ya tenía bastante trasiego de gente. En los primeros puestos compramos una botella de agua, seguimos hacia el patio donde el aroma de: laurel, romero y salvia, acompañados de la fragancia de los puestos de flores te raptaban para luego sucumbir al olor del café exprés del bar de la esquina. Seguimos hacia el patio interior donde están los puestos de frutas y verduras, fantásticos los puestos con sus productos bien expuestos. Por el lado derecho nos dirigimos hacia los puestos laterales de la esquina, y en uno de ellos compramos queso y un salami que quitaba el hipo. Al mismo tiempo, en el puesto de al lado, Loe compraba el pan de leña que... ¡me cago en la leche!... ¡más nunca!... Pues al ir a desayunar... ¡Espera, no vayas tan rápido que enseguida te lo cuento!

    Bueno pues cuando íbamos a pagar la chacina que había pedido, me doy cuenta de que Ari con ojos de buena jurona, había dado un buen repaso a la tienda, escaneando minuciosamente (como se dice ahora) el puesto, hasta detener la vista en una estantería, de la que tímidamente asomaba el extremo de un plano paquetito de color rojo:
  • Papi... ¿compramos uno?
  • ¡No!
  • ¡Venga chico!... ¿Por qué no?
  • Bueno, pero solo uno.
  • ¡Señora, por favor, póngame también una tableta de chocolate Dolca!
Había que ver en ese momento la carita de mi niña, al oír la palabra mágica.

    Salimos por un lateral del mercado y de repente nos llega un olor muy característico y familiar a esas horas de la mañana en este lugar, era el olor a aceite caliente que chisporroteaba al contacto con la masa de harina que magistralmente trabajaba un malabarista artesano del gremio con sus dos varillas metálicas dándole forma de espiral... ¡Churros calientes!. Loe y Ari se metieron en el puesto de cabeza y compraron un cartucho de dos euros, de los que más tarde daríamos buena cuenta.

    Seguimos nuestro camino por Nava y Grimón, atravesamos la Plaza del Cristo, que por cierto ya estaba engalanada para las fiestas y con un templete para conciertos. Me parece bien que el ayuntamiento promocione entre los jóvenes toda la “agricultura y el coñocimiento” que sea posible. ¡Así es como es!

    Al principio del camino de las Peras sentimos en toda la cara, como si de un puñetazo se tratara, un olor pestilente bastante fuerte ¡Ños!... ¡Fos, coño!... Es el olor del canal, las chicas se asomaron para echar un vistazo ¡Fuerte pestazo! Y aquí querían poner unas barcas como atracción turística y así llamar al canal la pequeña Venecia... ¡para salir corriendo! ¿Y al que tubo la idea no lo metieron de cabeza al paro?, ¡Ay señor, cuanto bicho suelto! Salimos de aquí como alma que se lleva el diablo y casi al final de la avenida, hicimos una paradita para echar una meadita y dar después buena cuenta de un paquete de churros calentitos que teníamos pendiente ¡Qué buenos estaban!.

    Continuamos y al final del camino, nos encontramos con una fuente, de la que Ari siente una atracción fatal y sin poderlo evitar como si en ello le fuera la vida, tenía que beber de esa fuente o por lo menos oír caer el chorrito, aunque ya hubiera bebido agua cinco minutos antes. Comenzamos a subir por la izquierda del Camino Verde, los tres en fila india y Loe a la cabeza dirigiendo el cotarro (como dice Ari, "la experta"), recorriendo toda la maravillosa vega lagunera y a nuestro paso encontrándonos con inmensas huertas de lechugas fresquitas... ¡Qué buenas ensaladas! Muchas casas con arboles frutales y huertas en las que se podía ver esparcidas calabazas y bubangos para dejarlos secar y conseguir después las semillas. De vez en cuando, de alguna de las casas nos salían al paso para darnos los buenos días algún que otro perrillo. Hubo uno que hasta incluso nos enseño los dientes, para que viéramos que usando pasta no hay caries... ¡menos mal que estaban amarrados!

    Pasamos por la Cruz de los Alamos y seguimos hacia Las Mercedes hasta que llegamos a un cruce con un pequeño parque, donde hicimos un pequeño descanso. Luego continuamos por la pendiente hasta llegar a la plaza de Chicha Zerolo, lugar donde se encuentra la iglesia de Ntra. Sra. de Las Mercedes. Aquí se impuso una parada obligatoria, para hacer un merecido descanso, arreglar la mochila, llenar los bolsillos de frutos secos, el buche de agua que no falte y por fin, comenzamos a estrenar nuestra tableta de chocolate ¡Eh, solo un cuadrito que tiene que durar todo el camino!

    Retomamos el camino cargados de energía, por una pequeña cuesta que nos lleva a la Ctra. Gral. La Laguna – Taganana, donde a pocos metros está Casa Melián el de los pollos asados y frente a él Casa Ramiro; ¡Oiga! ¡Buen bacalao!, También tiene unas garbanzas que si alguna vez el diablo entrara, más nunca se volvía al infierno. Con la boca hecha agua, por tan exquisitos pensamientos, seguimos carretera adelante cuando veo que a las chicas se les ponen los ojos redondos como chochos al ver moras de zarza, pero las pobres solo pudieron coger unas pocas, para matar el ansia, porque la mayoría estaban verdes, así que para otra vez será.

    Subiendo por la carretera junto al barranquillo cogimos unos palos a modo de bastón y entramos en el sendero que, a nuestra izquierda, en cinco minutos nos llevaría al Llano de los Viejos. Bonito sendero con un barranquillo por el que corre un hilito de agua. Un poco más arriba atravesamos unos puentes de madera y subimos por unos escalones de tierra seca, hasta llegar al Llano, donde se encontraba la patrulla de medio ambiente. Seguimos nuestro camino subiendo por el sendero que en unos diez minutos nos llevaría al Llano de Los Loros y ¡me cago en la leche!, peldaños y más peldaños, también sortear un árbol caído en medio del camino, hasta que por fin llegamos a la carretera que cruzamos para seguir el sendero al otro lado de la misma.

    En este punto y junto a una valla de madera hacemos una paradita con su correspondiente meadita, buchito de agua y por supuesto nuestro cuadrito de energía instantanea.- Una vez descansados, continuamos camino arriba por el sendero todo cubierto por la laurisilva, dando al camino un aspecto esotérico y algo misteriosos. Al rato batiendo con firmeza una dura batalla con la laurisilva, aparecen unos tímidos rayos de luz por entre las hojas de los arboles, que como luciérnagas en lugar tan sombrío iban débilmente iluminando el sendero. A medida que íbamos avanzando estos rayos iban aumentando su intensidad, hasta que al doblar una esquina del camino y comenzar a subir una pequeña cuesta, se nos presentó en toda su plenitud un potente haz de luz solar que atravesaba la laurisilva y contrastaba con la oscuridad del sendero, formando un imaginario túnel del tiempo que nos invitaba a dirigirnos hacia él y traspasarlo, ¡precioso efecto visual el que se producía aquí!. Una vez pasado este tramo, llegamos al Llano de los Loros y al fondo entre barrancos, Santa Cruz de mi alma.

    Abandonamos este mágico lugar y seguimos subiendo el sendero, que en unos diez minutos nos llevó hasta la Cruz del Carmen. Aquí hicimos ya la parada de rigor, dando una vuelta por el mirador, pero el día estaba con calima y no se podía ver muy bien; sólo la vega lagunera en vuelta en un halo y Santa Cruz aunque un poco difuminado. Ya en el banco del mirador, Loe sacó todas las viandas y se encargó de preparar los bocadillos de “pan de leña”, enteros porque por lo visto: o había prisa o había hambre, y no había tiempo de partirlos por la mitad. Cuándo le voy a dar el primer mordisco al bocadillo... ¡me cago en la leche!. Que duro estaba, que hasta incluso me dolieron las muelas postizas; las chicas viendo la escena se morían de la risa y otro cuadrito de chocolatito.

    Una vez bien desayunados (los que pudieron claro), entramos en el Centro de Visitantes del Parque Rural de Anaga y la verdad que estaba muy bien, sencillo y sin grandes pretensiones, pero bien. Justo saliendo del centro, nos topamos sin saberlo con el mercadillo del agricultor, porque desde la carretera no se ve, ya que se construyo debajo de la misma, entre la ermita y los aparcamientos de la zona. Nos dirigimos hacia el restaurante donde Loe compro dos botellas de agua, que por cierto nos clavaron bien, y después del pequeño cabreillo deseando toda clase de buenaventura al dueño del bar, continuamos nuestro camino por la carretera hacia Pico del Ingles, donde llegamos en unos diez minutos. La zona se estaba despejando, ya se podían ver los caseríos del monte y Taganana y hacia el otro lado Santa Cruz, donde en ese mismo momento zarpaba del puerto el Juan J. Sister rumbo a Las Palmas, despacio y majestuoso sobre un mar limpio de olas.

    Después de un pequeño descanso en el mirador y de otro cuadrito, comenzamos a bajar por el sendero hacia el Barrio de La Alegría, por la escalera que está junto al antiguo restaurante, para adentrarnos en un bosque de laurisilva cerrado y muy fresco, lo cual era de agradecer porque el sol a esta hora, ya comenzaba a hacer de las suyas y empezaba a castigar muy fuerte. Seguimos el sendero hasta que empezó a verse clareas de monte y la laurisilva dejaba paso al fayal brezal y a algún que otro eucalipto despistado. El sendero se convertía ya en camino real y continuaba bajando por el barranco, unas veces por terreno liso y otras por escalones naturales. A veces se podía divisar la Charca de Taodio, y por supuesto en cada paradita... una meadita, el buche de agua y un cuadrito de alegría pa’ mi cuerpo, hasta que se acabó, que no me acuerdo donde fue, pero hasta las chicas acabaron con mis reservas.

    Un poco más tarde llegamos a una casa cueva donde nos encontramos con un coleguita que estaba descansando, colorado como un tomate y que venía subiendo, haciendo el sendero al contrario, se impuso el saludo de rigor y seguimos nuestro sendero, la verdad es que el sol apretaba bastante, gracias a nuestras gorras.

    El sendero se dividía en dos: uno que iba a una casa y otro hacia nuestra derecha, por intuición cogimos este último, pues grave error porque éste último te llevaba hacia unas huertas. Gracias al dueño de la casa que nos hizo señas y nos avisó que el sendero real pasaba junto a su casa, aquí se impuso las correspondientes gracias, saludo y arrancando que se nos hace tarde.

    Hacía un buen rato que por todo el camino, se venía escuchando como unos voladores que sonaban a lo lejos, pensé que era raro a esa hora de la mañana, pero no le puse importancia y seguimos bajado en zigzag hasta el cauce del barranco, atravesando este cauce varias veces. La mayoría de la vegetación que encontrábamos eran cardones, tabaibas, verodes, piteras, etc., y sobre todo como si nos fuera marcando el sendero nuestro perfumado incienso canario. ¡Contra!, se volvían a oír los estampidos, y les dije a las chicas que fiesta no podía ser, porque ¿Quién tiraría tantos voladores de día? Tampoco había ninguna casa por las cercanías, tampoco podían ser cazadores porque no es la época, además la veda está cerrada. En fin seguí sin ponerle mayor importancia y continuamos bajando donde ya el sol apretaba más y se hacia incluso insoportable. Por el camino nos encontramos con una casa en ruinas y junto a ella, algo que daba una nota de color a un paisaje un poco desolado y seco, esto era la corola de intenso color rojo (encarnado como diríamos aquí) de un humilde geranio que se resistía a morir y que sacaba fuerzas de sus entrañas para sobrevivir, algo digno de ver, porque incluso sus secas y arrugadas raíces intentaban llegar a una atarjea, que en su momento llevaría gran caudal del liquido elemento, pero que actualmente estaba reseca. Pero aún así ahí estaba él, erguido y orgulloso. Un poco más abajo, vimos una palmera solitaria, a la cual le agradecimos su sombra, aquí hicimos un alto en el camino, donde nos bebimos las últimas gotas de agua, y descansamos un fisquito, cuadritos no porque ya se habían acabado. De repente vuelvo a oír los pequeños estampidos más cerca ¿... ? Y el caso es que ese ¡Pum!, me sonaba algo familiar. Me doy la vuelta rápidamente para ver si descubría los destellos y averiguaba así de donde venían, cuando veo a las chicas riéndose a carcajadas, que incluso les dolía la barriga. ¡En fin!, que ya sabía de donde venían los estruendos y quienes eran las patronas de la fiesta ¡Salud! Que eso es muy sano y prefiero perder un amigo a perder la vida por culpa de un estampido.

    Una vez pasada la palmera del barranco y antes de llegar a la pista asfaltada, pasamos junto a un cañaveral en el fondo ya del barranco que estaba seco, donde habían puesto guardando un terrenito a un espantapájaros con una careta de carnavales algo grotesca pero simpática. Pues ocurrió que unos metros más abajo, nos tropezamos con un parroquiano que cuando nos divisó, agarró fuerte un cubo que llevaba y se salió del sendero apurando el paso. No sé si lo hizo por educación y cedernos el paso o porque era un mago más bruto que un arado. ¡Oye! Y ahora que me viene a la memoria su cara era el mismo retrato que el espantapájaros. ¡Jesús!, Cosa más igualita, si fueran hermanos se diría que son gemelos.

    Sobre unos cuarenta minutos después de los foguetes, llegamos a una pista asfaltada por la que seguimos a la izquierda. Al poco rato ya empezamos a encontrarnos las primeras casas, pasamos junto a una asociación vecinal. Pues unos metros más abajo vimos una cosa insólita. Había una casa que, frente a ella pasando la carretera, tenía bajo dos árboles que le daban sombra, dos sillones de material encarnado fuego y una mesita con su mantel y su florero. Las chicas y yo nos miramos y empezamos a reírnos sin decir nada. Seguramente pensarían lo mismo que yo, que como la casa era pequeña no tenían sitio, y habrían tenido que poner el recibidor allí fuera. ¡De escándalo!.

    Seguimos carretera adelante y nos tropezamos con dos tíos que estaban haciendo una hoguera, saludo de rigor y “tira pa’lante”, ya estábamos en el Barrio de La Alegría a eso de la una y media de la tarde. Llegamos a la parada donde por suerte había una guagua, era el final de nuestro itinerario de hoy y para casita a saborear una comidita calentita.

    Al día siguiente, ¡fuerte unas agujetas teníamos en las patas de tantos escalones que habíamos bajado! Pero valió la pena hacer este sendero y que espero que no sea el último, porque creo que a todos nos esta picando el gusanito.


7 de Septiembre de 2.002

Iluminación navideña en Santa Cruz deTfe

Plaza del Príncipe             Plaza del Chicharro c/ Bethencourt Alfonso (San José) Lotería El Chicharro en c/ San José       c/ Villalba H...